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Portada de la novela El Despertar del Magnate Ciego

El Despertar del Magnate Ciego

Tras perder la vista en un accidente, el heredero Adrián Volkov descarga su amargura contra Elena, su esposa. Ella soporta años de desprecio y cuidados secretos hasta que una cirugía le devuelve la visión a él. Al despertar, Adrián descubre que Elena se ha marchado con los papeles del divorcio, ocultando que espera hijos suyos. Cinco años después, el destino los cruza de nuevo. Ahora, el magnate deberá luchar por recuperar a la mujer que amó a ciegas.
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Capítulo 3

La luz del amanecer se filtraba con una crueldad grisácea a través de los inmensos ventanales del salón, iluminando el rostro pálido de Elena. Se despertó con un dolor punzante en el cuello, consecuencia de haber pasado la noche encogida en el sofá de cuero. Por un segundo, olvidó dónde estaba, hasta que el roce del encaje sucio de su vestido de novia contra su piel le devolvió la bofetada de la realidad.

Ya no estaba en su pequeña y cálida habitación. Era la señora Volkov, la esposa de un hombre que prefería dormir entre sombras que compartir su aire con ella.

Elena se puso de pie, estirando sus músculos entumecidos. Miró hacia las escaleras de mármol. El silencio en la mansión era absoluto, roto solo por el tictac lejano de un reloj de pie. Sabía que no podía quedarse allí lamentándose. Si iba a sobrevivir a esos dos años, tenía que demostrar que no era la mujer interesada que Adrián creía. No quería su dinero; solo quería salvar a su padre y, tal vez, encontrar un rincón de paz en aquel mausoleo.

Se dirigió a la cocina. Era un espacio inmenso, digno de un restaurante de cinco estrellas, lleno de acero inoxidable y mármol negro. La luz del servicio aún no llegaba, así que aprovechó la soledad. Cocinar siempre había sido su refugio, la forma en que expresaba el amor que las palabras no alcanzaban a decir.

Con manos expertas, Elena comenzó a trabajar. Preparó una tortilla francesa ligera con finas hierbas, unas tostadas de pan artesanal y un café cuyo aroma a avellana pronto comenzó a llenar el aire frío de la planta baja. Se esmeró en cada detalle: la temperatura perfecta, la presentación impecable. Era su rama de olivo, su primer intento de derretir el hielo que rodeaba el corazón de su marido.

Justo cuando terminaba de colocar todo en una bandeja de plata, escuchó el sonido rítmico que ya había aprendido a temer: el golpe seco del bastón de metal contra el suelo. Tap. Tap. Tap.

Adrián entró al comedor. Vestía un traje gris oscuro, impecable como siempre, sin una sola arruga que delatara su ceguera. Sus gafas oscuras ocultaban su mirada, pero su mandíbula estaba tan tensa que parecía tallada en granito.

-Huelo a alguien que no debería estar aquí -dijo él, deteniéndose en el umbral. Su voz era como un latigazo en la quietud de la mañana.

-Buenos días, Adrián -respondió Elena, intentando mantener la calma mientras sus manos temblaban ligeramente sobre la bandeja-. Te... te he preparado el desayuno. Pensé que podrías tener hambre.

Adrián soltó una risa seca y amarga mientras se acercaba a la mesa, guiándose con una precisión inquietante.

-¿Desayuno? ¿Ahora juegas a la esposa abnegada, Elena? ¿Es parte de tu estrategia para que aumente la mensualidad de tu padre?

-No es ninguna estrategia. Solo quiero ser útil. Por favor, pruébalo. Está recién hecho.

Elena se acercó y colocó la bandeja frente a él con una suavidad extrema. El aroma del café y las hierbas frescas flotaba entre ellos. Por un instante, la expresión de Adrián pareció vacilar. Sus fosas nasales se dilataron, captando el olor de una comida real, hecha con un cuidado que no recordaba haber recibido en años.

Se sentó con elegancia. Sus dedos, largos y fuertes, buscaron el cubierto. Elena aguantó la respiración, observando cómo él cortaba un pequeño trozo de la tortilla y se lo llevaba a la boca.

Durante tres segundos, el tiempo se detuvo. Elena vio cómo él saboreaba el plato, y por un momento fugaz, creyó ver que sus hombros se relajaban.

Pero la ilusión duró poco.

De repente, la expresión de Adrián se transformó en una mueca de asco profundo. Dejó caer el tenedor con un estrépito metálico y, con un movimiento violento y repentino de su brazo, barrió la bandeja de la mesa.

El estallido del plato de porcelana contra el suelo de mármol sonó como un disparo. El café caliente salpicó el vestido de Elena y el huevo quedó esparcido entre los fragmentos rotos de la vajilla de lujo.

Elena ahogó un grito, dando un paso atrás, con el corazón martilleando en sus oídos.

-¡Es asqueroso! -rugió Adrián, poniéndose de pie de un salto. Su rostro estaba rojo de furia-. ¿Crees que puedes comprarme con un poco de comida casera? Sabe a interés y veneno, Elena. Cada bocado me recordaba lo mucho que me costó comprar tu supuesta "lealtad".

-¡Solo era un desayuno! -exclamó ella, con la voz quebrada por la injusticia-. No hay veneno, ni interés. ¡Solo quería ser amable!

-¡La amabilidad no existe en tu mundo ni en el mío! -Adrián dio un paso hacia ella, usando su altura para intimidarla. Aunque no podía verla, parecía que sus ojos, tras las gafas, buscaban quemar su alma-. No vuelvas a tocar nada en esta cocina. No quiero nada que venga de tus manos. Me das náuseas.

Él se dio la vuelta y, con la ayuda de su bastón, abandonó el comedor, dejando tras de sí un rastro de destrucción y el silencio sepulcral de la mansión.

Elena se quedó allí, de pie en medio del desastre. Miró la comida que había preparado con tanto esmero, ahora mezclada con la suciedad del suelo. Se arrodilló lentamente para recoger los trozos de porcelana, sin importarle que las puntas afiladas le cortaran los dedos. Las lágrimas empezaron a caer, mezclándose con los restos del café.

No era solo el plato lo que se había roto; era la pequeña esperanza que había nacido en ella esa mañana. Adrián no quería una esposa, ni una enfermera, ni siquiera un ser humano a su lado. Quería un enemigo a quien culpar de su propia oscuridad.

-Interés y veneno... -susurró ella, limpiando una gota de sangre de su dedo.

Miró hacia la puerta por donde él se había ido. El dolor en su pecho empezó a transformarse en algo más frío, algo más duro. Si él quería una guerra, ella tendría que aprender a sobrevivir en las trincheras. Pero lo que Adrián no sabía es que el veneno más peligroso no es el que se ingiere, sino el que nace del desprecio constante a un corazón que solo intentaba ayudar.

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