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Portada de la novela Dos mil voltios

Dos mil voltios

En 1956, un guardia huye del alcoholismo y su pasado en San Quintín buscando redención en la cárcel de Lacarosta. Sin embargo, su llegada despierta horrores inimaginables: visiones de espectros, gritos de mujeres y un persistente olor a quemado. Lo que parecía un delirio por la abstinencia se vuelve mortal tras el extraño deceso de un preso. En este drama psicológico LGBT, el protagonista enfrentará una pesadilla donde la muerte acecha en cada rincón.
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Capítulo 3

Haley y su mujer se mudaron de San Francisco a un barrio a cuarenta minutos de la prisión de Lacarosta; ella discordaba totalmente con la decisión porque toda su familia se quedó allá y el hecho de que su marido trabajara en el turno nocturno sólo complicaba más la situación.

La noche era especialmente difícil para Haley, sufría insomnio, así que prefería sacar provecho laborando en un horario sin importancia para nadie y podía beber lo que le fuera necesario, luego dormir por momentos en el día, aunque eso redujera su vida a sólo faenar. La situación en casa era deprimente.

Esa noche, Max descansaba, así que otro custodio se quedaba a cargo fungiendo como capitán, pero la oficina permanecía sola. En el comedor de los reos, Haley se paseaba lejos de las mesas, pero veía aun a distancia la enorme figura de Moki, a cuyo brazo Diego se aferraba como una damisela. Haley supuso que eran pareja, pues eso era sumamente común entre los presos, pese a no ser homosexuales. Las largas condenas de encierro los obligaban a buscar cualquier persona con quién desfogar sus energías sexuales, no era la primera vez que Haley veía esas escenas, y Diego, siendo joven y andrógino, resultaba como un imán para los reclusos. Especuló que Moki era «el dueño de la perra» que Max mencionó antes.

Diego estaba asignado a la enfermería como parte de las labores fijadas a los presos, lo cual era bastante bueno porque las otras tareas eran pesadas.

Cuando Haley acudió, halló a Freddy cerca de una pared, una hilera de cuatro camas de un lado y un sinfín de anaqueles y archiveros al otro, dos puertas al fondo y la luz tenue; el médico de la prisión terminaba su horario y Diego le ayudaba a guardar el material y limpiar, según se le mandaba.

—Haley —habló Freddy, quien estaba sentado en un banquillo de madera—, ¿todo bien, amigo?

—Me enviaron aquí y aprovecho para tomar una aspirina.*

—Yo necesito una soda. Oye, hazme el favor de llevar a Diana a su celda mientras acompaño al doctor. —solicitó levantándose de su asiento.

—Sí, claro.

—Me beberé tres botellas yo solo. —bromeó. Diego vio de reojo a Haley y continuó removiendo entre los cajones.

—¿Qué tal, muchacho? —saludó el médico, un anciano de espesa barba blanca

— ¿Eres el custodio de San Quintín?

—Ese mismo, doctor.

—Estuve allá un tiempo, pero había demasiado trabajo y ya estoy muy viejo —explicó mientras firmaba unas hojas. Diego se acercó a Haley y le entregó la pastilla en la mano—. Aquí en Lacarosta rara vez se ocupa alguna cama.

—¿Le va mejor aquí, doctor? —indagó Haley, alcanzó un vaso con agua que el preso le ofreció.

—Definitivamente, y tengo al mejor enfermero de California —Señaló a Diego con la pluma, luego se levantó con un maletín en la mano y un juego de llaves en la otra—. Diana, termina de guardar, por favor —El latino obedeció. El otro guardia se levantó de inmediato—. Buenas noches, descansen. —Se despidió, seguido de Freddy. Haley se cruzó de brazos mirando de pies a cabeza a Diego, mientras él arreglaba el material médico.

—¿Cómo has estado, Haley? —habló sin verlo, con los ojos grises hundidos en las gavetas— ¿Ha sido difícil adaptarte a Lacarosta? —Haley asintió.

—Bastante.

—¿Y tu esposa Ginger? —Oyó que Haley resopló entre dientes, entonces cerró una de las gavetas y se sentó en un banco, junto al escritorio del médico— Han pasado dos años, Haley.

—El problema no es Ginger, sino yo. —aclaró, echándose hacia atrás, con los dedos, el cabello rubio.

—Eso me quedó bastante claro y me sorprende que ella te siguiera hasta aquí pese a todo. Tus problemas con el alcohol te exceden, ¿no? —Haley bajó la mirada, parecía esforzarse por decir algo que no traspasaba sus labios—. Vale la pena continuar, Ginger es una gran mujer.

—Estoy en deuda con ella, ¿verdad, Diana? —El joven asintió. De pronto, Haley sonrió difuminando su gesto confuso de la víspera— Oye, ¿cómo es que eres la perra de Pie Grande*?

—¿Moki? —Asintió Haley. Diego se incorporó casi riendo a carcajadas.

—Me juraste mil veces que no eras homosexual.

—No lo soy ni nadie aquí lo es, ¿recuerdas?

—¿Moki te está forzando? —Diego cerró todas las gavetas y se enderezó— Si es así, puedo hablar de eso con el capitán.

—No me obliga a nada, de hecho, es una gran historia —Lo encaró finalmente, su coronilla apenas rozaba el mentón de Haley—. ¿Recuerdas a Yato, el auxiliar de mi abogado?

—Recuerdo que era tu vecino y amigo de la infancia.

—Sí, y Moki es su padre, así que me conoce desde que nací, me cambió los pañales, prácticamente me crié en su casa hasta los trece años, por eso mi abogado insistió en mi traslado a Lacarosta. Moki finge ser mi amante para protegerme, gracias a él mi culo no es de uso común en esta prisión —Haley enarcó las cejas, le asombró eso—. Para Moki soy uno más de sus hijos, jamás podría verme con malicia.

—El capitán dijo que le restan dos años a su condena.

—Y cuando mi papaíto salga, me cargará el diablo —añadió con una sonrisa, pasó junto a Haley para apagar algunas lámparas—. No quiero pensar en eso ahora.

—Me quedaré en Lacarosta, Diana, te cuidaré cuando Moki sea liberado. —El latino meneó la mano y se dirigió a la puerta.

—Por favor, Haley, no comentes a nadie lo que te dije, ni siquiera a los guardias, si se enteran de que Moki no me folla, automáticamente estaré disponible.

Todos los reos regresaron a sus prisiones para el último pase de lista del día.

Por la madrugada, Haley se sentía nervioso, recorría los pasillos porque le era imposible quedarse quieto, daba grandes tragos al pomo, se quitaba la gorra y rascaba su cuero cabelludo con insistencia hasta rasgarse, a veces sus uñas quedaba tintadas en rojo, mantenía en secreto su estado psicológico porque no quería perder su trabajo y esperaba pasar desapercibido en la prisión de Lacarosta, donde a nadie le interesaba lo que sucedía dentro de sus paredes.

Jaló una gran bocanada de aire echando hacia atrás la cabeza y oyó de nuevo ese desgarrador grito femenino, un intenso alarido de terror que le erizó la piel, se dio cuenta de que sudaba, una infalible señal de que comenzaba su crisis, y sus ojos tiritando se encajaron en aquella mancha grotesca que le perseguía desde la prisión de San Quintín. Haley apretó la mandíbula y los puños, hinchó el pecho dándose valor a sí mismo y murmuraba en sus adentros «Vete, sólo vete», mientras tragaba saliva.

Las luces perdieron fuerza, se atenuaron de repente, y esa mancha acuosa y volátil no se iba, era como una viscosa tarántula de más de un pie de diámetro. Haley pegó la espalda a la pared, hiperventilaba, no parpadeaba porque esperaba que la visión desapareciera como en otras ocasiones, pero al contrario, se desenvolvía como si fuera una rosa floreciendo y creció al tamaño de un perro. Los ojos pardos de Haley se desorbitaron cuando vio su propio rostro angustiado reflejado en la mancha negra, que lucía más consistente, como en un espejo diabólico. El guardia entreabrió la boca y se encorvó en su lugar, el temblor de sus manos se le recorrió por todo el cuerpo y no fue capaz de enderezarse hasta que sintió una mano pesada en su hombro, era de Freddy.

—¿Haley? —El aludido sacudió la cabeza, pero aún respiraba agitado y sudaba

— ¿Te sientes enfermo?

—No, estoy bien, sólo… —Volteó de soslayo adonde creyó ver aquella mancha agrandándose, pero ya no estaba, tal como supuso— Necesito una aspirina, amigo.

—Ve a la enfermería, yo te cubro.

Haley se irguió trabajosamente y acudió allá, donde el médico de la noche estaba en una tranquila duermevela en una de las camillas; Haley no quiso despertarlo.

°*°*°*°

Notas

*Nombre de la marca del ácido acetilsalicílico, fármaco utilizado para tratar el dolor, la fiebre y la inflamación.

**Bigfoot o Sasquatch es una criatura legendaria con el aspecto de un enorme primate y un olor extremadamente fuerte y desagradable, suele verse en bosques a elevadas altitudes en América del Norte.

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