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Portada de la novela Dominada Por El Cruel Millonario

Dominada Por El Cruel Millonario

Aryanna comienza a trabajar para Silvain De Castelbajac, un magnate rodeado de lujos y secretos perturbadores. Tras contratarla para el servicio doméstico, el millonario desarrolla una obsesión controladora y oscura hacia ella. A pesar de su carácter manipulador y el uso de su poder para someterla, surge una química innegable entre ambos. Perdida en un torbellino de emociones, ella ignora los riesgos para entregarse a este hombre tan despiadado como atrayente.
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Capítulo 2

-Gracias, en serio, no sabe lo feliz que me hace saber que tengo el empleo -emito, es inevitable no expresar esas palabras.

Y su cara sigue siendo seria, no cruza la luz por sus facciones, ni siquiera el asomo de una sonrisa. Carraspeo avergonzada y me pongo en pies. Debo ser cuidadosa ante el señor... hielo, él es de esos que no se acercan al sol, para no ser vencido por su calor. No demuestra emoción, o los mantiene al margen de desconocidos. Eso soy para Silvain, excesivamente apuesto, y un hombre hermético al que apenas empiezo a conocer.

-Bien, ven mañana, este es tu horario -declara, es una demanda y tomo la hoja que me tiende -. No tolero el incumplimiento de ninguna índole -subraya.

Asiento a todo lo que dice.

-De acuerdo.

-Ya te puedes retirar -declara dejando ver una sonrisa de labios cerrados, no es real.

Sigue siendo meticulosamente forzado al corresponder o intentar dar un poco de sinceridad.

-De nuevo, muchas gracias. Hasta pronto. -sello el despido extendiendo una mano, pero me la deja tendida haciendo un gesto desdeñoso. Apenada por el desprecio, abandono el lugar antes de que me repita que salga de su oficina.

En la exterior boto el aire retenido, recupero el control. Ya la vergüenza ha pasado, el nerviosismo interior, el flaqueo se esfuma de mis extremidades. No puedo creer que no tomara mi mano, ha sido algo irrespetuoso de su parte. Resoplo. Soy capaz de andar por el pasillo, ha sido menos de diez minutos en su oficina, pero ha sido suficiente para que ese sujeto dejara a la vista su personalidad despectiva que somete a cualquiera.

Justo al cruzar el pasillo me intercepta la fémina de hace rato.

-¿Cómo ha salido todo? -quiere saber.

-Pues me ha dado el trabajo -declaro.

-Oh, quiere decir que ya es oficial, serás mi compañera. ¿Te ha dado el horario? -averigua clavando los ojos en la hoja que sostengo.

-Así es -se la muestro a la pelinegra.

-Entonces nos vemos mañana, ¿no te ha dado otras instrucciones? -formula arrugando el ceño.

-No, solo esto. ¿Hay otra cosa que deba saber? -me veo en la necesidad de preguntar.

-Sí, de hecho debió decirte, me extraña que no lo haya hecho, los empleados nos quedamos aquí, muchos vivimos lejos de casa, por lo que un lugar aquí nos ayuda. ¿Vives lejos de esta zona?

-No, resido en el centro de la ciudad, quizá por eso no lo ha mencionado. -platico, tengo la tentación de preguntar sobre el comportamiento de ese Silvain conmigo, pero me muerdo la lengua. Hay cosas que no se pueden decir de forma abierta, y no es el momento adecuado para sacarlas a relucir.

-Entiendo, ya no te quito más tiempo, espero verte mañana, por favor, apégate al horario, solo así te puedo asegurar que estará todo bien.

-De acuerdo, supongo que tú me ayudarás un poco a darme las tareas y...

-Sí, no es tan difícil, pero te ayudaré, linda. No puedo seguir hablando, aún tengo cosas por hacer.

-Está bien, nos vemos.

-Sí, deja que te guíe hasta la salida.

De esa manera vuelvo a ser dirigida por ella. Una vez afuera ando sobre el camino adoquinado, me detengo un momento a observar los atractivos jardines de la propiedad. En plena primavera no pueden estar más hermosos que ahora. Hay una fuente situada en el centro, a los costados plantas apodadas y flores por doquier. Es una fachada perfecta, bonita y atrapante. La verdad difiere con el estilo de mi jefe, no es de los que me imagino recorriendo estos lares y otorgando un minuto siquiera a contemplar la belleza de este equinoccio. Sin embargo, sigo sin conocerlo mejor, no se puede juzgar a un hombre por lo que deja ver, lo que no se hace notar, o lo que encapsula, es su realidad. Aunque percibo que no la hay en él.

Bato la cabeza.

«¿En qué momento mi mente ha dedicado tanto tiempo en pensarlo?»

...

Tomo el bus, en mi situación no es una opción ahorrar hasta el mínimo centavo. En todo el camino de regreso a casa me pongo los audífonos y me dejo llevar por la música. Cada cierto tiempo se direccionan mis ojos a esa hoja. No he reparado mucho en el horario, y debo ajustarme a ello. A mi lado se ubica una mujer, lleva sobre el regazo a su nena, no debe tener más de dos años. Me resulta coqueta y dulce cuando extiende una mano hacia mí y sonríe. En algún punto de mi vida pensé en ser niñera, pero lo primero que ha llegado es servir en casa de un hombre millonario, y no podía seguir esperando.

Y esa pequeña me recuerda a mi hermanita, quizá por eso vuelvo a sentir un nudo en la garganta y debo parpadear para alejar las lágrimas.

La mujer se baja pronto y ya vuelve a quedar vacío el lugar a mi lado. Soy la próxima en pedir la parada. Me quedo a unas cuadras de casa. Los pasos restantes voy pensando en mama, sé que se pondrá contenta. Muero por ver su expresión, esto será un rayo de luz entre tanta oscuridad. Meto la llave en el cerrojo y entro de lleno. Aún recuerdo cuando estaba sana y le avisaba de mi regreso. Solía salir de la cocina y anunciar que hacía algo delicioso. Una lagrimita sale de mi ojo y con eso caen los recuerdos como una cortina que devela el presente; el antaño ya es solo efímero. Avanzo hasta la segunda planta, sé que debe estar en la habitación, marchita y desolada. Me entristece ser testigo del nubarrón depresivo, un cuadro en el que se quedó atrapada desde que papá murió, él y mi pequeña hermana de cuatro años.

Las fotos colgadas en la pared del pasillo son recuerdos que duelen, dagas que se clavan en el corazón, no hay cura, no existe un aliciente que calme el ardor. No he tenido el valor de recogerlas y meterlas en una caja, eso sería de alguna manera arrojar momentos inolvidables al olvido y yo nunca dejaré de pensar en ellos. Se fueron demasiado pronto, y debo vivir con esa ausencia el resto de mi vida.

***

"Usa una soberbia sonrisa de escudo; él ataca, tiene miedo, y quiere infundir temor. Despavorido en realidad pretende ser quien haga huir a los demás"

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