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Portada de la novela Cuentos inquietantes

Cuentos inquietantes

Esta colección de veintiún relatos se sumerge en los abismos de la sociedad moderna mediante el horror y el suspenso. Cada historia examina emociones intensas como el rechazo, la culpa y la discriminación, retratando la vulnerabilidad de la psique ante la demencia. Entre conspiraciones sombrías y el temor absoluto a la verdad, la obra desvanece la cotidianidad para revelar una realidad perturbadora donde las sombras acechan la mente humana.
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Capítulo 2

Conexiones del alma

Aquel sueño podía ser un aviso espiritual, una advertencia. ¿Dónde y en qué momento se había dormido? Frente al televisor, quizá. En la columbina de la terraza, mientras leía el periódico. Quizá sentado en el retrete. Yara, astutamente, evitaba despertarlo y se iba sola a la cama, a buen resguardo de sus ronquidos…

Desiderio siguió soñando: Caminaba por una casa colonial, oscura y en ruinas. Pero el sueño no había comenzado allí, sino frente a la pipa de cerveza en el club, bebiendo y hablando sandeces con los amigos. Después se le hizo tarde y se apuraba en regresar a casa, ebrio y satisfecho, pedaleando cansonamente el desvencijado triciclo del que era propietario. La cerveza le había inflado salvajemente la vejiga, así que detuvo el triciclo a mitad de cuadra y entró a trompicones en la vieja casona. Orinó un largo minuto sobre los escombros. Luego un velado impulso le hizo sacar la linterna y entrar a explorar el caserón. Las paredes húmedas, los pasillos laberinticos. Al final, un gran portón de madera corroída, que daba a la calle de atrás. Desi palpó el enorme pestillo y pugnó por abrirlo. El maderaje crujió, lastimeramente, hasta ceder por fin. Un chorro de luz de neón y destellos del alumbrado público se filtró por la apertura.

―¿Qué carajos…¿― balbuceó Desi.

No era la calle que esperaba ver. Oscura y desierta como todas las de su barrio a esa hora. Aquella era otra calle, sin dudas. Lívido de sorpresa, Desi salió fuera para quedar en medio de un inusual tráfago de gente y jolgorio musical. De inmediato reconoció el bulevar de Obispo. Una calle inconfundiblemente habanera. «No puede ser», susurró, incrédulo. Pero enseguida recordó que solo era un sueño y en sueños se puede ir donde sea, no importa si la Habana estaba a quinientos kilómetros de allí.

Tres años antes, cuando su hijo Adrián comenzaba estudios en la UCI, era habitual que viajara a la capital a llevarle avituallamientos quincenales. Hasta que el muchacho se emancipó, a su manera y ya era él quien venía a visitarlos, una vez al mes, o cuando le entraban las ganas... Adriancito estaba muy cambiado. Como padre, Desi se espantaba de verlo en tantos melindres y acicalamientos ante el espejo, lo único que parecía importarle. Se lo había reprochado a Yara, que el muchacho estaba muy blandito. Que no era el ejemplo que le había dado. Pero Yara fingía no verlo…

… Desi se angustió y volvió sobre sus pasos, en busca del portón. Su gira por el reino de Morfeo podía derivar en pesadilla, si insistía en explorar demasiado. Le extrañaba no haber despertado. Sabía que un sueño del que no se despierta puede significar que se ha muerto. Y un sueño que se repite un día tras otro puede ser prueba de que se ha enloquecido. Según le constaba, los locos vivían en un bucle onírico, atrapados en una falsa realidad que se les repetía una y otra vez hasta el cansancio…

Desi se introdujo de regreso en la casona derruida…Despertó al lado de Yara. La sacudió por los hombros. Quería contarle, pero fue en vano. Yara no despertó. Tomaba píldoras sedantes y siempre caía rendida como una piedra. Contempló el cuerpo desnudo de su mujer. Boca abierta y babeante. Pechos marchitos. Las piernas, que antaño fueron su delicia, bordadas feamente por las várices….

Pasó el día siguiente en cama, fingiéndose acatarrado. A la noche se acomodó frente a la tv y enseguida volvió a entrar en el mismo nudo de ensoñaciones. El mismo itinerario: pipa de cerveza, cháchara inútil con los socios, las horribles ganas de orinar y luego atravesar el crujiente portón hacia el bulevar de Obispo, que seguía impertérrito en su sitio.

«Estoy jodido» gimió Desi quedamente.

Conociendo que para escapar de un bucle era necesario cometer alguna barbaridad, o sea, romper las reglas de lo que debe hacerse dentro de un sueño, estaba listo para intentarlo.

A ese fin desanduvo el bulevar en busca del chance apropiado. En la esquina del bar Floridita le salió al paso un piquete de turistas foráneos, en bulliciosa tertulia. Se imaginó arrebatándole la billetera a alguno de ellos y dándose a la fuga. Sin embargo desistió de la idea. Ni aún en sueños soportaría él una larga carrera, con toda la parafernalia policíaca detrás. Prosiguió hasta el Parque Central. Un banco solitario, húmedo de rocío. Se dejó caer, pesadamente. Embebido en el discurrir de las horas. Hasta que su Poljov marcó las tres de la madrugada y el parque comenzó a adornarse de curiosas criaturas.

Las damas de la noche llegaron para ocupar posiciones, al acecho de clientes potenciales. Una de ellas, de altos tacones rojos y minifalda, llegó donde Desi y lo sorprendió en pleno bostezo.

― ¿Tienes hambre, bello? ¿Quieres pastelito? ―le propuso.

―Circula, circula, no quiero tu pastelito ―le aventó Desi con una mueca de disgusto.

La dama de la noche ignoró su demanda y se le plantó delante, estoica.

―Debería darte pena, ―suspiró― estar allí pasmado, con tantas cosas ricas alrededor.

Involuntariamente, Desi fijó su atención en las bien torneadas piernas. Deberían ser toscas, como le cabe a un varón tenerlas, sin embargo… La dama captó su mirada y se sentó a su lado. Desconcertado aun con aquellas piernas, Desi se dejó agarrar la mano. De repente estuvo palpando las soberbias pantorrillas, con admiración.

―No tienes várices. ―comentó, como quien descubre otra pirámide.

La dama de la noche hizo un gesto airado.

― ¿Qué clase de diablas te tiras, campeón? ―protestó con un chillido, para luego encimársele con desfachatez ―Tócame. Sin miedo, no te costará.

―No estoy buscando nada ―balbuceó Desi y sacó la mano, como si se le quemara.

Sin embargo, algún fuego se le había encendido bajo la ingle.

― ¿Te gustan las piernas lindas?

―Sí. Pero las piernas de las mujeres, son las que me gustan-rezongó Desi.

La dama de la noche se puso una mano en la cadera y levantó mucho una ceja.

―Ese bulto en tu pantalón me dice otra cosa. ―dijo y se volvió a sentar.

― Pobrecillo. Tan solito en este parque inmenso. ¿Te botaron de la casa? ¿Tienes esposa?

―Tengo. ―respondió Desi― Y un hijo ―añadió― Por cierto, también es…pato.

―Oh, claro, por eso estás así, tenso. Se ve que nunca te desahogas...

La dama de la noche palpó con sus uñas punzantes los bíceps flácidos.

―No me toques, ya te lo dije ―se zafó Desi, incómodo.

―A lo mejor, mi goloso, quieres carnecita fresca. Yo te puedo conectar con la mejor carne. ¿Quieres que te conecte, sí o sí?

Desi se encogió de hombros. «Si se trata de romper un bucle…», masculló para sí mismo, imperceptiblemente. Entonces la dama silbó hacia otras damas que conversaban en la esquina. Estas aullaron de entusiasmo y se apuraron a comparecer. La dama líder agarró con sutileza a una de las muchachas y se la puso delante a Desi, que siguió sentado, haciéndose el distraído.

―Ella es Karla―le anunció la dama― y quiere estrenarse con un tipo rudo, como tú. Te la dejo aquí, precioso. Después me lo agradeces. Ah… y cada vez que vengas, por favor, pregunta por Shaki, búscame galán, que yo te conecto…

La dama giró sobre sus tacones, en señal de retirada y las otras damas la imitaron. Se fueron en gracioso pelotón, contoneando exageradamente las caderas. Más la muchacha frente a él permaneció callada, con la atención concentrada en la punta de sus zapatos. Desi finalmente suspiró y la invitó a sentarse. Piernas largas y turgentes. Demasiado corta la minifalda.

― ¿Qué edad tienes? ―le preguntó, para romper el hielo.

―Dieciocho―respondió la muchacha, ruborizada.

― Oh ¿Y nunca has probado…?

― Nunca.

― No tengas miedo. ― apuntó Desi mientras le acariciaba la barbilla.

Dejó a un lado la gorra que le escondía la calvicie y acercó su boca bigotuda a aquellos labios que le parecían de fresa. Sin embargo, en cuanto las pupilas de ambos se enfocaron de cerca, la muchacha dio un respingo y empujó a Desi, apartándolo de ella con brusquedad.

― ¡Papá! ―gritó espantada.

― ¡Adriancito! ―respondió Desiderio, con ojos incrédulos.

―Papa, ¿qué tú haces aquí en la Habana?

El joven se desprendió de su peluca rubia y la abandonó sobre el banco. Desi sonrió, levantándose. No hay nada que temer, se dijo, solo es un maldito sueño. Así que se evadió del joven con gesto cortés y comenzó a alejarse de la escena.

―Estas equivocado, ―le advirtió al muchacho, viendo que le seguía―sé que te llamas Adriancito, pero no soy tu padre ¿Okey?, no soy tu padre…

El muchacho no se daba por vencido.

―No te vayas papá, déjame explicarte, hablemos de esto de una buena vez…

Desi apuró el paso y lo dejó atrás. Dobló por la esquina del bar Floridita y pasó esquivando el mismo tumulto de turistas de antes. Entró de regreso en el bulevar de Obispo, en busca de un portón que solo él conocía...

― ¡Papá, por favor! Sé por qué viniste. En el fondo eres igual que yo.

Desi echó a correr. El joven trató de seguirlo, pero se le quebraron los enormes tacones y quedó sentado en la acera.

― ¡Papá!

Desi jadeaba cuando entró en la casona. Atrancó el portón tras él, apuntalándolo con tablones, vigas…en fin, con lo que pudo. Entonces despertó, sobresaltado. Yara su mujer dormía como de costumbre y no se movió. Aunque un minuto después, cuando sonó el timbre del teléfono, brincó como un resorte y se sentó al borde de la cama, con el alma en vilo.

― ¡Ese es Adriancito, algo le debe haberle sucedido! ―exclamó, con la mano sobre el corazón.

Desi le hizo señas para que se calmara y tomó el auricular.

― ¿Adrián? Carajo, te he dicho mil veces que no llames a estas horas. Vas a matar a tu madre de un infarto. ¿Qué problema tienes ahora?

La voz en el otro lado de la línea hizo mutis.

― ¿Adrián?

―Si papá, estoy bien. Es solo que…les echo de menos.

Yara le arrebató el auricular.

― ¿Estas bien cariño?―preguntó angustiada.

―De maravilla mamá, no te preocupes. Te quiero. Los quiero… un beso grande. Ponme a papá…

Desi pegó el oído y escuchó, reteniendo el aliento.

―Papá―dijo la voz de Adrián.

― ¿Qué tienes?

―Yo sé lo de la casona vieja…Me acuerdo cuando era niño, pasábamos por allí y me decías que ibas a orinar... Nunca lo supiste, pero yo entraba detrás de ti, para curiosear. Vi lo que hacían, tú y aquel…amigo tuyo, recostados contra el portón. No te juzgo por eso, ¿sabes? Sé que quieres olvidar. Enterrar tu pasado. Pero no hay modo. Eres igual que yo, papá. Soy igual a ti…

―Bien Adriancito, te conseguiré lo que me pides. ―disimuló Desi en voz alta. ― Un beso.

Desi colgó.

Al día siguiente volvió a estar acatarrado. No tuvo que fingir. Realmente se sentía enfermo. En la noche, tras quedarse dormido en la columbina de la terraza, viajó de nuevo hasta la casona abandonada. Empujó el pesado portón, con el corazón a puro galope. Ante sus ojos apareció una calle oscura y desierta. Desi respiró con alivio y sonrió. El bucle finalmente se había deshecho. Estaba curado.

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