Portada de la novela Cuentos inquietantes

Cuentos inquietantes

8.3 / 10.0
Cuentos inquietantes es una obra de modern mystery que explora la culpa y la discriminación. A través de este horror novel, el lector enfrenta conspiraciones y la fragilidad mental en esta colección de fiction books, revelando las verdades más oscuras de nuestra realidad cotidiana.
Resumen de Cuentos inquietantes
Esta colección de veintiún relatos se sumerge en los abismos de la sociedad moderna mediante el horror y el suspenso. Cada historia examina emociones intensas como el rechazo, la culpa y la discriminación, retratando la vulnerabilidad de la psique ante la demencia. Entre conspiraciones sombrías y el temor absoluto a la verdad, la obra desvanece la cotidianidad para revelar una realidad perturbadora donde las sombras acechan la mente humana.
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Cuentos inquietantes Capítulo 1

Reciprocidad

Si algo despierto queda en tus adentros, Denis, ahora que has llegado a este punto, te preguntarás por qué este giro fatal del destino, esta coz de la brutalidad humana en tu contra. Puede que la respuesta sea sencilla: la justicia puede hacerse venganza y golpearte de revés, si la ignoras demasiado. La venganza, que tiene sus maneras y sus máscaras, que puede venir de Dios, de los jueces o de un prosaico policía rencoroso.

Estarás recordando la primera vez, el génesis de ti mismo: Disfrutabas tranquilamente tu merienda escolar, como niño mojigato y bien criado, cuando otro niño te golpeó por detrás. Una súbita bofetada que resonó en tu oído largo rato. Al volverte, el rostro del otro estaba allí, retándote burlón, alimentando su fama con tu indecisión. Te preguntaste por qué, sin hablar, sin responder. Fue el comienzo de tus grandes interrogantes. Al otro le decían Bicho, no sabes si por lo feo de su talante o por la insistencia en fastidiar a todo el que no le plantaba cara.

Bicho fue una tortura interminable en la escuela primaria hasta el día en que decidiste detenerlo. Tal vez la amenaza de tu madre, que en gloria esté, te empujó el ánimo. Tu madre y sus dichos, su jerga provinciana. «Si me entero que Bicho te vuelve a dar un sopapo y no le rajas la cabeza, voy a ser yo quien te pele, con un cuje guayaba¬¬». Así hablaba, no había manera que dijera paliza o golpiza, todo en ella era darte una pela, una tunda o una pavana. Era un recuerdo grato para ti, siempre lo será…

Ya en sexto grado estaban en el huerto, escardando los brezos y otra vez la pesada mano de Bicho te golpeó con saña. Un ardor de fuego cubrió tu cara y subió por tus adentros. Tomaste una estaca de marabú. Tus brazos se movieron sin que lo quisieras y golpeaste a Bicho justo donde se hacía la raya en el pelo. Luego, estabas fascinado por la manera abrupta en que se quebró su semblante y la mueca de burla mutó en sorpresa, dolor y humillación. Bicho no volvió a molestarte jamás, ni podía, una fisura en el cráneo lo dejó atontado de por vida.

Esa fascinación por humillar a tipos zoquetes iba a acompañar tu azarosa vida. Otros Bichos se cruzarían en tu camino. Te preguntabas por qué. Pero entretanto, volvías a administrar la dosis conveniente. Y te daba placer ver la ruptura, el antes y el después, al partirle la crisma al ofensor, al jodedor. Así te hiciste un criminal, pasivo, medio bueno, medio malo. Tu tiempo en la cárcel afinó ese don de aplicar correctivos y transformar lobos en ovejas. Siempre oculto y sibilino, para no volver tras las rejas. Mas algunos confundieron tu mansedumbre con guanajería. Como aquel inspector, que se encarnó en ti cuando montaste tu negocito particular. Mes tras mes amenazaba multarte por este o aquel papel que no tenías. Todo un año duró ese martirio, en tanto las visitas dejaron de ser mensuales y ya venía el hombre cada quince días, a amenazar, a buscar lo suyo, el soborno habitual. Se había enviciado. Tú te cansaste. Y el desdichado era bebedor: solía apaciguarse cuando le obsequiabas un litro de Havana Club.

Un día mezclaste el ron con alcohol de madera y le diste su regalo. El hombre estuvo en terapia intensiva, a punto de irse, aunque por suerte no murió. Pudiste visitarlo en su cubículo y deleitarte en esa transformación asombrosa, milagrosa. El rostro desencajado, suplicante, temeroso de verte…

El último fue tu vecino de enfrente, Aurelio. No era peligroso en sí. Pero tenía manías de vigilante. No ocupaba su vida en nada, salvo en chismear lo que se hacía y lo que se movía en la cuadra. Aurelio se la cogió contigo. No vivía, el pobre, de lo atento que estaba a cada movimiento que hicieras. Te espiaba sin pudor alguno, por las persianas o desde la puerta, día, noche y madrugada…al entrar y salir, él siempre estaba allí, mirando todo, si llevabas algo, si hablabas con alguien…Algo demoniaco que te colmó la paciencia.

Una noche pusiste heces abundantes en una cesta y le rociaste todo el frente de la casa. En la mañana estuviste atento a su reacción. Listo para el momento del cambio. A fin de cuentas, era mucha mierda la que tenían sus paredes y sus ventanas. Esperaste.

Pero Aurelio no salió de la casa, sino que llegó al poco un carro patrulla y dos policías te sacaron esposado a la vista de todos. En la Estación, en el local de interrogatorios, esperaba Aurelio, el vecino, junto a otro oficial de alto rango. Resultó que Aurelio era un policía camuflado. El otro jerarca mostró un video donde se veía claramente como lanzabas la mierda. Aurelio estaba filmando en ese momento. Te encabronaste por su pretensión de acusarte de sabotaje a la autoridad. También eras ducho en leyes y supiste defenderte. No había pruebas de que el del vídeo fueras tú. Tuvieron que soltarte.

Pese a ello, Aurelio intensificó la vigilancia. Y una madrugada que parecía como que te esperaba, disimulando estar ocupado en su jardín, se te llenó la copa. Lo ofendiste, en todas las formas en que un hombre puede ser ofendido. Chivato, sulacrán, mira huecos, maricón, tarrú…Tal fue el repertorio que le lanzaste encima, a ver si reaccionaba. Pero Aurelio no respondió, solo te filmaba, con su teléfono móvil.

Esa vez la patrulla vino y te llevaron directo a prisión. Además de lo grabado, hubo vecinos que se ofrecieron como testigos para acusarte. Es que Aurelio no era un cualquiera. Tenía su reputación. Por eso en cuanto estuviste tras las rejas envió gente a darte una paliza. Cinco o seis, con palos y mangueras. No era para matarte, pero parece que se les fue la mano. Supongo que te habrás acordado en tu dolor de los dichos de tu difunta madre. Una tunda; tremenda pela; una pavana olímpica, hubiera dicho ella, de ver lo que te hicieron.

La jodida Justicia hecha venganza, Denis. Como mula ciega que patea de revés. Ahora has vuelto a las dudas de siempre. A los porqués eternos. Cavilando en tu desdicha, si algún pensamiento queda en el hombre después que cruza al otro lado. Y por ello gritas. Desaforadamente. Como para desahogarte. Pero los que miran a través del cristal de tu féretro no te pueden responder, porque no escuchan.

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Tabla de contenidos de Cuentos inquietantes

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