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Portada de la novela Contrato de gratitud

Contrato de gratitud

Por cinco años, sacrifiqué mi carrera en el flamenco para servir a Mateo por una deuda del pasado. Sin embargo, el retorno de su exnovia Elena reveló mi nulo valor para él. Tras un accidente donde me dejó de lado para salvarla, comprendí que debía marcharme. Aprovechando su descuido, logré que firmara el divorcio sin que lo notara. He recuperado mi libertad y mi pasión por el baile; mi contrato ha expirado y hoy comienzo una vida lejos de su sombra.
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Capítulo 2

La rutina de Sofía comenzaba cada día a las seis de la mañana.

Con movimientos precisos y silenciosos, seleccionaba el traje de Mateo para el día, siempre un Armani gris marengo con una corbata de seda a juego.

Preparaba su café, exactamente a ochenta y cinco grados, con una sola cucharada de azúcar.

Colocaba el periódico económico sobre la mesa del desayuno, abierto en la sección de mercados.

Hacía cinco años que vivía así, como una sombra eficiente y devota.

Mateo bajó las escaleras, impecable en el traje que ella había elegido.

No la miró.

Sus ojos estaban fijos en la pantalla de su teléfono, como siempre.

Se sentó a la mesa y tomó un sorbo de café sin levantar la vista.

"La agenda de hoy", dijo él, con un tono neutro, como si le hablara al aire.

Sofía recitó de memoria: "Reunión a las diez con los arquitectos del proyecto de Valdebebas. Almuerzo a la una con el señor Méndez. Gala benéfica en el Casino a las nueve de la noche".

Él asintió, sin dejar de teclear en el móvil.

Una notificación iluminó la pantalla.

Sofía, desde su posición, pudo ver el nombre que aparecía.

Elena.

Un nombre que era una herida constante en su vida. La "luz de luna blanca" de Mateo, su amor perdido que él nunca había superado.

Sintió un dolor sordo en el pecho, una resignación que ya le era familiar.

Sabía que él le estaba escribiendo a ella, planeando su vida alrededor de ella, mientras Sofía solo existía para mantener el orden a su alrededor.

El teléfono de la casa sonó, interrumpiendo el tenso silencio.

Sofía contestó.

Era Carmen de Vargas, la madre de Mateo.

"Sofía, ¿está Mateo ahí?", preguntó Carmen, su voz siempre calculadora.

"Sí, señora. Está desayunando".

"Pásamelo. Es sobre Elena. Ha vuelto a Madrid. Su divorcio con ese empresario de Miami ha sido un desastre".

Sofía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Así que la sombra volvía para reclamar su lugar al sol.

Le pasó el teléfono a Mateo.

Él lo tomó, y su rostro, antes frío e indiferente, se iluminó con una ansiedad que Sofía no había visto en años.

Mientras Mateo hablaba en voz baja con su madre, Sofía se dirigió a la cocina. Abrió la despensa y miró el calendario.

Quedaban tres meses.

Tres meses para que el pacto de cinco años terminara.

Un pacto que firmó a los diecinueve años, justo después de la muerte de su padre. Él era capataz en una obra de los Vargas y murió en un accidente que la empresa silenció rápidamente.

Carmen le ofreció un trato: ellos se encargarían de ella de por vida, le darían una posición como la "esposa" de Mateo para limpiar su imagen después del escándalo que supuso la huida de Elena. A cambio, Sofía debía renunciar a su sueño de ser bailaora de flamenco y actuar como la esposa perfecta.

Ella, joven, sola y con un retorcido sentido del honor, aceptó. Creía que le debía algo a la familia por la muerte de su padre, una deuda que ahora sabía que era una trampa.

Cuando Mateo colgó el teléfono, su expresión era una mezcla de euforia y preocupación.

"Elena ha vuelto", dijo, más para sí mismo que para ella. "Necesita ayuda".

No esperó respuesta. Subió corriendo las escaleras, probablemente para cambiarse e ir a su encuentro.

Sofía se quedó sola en la inmensa cocina.

Miró sus manos. Unas manos que antes sabían expresar el duende del flamenco y que ahora solo sabían servir café y organizar agendas.

La llamada de Carmen no era una noticia, era una sentencia.

El final de su servidumbre estaba cerca.

Y por primera vez en cinco años, Sofía no sintió miedo, sino un atisbo de esperanza.

La esperanza de ser libre.

Recordó la noche de la gala benéfica en el Casino, hacía un año.

Se había perdido un reloj de pulsera, una reliquia familiar de los Vargas. Mateo estaba desesperado, no por el reloj, sino por el escándalo. Elena estaba allí, fingiendo estar devastada por una nimiedad.

Mientras Mateo la consolaba, Sofía pasó toda la noche buscando.

Rebuscó discretamente entre las sobras, en las bolsas de basura de los contenedores del evento.

Lo encontró al amanecer, sucio y pegajoso, entre restos de canapés y servilletas usadas.

Cuando se lo entregó, Mateo apenas le dio las gracias. "Bien hecho", dijo, y su atención volvió a Elena.

Días después, se enteró por una indiscreción de Isabel, la hermana de Mateo, que esa misma noche él le había propuesto a Elena empezar de nuevo.

Ella lo había rechazado.

El alivio de Mateo no era por la reliquia, sino por haber evitado un escándalo que habría arruinado su intento de reconquista.

El sacrificio de Sofía había sido invisible, sin importancia.

Luego vino el punto de quiebre. La corrida de San Isidro en Las Ventas.

Un evento social ineludible. Elena también estaba allí, por supuesto.

Hubo un momento de pánico en las gradas, una pequeña estampida por una discusión.

Mateo, sin pensarlo, se lanzó a proteger a Elena, apartando a Sofía de un empujón.

Ella cayó mal. Un dolor agudo le recorrió la muñeca.

En medio del caos, él la miró, pero no la vio.

"Llama un taxi y ve al hospital", le dijo, su voz fría y distante. "Elena está muy nerviosa, necesito llevarla a casa".

En ese instante, mientras el dolor de su muñeca rota se mezclaba con el de su dignidad hecha añicos, Sofía lo entendió.

El pacto estaba pagado.

Con cinco años de su vida, con su sueño abandonado, con su espíritu roto.

Estaba en paz con su deuda.

Y ahora, con el regreso de Elena, el final era oficial.

Ya no había nada que la atara a esa casa, a esa vida, a ese hombre.

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