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Portada de la novela Contrato de gratitud

Contrato de gratitud

Por cinco años, sacrifiqué mi carrera en el flamenco para servir a Mateo por una deuda del pasado. Sin embargo, el retorno de su exnovia Elena reveló mi nulo valor para él. Tras un accidente donde me dejó de lado para salvarla, comprendí que debía marcharme. Aprovechando su descuido, logré que firmara el divorcio sin que lo notara. He recuperado mi libertad y mi pasión por el baile; mi contrato ha expirado y hoy comienzo una vida lejos de su sombra.
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Capítulo 3

Mateo interrumpió sus pensamientos al bajar de nuevo, ya vestido con ropa de calle.

"¿Con quién hablabas?", preguntó, su tono inquisitivo.

"Con su madre", respondió Sofía, su voz vacía de emoción.

Él frunció el ceño, pero la inminencia de ver a Elena borró cualquier otra preocupación de su mente. Salió de la casa sin decir una palabra más.

Esa noche, Sofía no pudo dormir.

La agitación en su interior era una mezcla de ansiedad y una extraña euforia. Se levantó y caminó por la casa a oscuras, sintiéndose una extraña en el lugar que había sido su jaula dorada durante cinco años.

A la mañana siguiente, rompió la rutina.

No preparó el café a ochenta y cinco grados. Lo sirvió tibio.

No le preparó el traje. Dejó el armario cerrado.

Cuando Mateo bajó, notó el cambio de inmediato.

"¿Y mi café? ¿Mi ropa?", preguntó, con una irritación apenas contenida. Era la primera vez que su perfecto engranaje fallaba.

"Se me ha olvidado", dijo Sofía con calma. "Estaba pensando en otras cosas".

Su intención era clara: empezar a desmantelar la dependencia que él tenía de ella, pieza por pieza.

Mateo la miró con extrañeza, pero su teléfono vibró en ese momento. Un mensaje de Elena.

Su rostro se suavizó y toda su atención se centró de nuevo en la pantalla. La pequeña rebelión de Sofía fue olvidada al instante.

Mientras él sonreía al teléfono, Sofía dejó sobre la mesa un sobre.

"Mateo".

Él levantó la vista, molesto por la interrupción.

"Quiero el divorcio".

Lo dijo con una serenidad que sorprendió incluso a ella misma. No había drama, ni lágrimas. Solo una declaración de hechos.

Mateo parpadeó, procesando la información. Luego, una sonrisa condescendiente apareció en su rostro.

"Ah, claro. El divorcio", dijo, todavía distraído, como si ella estuviera hablando del tiempo. "Sí, sí, lo que digas".

Volvió su atención al teléfono.

Sofía sintió una punzada de resignación. Ni siquiera en ese momento podía captar su atención por más de dos segundos.

"He traído los papeles. Solo tienes que firmar".

Colocó el documento y un bolígrafo frente a él.

Él, sin apartar la vista de un nuevo mensaje de Elena, cogió el bolígrafo y garabateó su firma en el lugar indicado sin leer una sola palabra.

Era un acto tan automático, tan desprovisto de significado para él, que resultaba casi cómico.

"Bien", dijo Sofía, recogiendo los papeles. "El período de reflexión legal es de un mes. Después de eso, me iré".

"Sí, sí, lo que digas", repitió él, como un autómata.

Sofía lo observó un momento más. El hombre con el que había compartido casa durante cinco años, el hombre por el que había sacrificado su futuro. Y ni siquiera se daba cuenta de que su mundo estaba a punto de cambiar.

"Mateo", dijo ella, con una calma casi cruel. "¿Has entendido lo que acabas de firmar?".

Él levantó la vista, finalmente desconcertado. "¿Qué? ¿No era el consentimiento para la donación de la gala de esta noche?".

La ironía de la situación era tan abrumadora que Sofía no pudo evitar una pequeña sonrisa amarga.

Él había firmado su libertad pensando que estaba cumpliendo con otra de sus obligaciones sociales.

"No, Mateo. No era eso".

No dijo más. Se dio la vuelta y subió las escaleras, dejando a un Mateo confundido que ya estaba volviendo a su teléfono.

Aceptó la profunda indiferencia de él como la confirmación final de que estaba haciendo lo correcto.

Antes de empezar a hacer las maletas, Sofía hizo una última visita.

Fue a la sede de la fundación benéfica que los Vargas patrocinaban, una institución que ayudaba a jóvenes de barrios obreros, como el suyo.

La abuela Rosa, la anciana que la había criado tras la muerte de sus padres y que ahora dirigía un pequeño comedor social allí, la recibió con un abrazo.

"Hija, tienes mejor cara", dijo la anciana, sus ojos sabios estudiando a Sofía.

"Voy a divorciarme, abuela. Me voy a ir".

La abuela Rosa no pareció sorprendida. Le apretó la mano con fuerza.

"Ya era hora. Ese chico nunca te ha merecido. El mundo es grande, Sofía. Ve y encuentra tu música de nuevo".

Las palabras de la anciana fueron la validación que necesitaba.

Sintió que un peso enorme se levantaba de sus hombros.

Al salir de allí, respiró hondo el aire de Madrid. Por primera vez en cinco años, se sentía dueña de su propio aliento.

Se sentía libre.

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