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Portada de la novela Cinco años de amor perdido

Cinco años de amor perdido

Gabriela entregó cinco años de su vida a Leandro Angulo y al pequeño Yeray, solo para recibir traiciones. Cuando Estrella, la antigua novia del magnate, regresa, Leandro abandona a su esposa herida para socorrer a su amante. Tras sufrir el desprecio de su hijastro y ser agredida físicamente, Gabriela decide firmar su renuncia y huir. Años después, convertida en una mujer de éxito, Leandro intentará recuperarla, ignorando que su matrimonio nunca fue legal.
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Capítulo 1

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Gabriela POV:

Durante cinco años crié al hijo de mi esposo como si fuera mío, pero cuando su ex regresó, el niño me gritó que me odiaba y que prefería a su "tía Estrella".

Leandro me dejó tirada y sangrando en un estacionamiento tras un accidente, solo para correr a consolar a su amante por un fingido dolor de cabeza.

Entendí que mi tiempo había acabado, así que firmé la renuncia total a la custodia y desaparecí de sus vidas para siempre.

Para salvar la imprenta de mi padre, acepté ser la esposa por contrato del magnate Leandro Angulo.

Fui su sombra, la madre sustituta perfecta para Yeray y la esposa invisible que mantenía su mansión en orden.

Pero bastó que Estrella, la actriz que lo abandonó años atrás, chasqueara los dedos para que ellos me borraran del mapa.

Me humillaron en público, me despreciaron en mi propia casa y me hicieron sentir que mis cinco años de amor no valían nada.

Incluso cuando Estrella me empujó por las escaleras, Leandro solo tuvo ojos para ella.

Harta de ser el sacrificio, les dejé los papeles firmados y me marché sin mirar atrás.

Años después, cuando me convertí en una autora famosa y feliz, Leandro vino a suplicar perdón de rodillas.

Fue entonces cuando descubrió la verdad que lo destrozaría: nuestro matrimonio nunca fue legal y yo ya no le pertenecía.

Capítulo 1

Gabriela POV

El sonido de la pluma al rayar el papel resonaba en la silenciosa oficina del abogado, un eco de la decisión irrevocable que acababa de tomar. Mi mano no tembló al firmar.

"¿Está segura, señorita Aznar?" la voz de su abogado, el Licenciado Vargas, era suave, pero cargada de una extraña mezcla de alivio y preocupación.

Lo miré, mis ojos vacíos de cualquier emoción. Su pregunta era una formalidad.

"Sí, Licenciado. Completamente segura."

Las palabras salieron sin esfuerzo, como si las hubiera ensayado mil veces en mi cabeza. Y lo había hecho. Cada noche, durante los últimos cinco años, mi mente había trazado esta misma escena, este mismo final.

El Licenciado Vargas, un hombre delgado con gafas de montura fina, empujó los documentos hacia mí.

"El acuerdo de divorcio. Y la renuncia a la custodia."

Mi mirada se detuvo en el segundo documento. El corazón, que creí muerto hace mucho tiempo, dio un pequeño salto doloroso.

Yeray. Mi Yeray.

Pero ya no era mío. Nunca lo fue, legalmente.

Tomé el bolígrafo de nuevo, mi nombre ya figuraba en la línea de puntos. Solo necesitaba una firma más.

Fue un contrato. Un trato frío y calculador para salvar la imprenta de mi padre de la bancarrota.

Hace cinco años, mi mundo se desmoronaba. La enfermedad de mi padre, las deudas acumulándose como montañas.

Y entonces apareció ella. Soledad Aragón. La matriarca de los Angulo.

Ella me ofreció una salida, una mano salvadora. Pero tenía un precio.

Un matrimonio por contrato con su hijo, Leandro Angulo.

Él era el magnate de la construcción, el intocable CEO de Constructora Angulo. Un hombre con una mirada tan fría como el acero, y un corazón que, según los rumores, había sido destrozado por su primer amor.

Estrella Ferrando. La famosa actriz.

El acuerdo era simple: cinco años. Si en ese tiempo Leandro no me amaba, el contrato se disolvería.

Y yo me iría, sin pedir nada.

Solo un nombre en el papel. Una esposa fantasma en una mansión de lujo.

Al principio, creí poder con ello. Mi amor por Yeray, el pequeño de dos años, tan perdido sin su madre biológica, me daba fuerzas.

Lo crié como si fuera mío. Sus primeras palabras, sus primeros pasos, sus sonrisas. Todo era para mí.

Pero Leandro nunca me vio. Nunca me amó.

Siempre fue Estrella. Incluso cuando ella se fue, su sombra permaneció.

Y ahora, ella había regresado.

El bolígrafo se deslizó por el papel. Mi nombre, Gabriela Aznar.

La libertad.

Me levanté de la silla, mi cuerpo ligero como una pluma. No miré atrás. Dejé los papeles sobre el escritorio del abogado.

Afuera, el sol de la Ciudad de México me golpeó con fuerza. Sentí un vacío, pero también una extraña sensación de paz.

Mi teléfono vibró en mi bolso. Un mensaje.

Una notificación de noticias.

Abrí la aplicación.

Una foto a toda página. Leandro Angulo, sonriendo.

A su lado, Estrella Ferrando, radiante, su mano entrelazada con la de él.

Y entre ellos, Yeray. Mi Yeray.

Con una sonrisa que nunca me dedicaba, mirando a Estrella con adoración.

El pie de foto decía: "Leandro Angulo y la estrella de telenovelas Estrella Ferrando, de regreso en México, disfrutan de un picnic familiar con el pequeño Yeray. ¡Una imagen que derrocha felicidad!"

La felicidad. Mi corazón se encogió, una punzada aguda.

Había derramado cada gota de mi amor, mi paciencia, mi alma en esa familia. Y esto era lo que quedaba.

Lo entendí entonces. No era un acuerdo. Era un sacrificio.

Cinco años de mi vida. Cinco años de amor no correspondido.

Un nudo se formó en mi garganta. Las fotos seguían pasando.

Estrella riendo, Leandro mirándola con la misma adoración que Yeray.

Y yo, la esposa invisible, la madre sustituta, borrada de la imagen.

Recordé el día que firmé el primer contrato. Mi padre en el hospital, los médicos dando malas noticias.

Soledad Aragón sentada frente a mí, su mirada penetrante.

"Mi hijo necesita estabilidad. Y Yeray necesita una madre."

Leandro, entonces, era un alma herida. Estrella lo había abandonado, y él había caído en una profunda depresión.

Se negaba a casarse de nuevo. Soledad, desesperada, me encontró.

Yo, una modesta editora literaria, con mi sueño de escribir escondido en un cajón.

Ella prometió salvar la imprenta. A cambio, yo sería la esposa de Leandro.

Un matrimonio en papel. Solo para las apariencias.

Y para Yeray.

Acepté. Por mi padre. Por el pequeño Yeray, que me miraba con ojos tan grandes y tristes.

El día de la boda fue una farsa. Leandro, con su rostro inexpresivo, apenas me miró.

Nuestra noche de bodas fue un silencio incómodo. Dormimos en habitaciones separadas.

Unas semanas después, una noche, él estaba demasiado borracho. Me confundió con Estrella.

Fue un beso robado, un acto de desesperación.

Me aferré a la esperanza. Tal vez, solo tal vez, podría hacerle sentir algo.

Pero el amanecer trajo consigo el arrepentimiento en sus ojos. Me di cuenta de que solo había sido una sombra.

Luego vino Yeray. Me volqué en él. Fui su madre, su confidente, su todo.

Despertar a Leandro con el desayuno, organizar su agenda, cuidar la casa.

Hacía todo con la esperanza de que, un día, él me viera.

Pero esa mirada nunca llegó.

Hace solo una semana, los noticieros anunciaron el regreso de Estrella.

Mi mundo se detuvo.

Y ahora, esta foto. Una familia perfecta. Sin mí.

La última semana del contrato. La última semana de mi vida como "esposa" de Leandro Angulo.

Las fotos de la "feliz familia" aparecían en todas las redes sociales.

Sentí una fría determinación. No más.

No más humillaciones.

Mi celular vibró de nuevo. No lo abrí.

Conduje a casa, el estómago vacío, pero el corazón lleno de una inesperada fuerza.

Al llegar a la entrada de la mansión, vi un coche familiar estacionado. Maletas en la cajuela.

Y allí estaba. Estrella Ferrando. Su sonrisa deslumbrante.

Con Leandro y Yeray a su lado. Parecían salir de una película romántica.

Yeray corrió hacia la puerta, riendo. Leandro cargaba una maleta.

Estrella lo seguía, su mirada se encontró con la mía.

Una sonrisa maliciosa apareció en sus labios perfectos.

Mi tiempo aquí ha terminado, pensé.

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