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Portada de la novela Cinco años de amor perdido

Cinco años de amor perdido

Gabriela entregó cinco años de su vida a Leandro Angulo y al pequeño Yeray, solo para recibir traiciones. Cuando Estrella, la antigua novia del magnate, regresa, Leandro abandona a su esposa herida para socorrer a su amante. Tras sufrir el desprecio de su hijastro y ser agredida físicamente, Gabriela decide firmar su renuncia y huir. Años después, convertida en una mujer de éxito, Leandro intentará recuperarla, ignorando que su matrimonio nunca fue legal.
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Capítulo 2

Gabriela POV:

Estrella Ferrando se acercó a mí, sus ojos brillando con una falsa cordialidad. Su sonrisa, antes deslumbrante, ahora parecía una máscara de superioridad.

"¡Gabriela! Qué gusto verte, querida. ¿Cómo has estado? Tanto tiempo sin vernos, ¿verdad?" Su voz era dulce, pero cada palabra apuñalaba.

Leandro se detuvo a su lado, sus ojos fríos y distantes como siempre. Yeray, de la mano de Estrella, me miró con curiosidad, pero sin el cariño de antes. Ya no había rastro del niño que corría a mis brazos.

"Estoy bien, Estrella," respondí, mi voz monótona. No había calor ni emoción en ella.

Estrella se rió suavemente, una risa que me taladró el oído. "Me alegro. Leandro y yo hemos estado poniéndonos al día. Y Yeray está tan feliz de tener a su 'tía Estrella' de vuelta. ¿Verdad, cariño?"

Yeray asintió con entusiasmo, apretando la mano de Estrella. "Sí, ella es mucho más divertida que mami Gabriela."

Las palabras de Yeray me golpearon como un puñetazo en el estómago. El aire se me escapó de los pulmones.

Leandro, impasible, no hizo ningún comentario. Solo me lanzó una mirada severa. "Gabriela, Estrella se quedará unos días. Necesita un lugar donde quedarse mientras busca casa."

"¿Unos días?" Mi voz apenas fue un susurro.

Estrella intervino, su mano en el brazo de Leandro. "Solo será un breve tiempo, no te preocupes. No quiero causar molestias."

Yeray, ajeno a mi dolor, tiró de la mano de Estrella. "¡Vamos, tía Estrella! Quiero ver la habitación que papi preparó para ti."

Leandro sonrió a Estrella, una sonrisa que nunca me había dedicado. "Vamos, cariño. La suite de invitados está perfecta para ti."

Se giró hacia mí, su rostro sin emoción. "Gabriela, asegúrate de que sus maletas suban. Y que tenga todo lo que necesite."

Mis labios formaron una línea delgada. "¿No crees que eso es trabajo de los sirvientes, Leandro?"

Su mirada se endureció. "Gabriela, no me discutas. Estamos hablando de Estrella."

Sentí una punzada de rabia, pero la contuve. No valía la pena. Mi libertad estaba a solo unos días.

Yeray, al escuchar mi respuesta, frunció el ceño. "¡Mami Gabriela es aburrida! Tía Estrella es la mejor."

Se aferró a Estrella, como si yo fuera una amenaza. Mi corazón se hizo pedazos. El niño que había criado, que había amado incondicionalmente, ahora me rechazaba.

Estrella sonrió con aire de victoria. "No te preocupes, Yeray. Tía Estrella siempre estará aquí para ti."

Leandro, Estrella y Yeray entraron a la mansión, riendo y conversando. Parecían una familia perfecta. Una familia sin mí.

Leandro se volvió, su mirada encontrando la mía por un instante. "Gabriela, encárgate de las maletas." Su tono era una orden, no una petición.

"¿Yo?" Mi voz era apenas un susurro. La humillación me quemaba la piel.

Él levantó una ceja. "Sí, tú. ¿Tienes algún problema?"

Mi silencio fue mi respuesta.

"Bien. Si no puedes con eso, le diré a la señora Elena que las suba." La señora Elena era una de las empleadas de la casa, una mujer mayor de confianza que siempre me había tratado con respeto.

La idea de que una mujer mayor tuviera que cargar las maletas de Estrella mientras yo permanecía ociosa me revolvió el estómago.

"No, yo lo haré," dije, mi voz plana.

Leandro se encogió de hombros y siguió a Estrella y a Yeray.

Me dirigí al auto, mi rostro una máscara de indiferencia. Abrí la cajuela y comencé a sacar las maletas. Eran muchas, y pesadas. Cada una de ellas parecía cargar con el peso de mis cinco años de matrimonio.

Mientras subía la última maleta por las escaleras, escuché risas provenientes de la sala de estar.

Asomé la cabeza. Yeray estaba sentado en el regazo de Estrella, y ella le mostraba un pequeño envoltorio de terciopelo.

"¡Mira qué bonito, Yeray!" exclamó Estrella, su voz aguda. "Tu papi me lo compró. ¿Te gusta?"

Yeray asintió con la cabeza, sus ojos brillando. "¡Sí! Es muy brillante."

Mi mirada se posó en el objeto que Estrella sostenía. Un collar. Un collar de plata con un pequeño colgante de esmeralda.

Mi aliento se atascó en mi garganta.

Era el collar que Leandro me había regalado en nuestra primera Navidad juntos. Un regalo simple, pero que yo había atesorado. Lo guardaba en mi joyero, esperando el momento de usarlo.

Leandro había dicho que era una joya familiar, que su abuela se la había dado a su madre, y su madre a la esposa de su hijo.

Una joya familiar para la esposa de su hijo.

Ahora, estaba en las manos de Estrella.

Sentí una oleada de náuseas. Mis manos, que sostenían la maleta, temblaron.

Leandro notó mi expresión. Su sonrisa se borró.

Yeray, sin darse cuenta, me señaló con el dedo. "¡Mami Gabriela tiene cara de enojada! ¿No te gusta el collar de tía Estrella?"

Estrella se rió, una risa hueca y triunfante.

Leandro frunció el ceño. "Yeray, eso no se dice." Su tono era suave, sin la dureza que usaba conmigo.

"Pero es verdad. A mami Gabriela nada le gusta. Tía Estrella es la que le gusta a papi," Yeray insistió, aferrándose aún más a Estrella.

Un dolor agudo me perforó el pecho.

"Tiene razón," dije, mi voz sorprendentemente clara. "Yeray tiene toda la razón."

Todos me miraron. Estrella, con una pizca de sorpresa en sus ojos. Leandro, con una confusión evidente. Y Yeray, con su inocencia cruel.

No esperé una respuesta. Me di la vuelta y me dirigí a mi habitación, el peso de la maleta en mis hombros, el peso del collar en mi corazón.

Cerré la puerta detrás de mí. Solté la maleta y me dejé caer en la cama.

Las lágrimas, que había contenido durante tanto tiempo, finalmente brotaron.

Lloré por el collar. Lloré por Yeray. Lloré por los cinco años perdidos.

Pero en el fondo de mi mente, una voz me recordaba: solo quedan unos días.

Unos días para mi libertad.

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