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Portada de la novela Cien Veces Me Rompiste, Una Vez Renací

Cien Veces Me Rompiste, Una Vez Renací

Tras una década de maltratos, mi aniversario se convirtió en una pesadilla cuando Mateo me humilló para favorecer a su amante. Atrapada y aislada, perdí la oportunidad de despedirme de mi madre. La tragedia escaló cuando Isabella, con el apoyo de mi esposo, profanó sus restos y acabó con la vida de mi padre. Tras ser sometida a una transfusión forzada, mi única salida de este tormento depende ahora de un extraño y una púa que me ha entregado.
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Capítulo 2

La música del décimo aniversario de bodas era una cacofonía en la lujosa villa de Mateo en Marbella. Sofía se mantenía erguida, con la espalda recta, una estatua de mármol en medio del caos. Diez años. Diez años de una vida que no era suya.

Mateo, su marido, el magnate inmobiliario hecho a sí mismo, entró en el salón con una sonrisa triunfante. A su lado, agarrada a su brazo, caminaba una chica joven, una bailarina de algún bar de mala muerte llamada Isabella. Llevaba un vestido demasiado corto y demasiado brillante.

El murmullo de los invitados se detuvo. Era el ritual de cada año. El juego de Mateo.

"Sofía, querida", la voz de Mateo retumbó, cargada de un falso cariño que a Sofía le revolvía el estómago. "Isabella admira mucho tu estilo. ¿Por qué no le das tus joyas?"

Se refería al collar y los pendientes de perlas que él mismo le regaló para su boda. El símbolo de su unión. El precio de su libertad.

"Y los zapatos", añadió Mateo, señalando los Manolo Blahnik de Sofía. "Enséñale a caminar como una dama".

Los invitados, amigos y socios de Mateo, empezaron a reír y a sacar sus carteras.

"¡Cien euros a que esta vez lo deja!"

"¡Doscientos a que se queda, como siempre!"

Las apuestas volaban por el aire, cada una un nuevo golpe para la dignidad de Sofía. Era el espectáculo anual, y ella era la atracción principal.

Sofía miró a Mateo, luego a Isabella, y finalmente a la multitud expectante. El fuego que una vez ardió en su interior se había extinguido hacía mucho tiempo, dejando solo cenizas frías. Esta era la vez número cien que pensaba en el divorcio. Pero esta vez, era diferente. Esta vez, el alma se le había muerto por completo.

"Quiero el divorcio, Mateo".

Su voz fue apenas un susurro, pero resonó en el silencio que se había creado.

Mateo soltó una carcajada. "¿Otra vez con lo mismo? ¿La centésima vez será la vencida?"

Se giró hacia sus invitados. "¡Mil euros a que mañana por la mañana me estará preparando el café! ¿Alguien apuesta en mi contra?"

Un silencio incómodo se apoderó de la sala. Nadie se atrevía a contradecir a Mateo.

Entonces, una voz grave y tranquila se alzó desde el fondo del salón.

"Yo apuesto. Apuesto a que se va".

Todos se giraron. Un hombre alto, de elegancia discreta, sostenía una copa de vino. Era Alejandro, el principal competidor de Mateo, el único que no le temía. Sus ojos se encontraron con los de Sofía por un instante, y en ellos, ella vio un atisbo de algo que había olvidado: respeto.

El desafío envalentonó a Sofía. Con una calma que sorprendió a todos, se agachó y se quitó los zapatos. Se los entregó a Isabella, que los cogió con torpeza.

"Tómalos", dijo Sofía, con la voz vacía de emoción. "Y cuando te canses de él, te diré dónde viven las otras. Hay una en Málaga y otra en Estepona. Podéis formar un club".

Se dio la vuelta, dispuesta a marcharse descalza, a dejar atrás los diez años de humillación.

"¿A dónde crees que vas?" Mateo la agarró bruscamente del brazo. Su sonrisa había desaparecido. "Ese vestido que llevas, lo pagué yo. Todo lo que tienes, lo pagué yo. Si te vas, te vas sin nada".

La multitud contuvo el aliento.

"Quítatelo".

La orden de Mateo fue un latigazo. Sofía lo miró a los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, no vio al hombre que amó, sino al monstruo en que se había convertido. Lentamente, sin una palabra, se llevó las manos a la cremallera de la espalda.

El vestido cayó al suelo, formando un charco de seda a sus pies. Se quedó allí, en ropa interior, ante la mirada atónita de todos los invitados. No había vergüenza en su rostro, solo una liberación helada. Había expuesto la crueldad de Mateo para que todos la vieran.

El rostro de Mateo se contrajo de furia. La humillación se le había vuelto en contra. Rápidamente, se quitó la chaqueta de su esmoquin y la envolvió con ella, ocultando su cuerpo de las miradas lascivas.

"¡Fuera! ¡Fuera todos de mi casa!", gritó, expulsando a sus invitados como a un rebaño de ovejas.

La fiesta había terminado.

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