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Portada de la novela Cien Veces Me Rompiste, Una Vez Renací

Cien Veces Me Rompiste, Una Vez Renací

Tras una década de maltratos, mi aniversario se convirtió en una pesadilla cuando Mateo me humilló para favorecer a su amante. Atrapada y aislada, perdí la oportunidad de despedirme de mi madre. La tragedia escaló cuando Isabella, con el apoyo de mi esposo, profanó sus restos y acabó con la vida de mi padre. Tras ser sometida a una transfusión forzada, mi única salida de este tormento depende ahora de un extraño y una púa que me ha entregado.
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Capítulo 3

Esa noche, la furia de Mateo no conoció límites. Para castigarla, la arrastró hasta el balcón de la suite principal y la encerró fuera.

"Te quedarás aquí hasta que aprendas cuál es tu lugar", le espetó, antes de cerrar con llave las puertas de cristal.

Sofía escuchó las risas de Isabella desde el interior del dormitorio, seguidas de los sonidos inconfundibles de su marido llevándosela a la cama. Se acurrucó en un rincón, temblando, no de frío, sino de una rabia impotente. La brisa marina de Marbella era gélida, pero nada comparado con el hielo que sentía en su corazón.

Horas más tarde, el sonido insistente de su teléfono móvil, abandonado sobre una mesita, la sacó de su letargo. Vio la pantalla a través del cristal. Era el hospital. Su corazón dio un vuelco. Su madre.

Golpeó el cristal con los puños. "¡Mateo! ¡Mateo, por favor, es el hospital! ¡Contesta el teléfono!"

La puerta se abrió un poco y la cabeza de Mateo apareció. Tenía el pelo revuelto y una expresión de fastidio.

"¿Qué demonios quieres ahora? ¿No tienes suficiente con arruinar mi fiesta?"

"Es mi madre", suplicó Sofía, con lágrimas corriendo por sus mejillas. "El hospital está llamando. Algo ha pasado".

Isabella apareció detrás de él, envuelta en una sábana de seda. Se rió. "Ay, qué buena actriz. Seguro que es otra de tus tretas para llamar la atención. Déjala que se enfríe un poco, Mateo, cariño".

Mateo la miró con desprecio. "Tiene razón. Ya no sé cuándo mientes y cuándo dices la verdad. Quédate ahí y piensa en tus actos".

Cerró la puerta de nuevo, dejándola sola con el eco de la risa de Isabella y el sonido incesante del teléfono.

La desesperación se apoderó de Sofía. Miró a su alrededor, buscando una salida. Vio una pesada maceta de terracota en una esquina del balcón. Sin pensarlo dos veces, la levantó con todas sus fuerzas y la estrelló contra la puerta de cristal.

El estruendo fue ensordecedor. Los cristales rotos saltaron por todas partes, cortándole los brazos y las piernas. Pero no sintió el dolor. Salió corriendo de la habitación, descalza, dejando un rastro de sangre sobre la alfombra blanca.

La lluvia había comenzado a caer, una tormenta violenta que reflejaba la tempestad en su interior. Corrió por el largo camino de entrada de la villa, sin rumbo, solo con la necesidad de escapar, de llegar al hospital.

Las luces de un coche la cegaron. Un Bentley negro se detuvo a su lado. La ventanilla del pasajero bajó.

Era Alejandro.

"Sube", dijo, con una urgencia tranquila en su voz.

Sofía no lo dudó. Entró en el coche, empapando el lujoso cuero con agua de lluvia y sangre.

"Al hospital de Málaga. Rápido", sollozó.

Alejandro no hizo preguntas. Pisó el acelerador y el coche se deslizó en la noche. Durante el trayecto, le ofreció un pañuelo de seda para secarse y una botella de agua. Cuando llegaron a la entrada de urgencias, se giró hacia ella.

"No dejes que nadie te diga lo que vales", dijo, y le puso algo pequeño y duro en la mano. "Tú mereces una elección mejor".

Sofía abrió la mano. Era una púa de guitarra, hecha de un material oscuro y pulido, con un nombre grabado: "Alejandro".

Salió corriendo hacia el hospital. Pero ya era demasiado tarde. Su madre había muerto en la mesa de operaciones. La habían traído después de un terrible accidente de coche en la carretera de camino a Málaga. Iba a verla. Iba a suplicarle que dejara a Mateo.

Sofía se derrumbó en el suelo del pasillo, sola, con una púa de guitarra en la mano y el corazón hecho pedazos.

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