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Portada de la novela Borré Mi Vida Por Su Engaño

Borré Mi Vida Por Su Engaño

Franco, un poderoso magnate, sostenía una farsa romántica conmigo mientras me engañaba con Rubí Amaya. Al descubrir su traición y el embarazo de su amante, mi devoción se tornó en absoluta indiferencia. Sin confrontaciones, liquidé sus lujos y eliminé mi huella digital para esfumarme de su vida. Como despedida en nuestro aniversario, le entregué el divorcio y huí a Oaxaca para reiniciar mi camino. Ahora soy un fantasma que él nunca podrá alcanzar.
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Capítulo 3

Victoria POV:

Mi mano se apretó contra mi pecho, tratando desesperadamente de contener el dolor que me desgarraba. Cada respiración era una lucha. El aire era denso, pesado, como si el propio universo quisiera aplastarme.

"¿Victoria? ¿Estás bien?" La voz de Franco era un murmullo distante, lleno de una falsa preocupación. Se inclinó hacia mí, sus ojos se abrieron con lo que parecía ser una genuina alarma. Por un instante, casi creí que le importaba. Que se desviviría por mí.

"Solo... un calambre," logré balbucear, tratando de mantener la compostura. No le daría el gusto de verme rota. No ahora.

Él inmediatamente comenzó a masajear mi pierna, su toque irritante. "¿Estás segura, mi amor? ¿No es otra cosa? ¿Te sientes débil? Deberíamos ir a casa de inmediato."

Su insistencia era asfixiante. "Estoy bien," repetí, apartando su mano. "Solo necesito un poco de aire."

Él frunció el ceño, pero accedió. "Está bien. Te llevaré a casa. Necesitas descansar."

El viaje de regreso fue un tormento. Franco parloteaba sin parar, contando chistes tontos, tratando de aligerar el ambiente. Yo me recosté contra la ventana, mi mirada perdida en el paisaje que pasaba, mi rostro una máscara de indiferencia.

"¿Hice algo para molestarte, mi amor?" preguntó, su voz teñida de una falsa inocencia. Me volví hacia él, mis ojos vacíos.

"No, Franco," respondí, mi voz monótona. "Solo estaba pensando en una telenovela que vi. Era sobre un hombre que... bueno, que se enamora de otra persona."

Lo miré directamente. "Si alguna vez dejaras de amarme, ¿qué harías?"

Él no me dejó terminar. "¡Victoria! ¡Ni se te ocurra decir eso!" Su voz era casi un grito. "¡Sabes que te amo! ¡Eres el amor de mi vida! ¡No puedo vivir sin ti!"

Sentí una punzada de dolor. Las palabras que una vez significaron el mundo para mí ahora sonaban huecas, vacías. En ese momento, su teléfono vibró. Una melodía alegre que no reconocí. Franco dudó, su mirada furtiva.

"Contesta," le indiqué, mi voz un susurro.

Él respondió, su rostro pasando de la calma a la tensión en cuestión de segundos. Habló en voz baja, con prisa. Cuando colgó, su expresión era grave.

"Problemas en la oficina, mi amor," dijo, con una excusa tan vieja como el matrimonio. "Necesito ir. ¿Quieres que llame a un taxi para que te lleve a casa?"

Sentí la rabia burbujear en mi interior. Ni siquiera se molestaría en dejarme. Solo un taxi.

Asentí en silencio. Él me besó rápidamente en la mejilla y salió del coche. "Te veo en casa," dijo, antes de acelerar.

"Siga a ese coche," le dije al taxista, mi voz fría y firme. Él me miró por el espejo retrovisor, sorprendido, pero no dijo nada. Obedeció.

El coche de Franco se detuvo frente a un pequeño apartamento en un barrio discreto. Sentí mi corazón martillar en mi pecho. ¿Es aquí?

Una joven, Rubí, salió corriendo del edificio. En cuanto vio a Franco, se le abalanzó, sus brazos alrededor de su cuello. Sus labios se encontraron en un beso apasionado. Un beso largo, íntimo.

"Mi amor, te extrañé tanto," dijo ella, su voz aguda. "Pensé que no vendrías."

Franco la abrazó con fuerza. "Nunca te dejaría plantada, mi Rubí. Solo necesitaba un buen pretexto."

Él la levantó en brazos, sus manos acariciando sus muslos. Ella se rió, su cuerpo se retorcía contra el suyo. "Vamos adentro, entonces. Tengo una sorpresa para ti."

"No puedo esperar," dijo él, su voz llena de deseo.

Se metieron en el coche. El vehículo empezó a balancearse salvajemente. Gemidos. Risas.

Me quedé sentada en el taxi, observando. El mundo exterior se distorsionó. Todo lo que Franco me había prometido, cada muestra de afecto, cada palabra de amor, se convirtió en una cruel burla.

Recordé la noche de nuestra boda. "Eres el único hombre que he amado, Franco," le había dicho, mis ojos llenos de lágrimas de felicidad. "Por favor, nunca me hagas dudar de ti."

"Nunca, mi Victoria. Jamás," había respondido, su voz llena de una pasión que ahora sabía que era falsa.

El taxista, un hombre mayor con ojos cansados, me miró por el espejo. "Señora, no vale la pena. Los hombres son así. Hay que aguantar."

"No," respondí, mi voz sorprendentemente firme. "No hay nada que aguantar. No hay perdón."

Al llegar a casa, saqué todas las joyas, los vestidos, los bolsos, los regalos que Franco me había dado. Eran montañas de lujo, símbolo de una jaula dorada.

Llamé a una casa de empeño de lujo. "Quiero venderlo todo," les dije. "Cada diamante, cada piel, cada obra de arte."

Con el dinero en mi cuenta, hice una única transferencia. A la Red Nacional de Refugios para Mujeres. Que al menos mi dolor sirviera para ayudar a otras.

Empecé a empacar. Una maleta pequeña. Solo lo esencial.

De repente, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Franco estaba allí, empapado, con el rostro descompuesto.

"¡Victoria!" gritó, su voz llena de una rabia que no era para mí, sino para el mundo que se le venía encima. "¡¿Por qué vendiste el collar?! ¡¿La Victoria?!"

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