Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela Arder en libertad

Arder en libertad

Jessica Giovanna Blosson vive una crisis profunda tras una traición que desmorona su realidad. Rodeada de violencia y amenazas constantes, debe sobrevivir a un entorno despiadado mientras experimenta un despertar feminista. En su camino hacia la identidad y la autonomía, descubre un amor genuino que le permite sanar. Esta es una historia de crecimiento personal donde la protagonista arriesga todo para escapar de la hostilidad y alcanzar su libertad.
Capítulos
Compartir

Capítulo 2

—Los ángeles lo llaman placer divino, los demonios sufrimiento infernal y los humanos Amor. —La voz dulcificada de mi amiga al citar aquellas palabras me hizo sonreír. Me senté frente a ella, ubicándome como ambas estábamos hace minutos. Ella como yo debía estar leyendo algún libro de su clase, pero en cambio tenía en sus manos uno de sus favoritos románticos que guardaba en mi biblioteca. —¡Había olvidado como comenzaba este libro! —Mintió. Ella al mirarme sonrió con inocencia haciéndome reír.

Tatiana es preciosa, en ella todos sus sentimientos afloran con intensidad, incluso aquellas cualidades que la hacen tan característica, tan loca, arriesgada y divertida.

—Estoy segura que dijiste que tenías un examen. ¿Crees que la aprobarás? —Le pregunté, divertida.

—¿Crees que me vuelva a enamorar? ¿Es decir, de alguien bueno y que además me corresponda?

Aparté los libros de una vez para prestarle atención. Ella no suele hacerse problemas por sus desastres amorosos.

—¿Qué sucede Tati? —Inquirí.

—Estoy cansada de… “los tipos malos” —Sonrió un poco. —La verdad quiero enamorarme. Y que me respeten y me amen y ser… no lo sé, prioridad para alguien.

—Tati eres preciosa, en todo sentido, alguien sabrá amarte como mereces. —Le dije, viendo como ella miraba sus uñas, insegura. —¿Qué pasa con el tipo que sales?

—No es nada importante, como siempre. —Inspiró aire, no realmente decepcionada. Ella no involucra lo sentimental cuando trata con personas que no suman realmente a su vida. Separa las cosas. Diversión, pasatiempo y amor; Asuntos separados. —Al igual que tú. —

—¿Disculpa? —Le di un golpecito en la pierna de reproche. —¿Crees que años dentro de una relación no significa nada? William es importante para mí. ¡Son dos años de relación hasta ahora! —

—Hasta ahora… —Masculló. La miré mal. —¿Lo amas? —Inquirió.

Me levanté a abrir las cortinas para que la luz de afuera entrara a mi habitación.

—¡Por supuesto que lo amo! —Exclamé al voltear.

—¡Tardaste una eternidad en responderme! —Me arrojó un cojín de la cama al cual esquivé muy mal. —¡Ni siquiera me miraste a los ojos! —Ella tomó de mi mano y me devolvió a la cama. —Igual, ya lo sabía, pero es hora de que lo sepas tú. —Negué, en desacuerdo. —Dos años si, pero eso no significa nada. Cariño siento que fueron una pérdida de tiempo.

—Yo si lo quiero Tati. Y mucho.

—Pero no lo amas. —Ella se limitó a no emitir más palabras. Me miró insegura. —Hablando de chicos nefastos, William está llamándote. —

—¿Por qué no lo quieres nada? Él si te aprecia. —

—El mundo entero me aprecia, bebé. Pero él tiene muchas razones para no ser apreciado por el mundo entero. Tu sabes bien cuales.

Dejé de oírla para tomar mi celular que estaba en la cama.

—Quiere que esta noche salgamos. —Le comenté, debatiendo si responderle o no.

—Pero estas conmigo. —Replicó a punto de enfadarse.

—Lo sé, no te preocupes. ¿Te quedas a dormir? —Deslicé el botón a finalizar llamada. Ella besó mi mejilla ruidosamente en agradecimiento. —A ti no te cambio por nada. Lo sabes.

Ella sonrió con orgullo haciéndome reír.

—¿Sabes que más creo?

—¿Uhm?

—Que hay una persona que te hace dudar incluso de tu propia coherencia. Te hace reír de tonterías y de pronto te brillan los ojos. Y oh, casualidad. No se llama William.

—Tonterías. —Resoplé, odiando que lo mencionara.

El día de estudio desapareció y se transformó en un día más de películas y chismes. Ella dijo que la universidad podía esperar, y por mi lado, ciencias no era importante.

Mamá horas más tarde tocó la puerta brevemente antes de pasar.

—¿Bajarán a cenar? Tu padre y Pierce están abajo.

—Por supuesto. Tengo mucha hambre. —Respondió rápidamente mi amiga, antes de que me opusiera. Evité hacer alguna mueca.

—Estaba pensando que podríamos cenar aquí. —Sugerí. Ella sonrió con burla.

—Como quieran. Pero si bajas vístete. —Ella se fue, cerrando la puerta tras ella.

—Estás vestida. —Replicó mi amiga por lo bajo.

Me puse de pie para cambiar mi atuendo de casa por otro pantalón corto, pero no tan corto.

Cuando estuvimos listas me miré un instante en el espejo antes de bajar con mi amiga a mi lado.

Bajamos riendo sin poder evitarlo, no quería aceptarlo cuando de Pierce se trataba, pero las ocurrencias de mi amiga referidas a él me hacían reír nerviosa.

Cuando llegamos a la mesa Tati saludó feliz. Ambas tomamos nuestros lugares. Harry terminó de hablar por teléfono y nos sonrió como saludo. La noté dulce y genuina. Tati me pellizcó y tuve que disimular el dolor y el querer arrojarla de la silla.

—¿Cómo estuvo ese día de estudio? —Preguntó papá animado.

—Uff…. —Emití, limpiando sudor invisible de mi frente.

—Hasta me duele la cabeza. —Suspiró mi amiga con exageración. Pierce soltó una risita, negando.

Pierce se vio involucrado con esta familia cuando papá lo ayudó a ingresar como residente a nuestro Hospital, convirtiéndolo en un doctor increíble, según sus palabras. Ascendió tanto incluso por sus propios méritos que hasta ahora es integrante del directorio. Él lo preparó y lo alistó y desde entonces entró a esta casa como un hijo más, debido a que papá conoció a un chico increíble que aprendió a apreciar más allá de la profesión.

Suele venir a casa seguido, pero aún no me acostumbro. Los fines de semana, exactamente los viernes cenamos todos juntos.

Y lo que me molesta y me impresiona de él. De Harry Edward Pierce, es su facilidad para envolverme en él, sin siquiera esforzarse realmente.

Papá daba vueltas por la sala, con papeles en mano, su teléfono y hablando con mamá de asuntos sin resolver al final del día. Lucía cansado y algo estresado, pero en minutos su actitud cambiaría para nosotros. Finalmente él besó mi frente antes de sentarse en la punta de la mesa, a un lado Harry y del otro yo.

—¿Comeremos o qué? ¡Estoy hambrienta! —Mi pequeña hermana Lou entró a la sala, exhausta de jugar tanto. Ella fue a abrazar a Harry quien reía por su enojo y la ausencia de comida en la mesa. —¡Es la segunda vez que pido comida! —Se quejó dejándose caer en la silla.

—Ya casi está lista, espera un poquito más. —Le dijo Harry, riendo. Besó su mejilla con cariño. Lou sonrió con fascinación arrojándose a sus brazos dramatizando un enamoramiento que era evidente para todos. Pierce reía.

—¿Quieren que encarguemos una pizza? —Preguntó mamá, volviendo de la cocina sin nada en las manos. No nos sorprendió, detesta cocinar y en consecuencia no lo hace bien.

Sonreí escuchando a papá reír con verdadera gracia.

—¿Tan mal salió esta vez? —Comenté burlona.

—Muchacha insolente, ve y encarga pizzas. Iré a tirar todo eso. —Me regañó mamá desaprobando nuestras burlas.

Papá aun riendo me guiñó un ojo.

Cuando las pizzas llegaron papá metió el trabajo en la conversación, y aunque solía ser frustrante para mí, me encantaba la forma en la que Pierce lo hacía de pronto sonar interesante. Aun así, con Tati procuramos hacer evidente nuestro aburrimiento y pareció funcionar porque enseguida Harry cambió el rubro del tema y comenzó a contarnos algunas anécdotas que nos hicieron reír. Harry tenía una increíble forma de hacer que mi familia dejara un poco su estructura seria y correcta y puedan reírse un momento de cosas triviales como estas. Solo por eso me gustaba su presencia.

Mi amiga estaba texteándome bajo la mesa haciéndome reír, me decía todas sus ocurrencias y todo lo que quisiera decir porque sabía que mis padres no estaban listos para oírla.

—¿Con quién hablas? —Preguntó divertida Lou. Llevé el vaso con agua a mi boca intentando pensar en alguien.

—Con William, ¿no es obvio? —Mi amiga esbozó una mueca de asco haciéndola reír.

—Deberías invitarlo más seguido. —Sugirió papá.

—Es cierto, parece que lo ocultas de nosotros. Creerá que no lo queremos. —Añadió mamá.

Esbocé una pequeña sonrisa sin saber qué responder.

—¿Ya terminaron de comer? Limpiaré la mesa y la vajilla. —Porque en esta casa se come pizza con platos y utensilios. Mi amiga se rio entre dientes uniéndoseme para ayudarme.

—El próximo viernes puedes decirle que venga a cenar con nosotros de nuevo. Y mándale saludos. —

—Los viernes son del Doctor Pierce, no es necesario. —Respondí juntando los platos de todos, sin mirar a quien mencioné.

—A Harry no le molesta ¿verdad? —Mi padre sonrió mirando al castaño y éste solo negó mirándome. Mordí mi labio brevemente antes de soltarlo para hablar, pero a la vez tomé una gran inhalación por mi boca.

—Ah cierto. ¡Qué tonta! —Actué de manera exagerada. —William tiene planes para el próximo viernes. Y los otros próximos cinco. —Añadí, pero todos rieron abiertamente de mí.

Tomé todas las cosas de la mesa y me encaminé hacia la cocina sola. Mi amiga me abandonó por estar riéndose junto a ellos. Cuando quiso venir tras mío, mamá la detuvo para hablarle, seguro de mi relación con William.

Dejé reposando toda la vajilla en la isla de la cocina. Luego de un momento refunfuñé por tener que hacerlo sola.

—Me ofrecí a ayudarte. —La voz de Harry a mis espaldas me provocó un leve escalofrío que me hizo sonreír, pero rápidamente fruncí el ceño. Mordí mi labio y dejé las cosas dentro del lavavajillas.

—No te hubieras molestado. —Le respondí cuando me di la vuelta para mirarlo. Él me sonrió. —Haré funcionar el lavavajillas.

—Si no lo hago tus padres pensarán que soy un maleducado.

—Mis padres te protegen para que no muevas un dedo de más Pierce. Y aunque lo pensaran no te dejarían de querer como lo hacen. Sino mírame. Soy esclava aquí. —Exageré. Él rio divertido mientras me veía poner toda la vajilla dentro de aquella máquina. —Eres parte de la familia. —Le dije y ésta vez fui más dulce que la vez anterior.

—Es bonito saliendo de ti…—Murmuró. Intenté encender el artefacto. —Y Jessica, no necesitas seguir llamándome así, con un simple Harry basta. —Añadió a los segundos.

—Así te presentaste la primera vez. Doctor Pierce. —Le dije a regañadientes, molesta con el aparato que se oponía a cooperar.

—¿Cuánto tiempo pasó de eso Jessica? —

—Mucho. —Mascullé. Algunos años. —¡Funciona-de-una-vez! —Golpeé el lavavajillas y ésta vez de un sacudón comenzó a lavar.

—¿Qué miras? —Presioné mis labios.

—A ti. —Susurró y luego sonrió divertido. —Mira. —Me señaló la pila de vajilla sucia que él había traído.

Solté una exclamación de indignación.

—Debías habérmelo dicho. —Apagué el lavavajillas, furiosa. —Lo lavaré mañana. —Me rendí arrojando un paño húmedo sobre la mesa. —Iré a dormir. —Porque de pronto, aunque me sentía bien estando con él, lo que pasaba dentro de mi cabeza y mi estómago me hacía sentir incomoda.

—Lavemos juntos y no tendrás trabajo mañana. —Propuso, con una sonrisa que me convenció al instante, pero pronto cambié de opinión. —O lavo yo y tú haces el apoyo moral.

—No creo que sea conveniente... —Decliné al instante.

Harry dio dos pasos hacia mí y en segundos sentí que me faltaba el aire. Había distancia entre nosotros, él no me invadiría jamás, pero si algo le encantaba a él es cuando yo misma me ponía nerviosa, por él.

—¿Qué cosa no sería conveniente? —Murmuró, sacando suavemente su lengua de su boca para humedecer su labio. Respiré profundo. —No pedí nada que no pudiéramos hacer, Jessica. —Sonrió con descaro.

Las palabras quedaron atascadas en mi garganta. Él jamás había insinuado nada, pero algo tan básico como quedarme un momento con él me parecía una mala idea.

—Qué bonita camisa. —Solté finalmente. ¿De verdad eso había salido de mí?

Él soltó una risa breve. Sus ojos bajaron solo un instante hacia su camisa, y luego regresó a mí, con una profundidad en su mirada que la sentí estrujarme el alma.

—Jessica mi camisa no está en mis labios. —Su voz salió cargada de seducción. Miró a mis espaldas antes de acercarse un poco más a mí. Sentí calor. Sentí que apartarme era malo, pero quedarme ahí donde estaba, podría ser mucho peor.

Mi mente me dijo al instante que me moviera, pero mi corazón golpeando mi pecho con violencia me mantuvo allí, sin siquiera poder quitarle los ojos de encima porque sentí que de pronto me sentía bien. Que mirar sus ojos me hacían sumergirme en un mundo que deseaba demasiado explorar con más libertad. Y su boca, sus labios parecían que podrían acariciarte si él lograra de verdad amarte. ¿podía él amar?

Puse mi mano en su hombro para saber que era real y al sentirlo, en cuestión de segundos lo aparté, porque de otra forma mis pies no parecían tener la intención de moverse lejos, sin embargo, no hice siquiera fuerza realmente, fue el quien tomó distancia. Incluso lo hico con elegancia y notas de gusto.

—¿Te diviertes no? —Me atreví a decirle, volviendo a la realidad. Él sonrió divertido y asintió, pero al instante su sonrisa burlona se volvió genuina.

—Sí, y tu igual. —Subió su mano, y con el dorso de ella su dedo se deslizó por mi mejilla con dulzura. Mi corazón latió con fuerzas. —No dejes que ningún tipo te seduzca de esta manera. —Su mirada se volvió más intensa. —Soy mayor que tú. Nada de un tipo como yo podría acabar bien para ti.

Sentí que el aire se me escapaba de mis pulmones, pero no quise que fuera visible para él y supiera, ni siquiera notara, qué me sucedía en el cuerpo por él. Fruncí el ceño mirándolo con firmeza.

—¿Por qué lo estás haciendo tú entonces? —Enfrenté.

—Porque yo no te lastimaría. —Me dijo, apartándose más. —No dejaría que esto pasara más lejos que… un juego.

—Tampoco lo permitiría Pierce. —Solté segura, atacándolo para defenderme, pero sintiéndome de pronto mal, sin embargo, una vez más me encargué de ocultarlo bien.

—Bien entonces. —Sonrió de nuevo.

—Bien. —

—Bien. —Soltó una risa que terminó por hacerme sonreír.

—¿Por qué tardas tant…o? —Mi amiga apareció y al mirarnos soltó un respingo. —No tenía idea que estabas aquí Doctor Pierce. —Seguro estaba maldiciéndose a sí misma.

—Harry. —Corrigió. —Debo volver con Christian. —Suspiró exageradamente mirándome como si realmente no quisiera. Tati presionó sus labios divertida. —Ya que no supieron aprovecharme tendrán que lavar la vajilla ustedes. —Añadió esta vez llevando su mirada a Tati. No tuve tiempo a objetar ni responder con poderío, porque sus labios abrieron paso a su lengua y ésta humedeció su labio inferior. Sonrió y se fue.

—Lo hizo apropósito. —Susurré una vez solas.

—¡Si y tu caíste! ¡¿Qué fue eso?! —Preguntó ella riendo mirando por donde se había ido Harry. —¿Lo besaste?

—¡Como voy a besarlo! —Exclamé en un susurro regañándola. Ella soltó una carcajada.

—¿Y por qué estás así?

—¿Así como? —Mascullé. Ella resopló.

También te puede gustar

Portada de la novela Amor Después de la Tormenta
8.5
Las cenizas de mi abuela estaban esparcidas por el lodo. La urna rota. El lugar profanado. La lluvia fría lavaba mi rabia, pero no la apagaba. Sabía quién lo había ordenado: Damián. Él solo quería controlarme, usar a los muertos para manipular a los vivos. Mi teléfono vibró con su nombre. "¿Ya lo viste, León?" Mateo, su hombre de confianza, sonaba tenso. Apenas pude susurrar: "¿Por qué, Mateo? ¿Por qué mi abuela?" Él respondió: "Damián dice que tienes que volver." Me reí, una risa horrible. "¿Y así me lo pide?" Me amenazó: si no volvía "por las buenas" , mi abuela nunca tendría un entierro digno. Tuve que aceptarlo. Subí al auto negro que me envió su abogado. Mi regreso, sin embargo, llegó demasiado tarde. En el coche, una enfermera me dio la noticia: "Tu abuela… no lo logró." Damián estaba esperándome, impaciente. Le dije con la voz hueca: "Mi abuela… acaba de morir." Su respuesta me heló la sangre: "Era de esperarse. Si te hubieras portado bien, habrías estado con ella." La furia me cegó. Lo encaré, gritándole que él me había chantajeado. Me arrastró a la casa, me encerró en mi habitación. Entonces, Isabela, su amante, apareció, vestida de blanco. "Pobre Leoncito," dijo con voz empalagosa. "Damián dice que te mantuvo cerca porque tus ojos se parecen a los míos. Eres mi copia barata." Luego añadió: "Y lo de tu abuela… Damián dice que es una bendición. Ahora puedes concentrarte en él. O bueno, en nosotros." Enloquecí. Me lancé sobre ella. Damián entró furioso, me arrojó contra la pared. "¡No te atrevas a tocarla!" rugió, antes de golpearme brutalmente. Me dejó allí, sangrando, mientras consolaba a Isabela. Desperté golpeado, solo. Damián me obligó a acompañarlo a una gala, a fingir que todo estaba bien. Allí, vi a Isabela con la pulsera de turquesas de mi abuela. Fue la gota que derramó el vaso. Me desplomé, avergonzado y humillado. Cuando volví en mí, fui a donde Isabela dormía y vi la pulsera en su mesita de noche. Traté de recuperarla, pero Damián apareció. Me arrebató la pulsera. "¡Ya no tienes nada, León! Todo lo que eres, me pertenece." Me arrastró hasta el balcón sobre el acantilado. Lanzó la pulsera al abismo. "¡Te la daré, entonces!" Sin pensarlo, salté. El impacto fue brutal. Lo último que vi fue a Damián volviéndose hacia Isabela, la puerta del balcón cerrándose. Me había abandonado a morir. Pero no morí. Fui hallado por Ángel, un guardián de las tierras de mi abuela, y por su joven primo, Javier. Ellos me salvaron, me cuidaron, y juntos forjamos una nueva verdad. Con la ayuda de Javier, engañamos a Damián para que creyera que yo estaba muerto. Pusieron la llave del apartamento de mi abuela en un cuerpo no identificado, y Damián lo creyó. Él empezó su propio infierno. Su mundo se derrumbó. Comenzó a obsesionarse con la idea de que yo estaba vivo. Isabela, por su parte, empezó a enfermar, a consumirse misteriosamente. Un día, Mateo le reveló a Damián la verdad sobre Isabela: ella profanó la tumba de mi abuela, ella me provocó. Damián se dio cuenta de su ceguera, de su crueldad. Un año después, él me encontró. En el bosque, ante las flores de luna que señalaban mi presencia. Vino a pedir perdón, a implorar mi regreso. Pero ya era tarde. "No, no has cambiado," le dije. "Solo te quedaste sin juguetes y viniste a buscar el que rompiste." Cuando le dije que se fuera para siempre, Damián se arrodilló, destrozado. Pero la costumbre tiró más fuerte. Cuando Mateo lo llamó, diciéndole que Isabela estaba muriendo, Damián se marchó. Le di un frasco para Isabela. "No la curará," le dije, "pero detendrá la enfermedad. Su sufrimiento te mantiene atado a ella. Mi paz lo merece." Cerré la puerta. Esta vez, para siempre. Damián se fue. Intentó buscarme, enviarme regalos que siempre eran devueltos. Su imperio se desmoronó. Cinco años después, murió, solo, ahogado en su propio arrepentimiento. Yo construí una nueva vida con Ángel y Javier. Nos casamos, tuvimos una hija, Luna. Un día, Luna preguntó sobre una foto mía de joven que encontré en un viejo anuncio de "persona desaparecida" de Damián. "Nadie importante, mi amor," le dije. "Solo un viejo fantasma." El pasado estaba enterrado. El futuro, finalmente, era mío.
Portada de la novela Antes de los 20
8.8
Lucero Bach, heredera de un imperio forjado entre tragedias, se integra al exclusivo grupo de los hijos del poder. Junto a los misteriosos hermanos Zabet y Ángel, el futuro líder de la mafia rusa Neri Neizan y Tiago Anderson, hijo de un capo del narco, enfrentan un entorno de fortunas y secretos. Antes de cumplir veinte años, estos jóvenes desafían traiciones y el peso de sus apellidos en una carrera por la felicidad. ¿Podrá el amor sobrevivir a su oscuro destino?
Portada de la novela Cuando Nace El Amor
9.3
La vida de Charlotte se desmorona cuando su exnovio la traiciona, entregándola a Oliver, un hombre implacable y oscuro. Tras una noche fatídica que los une por el destino, ella intenta escapar desesperadamente, pero él logra capturarla y mantenerla bajo su control. Aunque Oliver inició este vínculo como un cruel juego de seducción, termina desarrollando una adicción absoluta por ella, naciendo así una insaciable necesidad de obtener su amor.
Portada de la novela Esposa desechada: La heredera multimillonaria secreta
9.6
Después de tres años de sacrificio, mi esposo Evertt me pide el divorcio en mi cumpleaños para estar con su amante. Me ofrece dinero con desprecio, convencido de que soy una mujer pobre e interesada. Él desconoce mi verdadera identidad como heredera. Tras romper su cheque y firmar con mi nombre real, el poderoso imperio Stafford acude en mi búsqueda. Se acabó la sumisión: regreso a mi familia para reclamar mi lugar y castigar a quien se atrevió a humillarme.
Portada de la novela Guerra de princesas
8.7
La muerte del rey sume a Andaluz en el caos. Sin un heredero varón, sus siete hijas se enfrentan por el trono en un entorno legal hostil hacia las mujeres. En esta lucha de poder, la ambición rompe los vínculos de sangre, desatando una red de traiciones y conspiraciones constantes. Darah asume el reto de navegar este conflicto mortal, buscando restaurar la estabilidad y evitar que la rivalidad entre hermanas culmine en una tragedia total para el reino.
Portada de la novela Su novia pueblerina resultó ser legendaria
8.7
Fernanda vuelve con su familia cargando el estigma de ser una campesina violenta, ignorando con frialdad los desprecios ajenos. Sin embargo, su paciencia se agota cuando surgen rumores que tildan a su pareja, Cristian, de haber enloquecido por su amor. Decidida a defenderlo de las calumnias, Fernanda revela su verdadera identidad: una polifacética leyenda que destaca como diseñadora, magnate y artista, dejando atrás la farsa de su origen humilde.