Portada de la novela Arder en libertad

Arder en libertad

9.4 / 10.0
Jessica Giovanna Blosson vive una crisis profunda tras una traición que desmorona su realidad. Rodeada de violencia y amenazas constantes, debe sobrevivir a un entorno despiadado mientras experimenta un despertar feminista. En su camino hacia la identidad y la autonomía, descubre un amor genuino que le permite sanar. Esta es una historia de crecimiento personal donde la protagonista arriesga todo para escapar de la hostilidad y alcanzar su libertad.

Arder en libertad Capítulo 1

"Besar su piel me sabía a vida, en sus manos alcanzar el cielo y encontrar libertad."

—Desde que eres su novio, William, Jessica está mucho más centrada, sus calificaciones en el instituto, su comportamiento, la desobediencia. —Hablaba mamá, sonriendo complacida al chico a mi lado.

—Bueno, en ese caso, ambos cambiamos mucho. —Procuró decir él, dándome una miradita divertida. Luego asintió para mamá. —También creo que cambió, lo noto.

—¿En qué? —Inquirí, enfrentándolo con la mirada. Él soltó una risa junto a los demás.

—El respeto. —Acotó mamá. —Jessica comenzó a respetar a los mayores. ¿Cómo es contigo? —Continuó ella. Y por respeto se refería a guardar silencio y obedecer.

—Soy su novio, debe respetarme. —Me dijo, su tono fue áspero, pero procuró sonreír y reír junto a mi familia, como si fuera un chiste más. —Como a los demás claro.

Aparté la mirada y continué comiendo, intentando mantener mis energías altas, conservando la sonrisa, procurando para mí misma que todo estaba bien. Mi novio estaba aquí, en un almuerzo familiar, y mi familia lo amaba, ¿por qué me sentía de esta forma?

Noté que el hombre frente a mí me observaba crítico, haciéndome inspirar profundo. Odiaba cuando hacía eso.

Observé irritada sus ojos verdes y la intensidad de ella, observé sus facciones, su cabello, observé su cuerpo, los músculos de sus brazos presionando la tela de su camisa. Aparté la mirada, más molesta aún. Recordé sus veinticinco años y tragué saliva. Odiaba que estuviera aquí, es decir, no entendía por qué estaba aquí, no era de la familia. Pierce no era familia y aun así estaba aquí mirando con critica a mi novio.

Papá a su lado le dijo algo y ambos rieron.

—Dime, William ¿Cómo te va en la universidad? —Le preguntó Papá. Pierce, su amigo casi treinta años menor que él deslizó la mirada a William y cuando noté que luego de unos segundos la regresó a mí fingí sonreír mucho, feliz de esta situación.

—De hecho, muy bien, estuve avanzando en las clases de estadística con mayor éxito, me siento muy bien de hecho, con los estudios, el trabajo, Jessica.... —Él me sonrió, besando mi mejilla. Sonreí complacida. —¿Y usted?

—Bueno, en el Hospital todo va bárbaro, no puedo quejarme, tenemos salud, amor, familia, estabilidad económica, amigos. —Palmeó el hombro de Pierce quien sonrió. Su sonrisa era preciosa, tan genuina y encantadora. Pronto al percatarme que sonreía también la borré inmediatamente, Pierce lo notó, y aquella sonrisa angelical se cargó de diversión. También la conocía bien.

—Bueno ¿Quién quiere postre? —Pregunté, poniéndome de pie con mamá para levantar las cosas de la mesa.

—¿Horneaste algo? —Me preguntó William, sonriendo emocionado. Solté una risa.

—Claro que no, como crees. Compramos helado. —Pierce soltó una risa que me hizo sonreír. William sonrió divertido.

Mamá tomó la mitad de las cosas y yo la otra parte. Papá comenzó a hablar con Pierce de trabajo así que quise huir lo más pronto posible, pero cuando estuve por irme, William me tomó del brazo, deteniéndome. Lo miré.

—¿Me traes agua por favor?

—Ahí hay. —Le indiqué, señalándole la que había en la mesa.

—Fría por favor.

—De acuerdo. —Asentí. Me soltó y me fui.

—¿Por qué debemos limpiar nosotras? Somos cinco. —Me quejé con mamá a penas entramos a la cocina. Mamá me miró como si fuera tonta.

Pierce apareció riendo y hablando con los dos hombres de allí en la sala, pero en sus manos tenía algunas cosas que habíamos dejado en la mesa.

—Harry, no te hubieras molestado. —Le sonrió mamá.

—No es molestia. ¿En qué puedo ayudarlas? —Preguntó, mirándome con una sonrisa compradora, preciosa para ser honesta. Aparté la mirada.

—En nada, ve a la mesa, enseguida llevamos el postre. —Respondió ella, negando.

—¡Hay mucho que hacer, Doctor Pierce! Ven y ayuda a limpiar. —Le indiqué, señalándole los platos sucios. Mamá me miró horrorizada.

—¡Qué son esos modales!

—Lourdes, mis modales me impiden volver a la mesa sin hacer mi parte del trabajo.

Presioné mis labios para no reír.

—Está bien, podemos… Tú ayuda aquí, yo limpiaré y alistaré todo allá. ¿Te parece? —Le preguntó ella.

—Bárbaro. —Sonrió.

—Allí hay un delantal. —Le indicó. Pierce al verlo sonrió, asintiendo. Cuando ella se fue él lo tomó y se lo colocó. Intentó atarlo, pero no pudo, así que a regañadientes lo ayudé, al instante me pareció ridículo que no haya podido solo. Al ver su mirada con pizcas de diversión y gusto, supe que lo había fingido.

—Tu lavas, yo seco. —Ordené. Pierce asintió con una sonrisa. —¿Qué te parece tan divertido?

—Nada. —Su acento británico me hizo presionar los labios. —Tu novio es muy… cálido. —Comentó, mientras lavaba. Lo miré con desprecio.

—Al igual que la tuya. —Él soltó una carcajada que casi me hizo reír.

—No tengo novia, Jessica.

—Oh, eso fue un récord. —De nuevo comenzó a reír.

Procuramos quedarnos en silencio y eso no me molestó. No me gustaba nada hablarle porque me sacaba unas cuantas verdades en segundos, me robaba risas cuando no quería y me hacía sentir algo raro en el estómago. No me gustaba estar con él en lo absoluto. De hecho, no le estaría hablando si él no estuviera atacándome.

—Te ves muy feliz allí afuera. —Me dijo entonces, dándome una miradita. Fingí una sonrisa, luego entendí que era sarcasmo.

—¿Puedes apresurarte? Debemos... Mierda, el agua. —Tomé agua fría del freezer y serví en un vaso que acababa él de lavar. Sequé su alrededor y fui con William.

Mi novio me sonrió, agradeciéndome.

Al volver con Pierce él estaba terminando de lavar todo. Secó sus manos y volteó a mí. Intentó decir algo, pero terminó presionando los labios, y bajando la mirada.

—Buen trabajo, puedes volver a la mesa. Ya te serviré helado.

—No necesito que me sirvas, Jessica. —La forma brusca en que me lo dijo me dejó helada, por su tono duro, seguro y serio, pero sin una pizca de maldad, y me hizo dar cuenta qué quiso decirme hace unos instantes.

Aparté la mirada y continué secando los vasos, fingí que lo entendí pero que no me importaba, aunque no fuera así.

—Bueno, y dime. ¿Cómo van esas asquerosas calificaciones disfrazadas por A? —Me preguntó con una sonrisita ubicando en las alacenas lo que yo secaba. Solté una carcajada mirándolo incrédula, aparté la mirada aun riendo.

—Estupendas. —Sonreí. —Mi regla es; no reprobar.

—Es una regla justa. Todos ganan. ¿En qué nota te mantienes?

—D. —Sonreí.

—¿Por qué no subes de ella?

—¿Por qué lo haría? —Le pregunté. Él me señaló sonriente.

—Esa, Blosson, es una excelente pregunta. —

—Tus calificaciones debían ser un grito. —Lo miré, él frunció el ceño sin comprender. Liberé una risita. De pronto soltó una carcajada comenzando a reír entendiendo mi súper chiste. Tomó su estómago riendo tanto que me hizo sonreír aún más. Comencé a reír también, en silencio, negando.

—Pues no, te equivocas. —Me dijo riendo, al componerse. —Mejoraron en la universidad. Tú tienes potencial, educación, eres brillante, inteligente, deberías aprovecharlo. —Me sonrió al darme una miradita.

—¿Qué te hace creer que tengo todo eso? —Le pregunté, confundida, y él, me miró confundido también.

—Porque te escucho siempre, Jessica. Deberías confiar más en ti misma. —

Nunca me habían dicho en tenía potencial ni nada de lo demás, me sentí nerviosa, y con algo de vergüenza.

—Bueno, iré con… mi novio. —

Él asintió.

—Vamos, entonces.

Sentí mis mejillas enrojecerse.

Comimos helado y continuamos con una sobremesa cargada de risas.

Cuando William anunció que debía irse me sentí aliviada de inmediato. Ambos nos pusimos de pie y les dije a todos que lo acompañaría a la puerta.

Allí él me besó y me dijo riendo que debía acostumbrarme alguna vez a tenerlo entre su familia, era cierto, pero me era difícil, y no entendía por qué.

William abrazándome besó mis labios con dulzura.

—Te amo. —Me dijo. Sonreí. William no tenía nada de malo, el no sentirme plena eran problemas míos. Él no tenía la culpa.

—También te amo. —Susurré. Lo besé. La puerta se abrió y al ver a papá nos alejamos.

—Terroncito de azúcar hace frío. —Me indicó con la mano que entrara. Miré el cielo mientras William reía. Había veinte grados más o menos.

Él besó mi frente y se despidió.

Al entrar Harry estaba en el camino, Papá me regañaba con exageración, bromeando en realidad.

—¡¿Puedes creer Harry?! ¡Estaban dándose besos en la puerta! —

No quise ver su rostro ni oír su respuesta, hui a mi habitación.

[…]

Bajé rápidamente en busca de mi teléfono que hace horas había dejado sobre la mesa, pero en cuanto me adentré a la sala la mesa estaba repleta de hombres.

Una reunión del comité del directorio del hospital. ¡¿Por qué diablos no estaban usando la sala de reuniones?! ¿o la sala de reuniones del hospital?

Miré con pánico mi pantalón extremadamente corto y mi blusa. Miré mi teléfono entre los cuerpos enfundados de trajes caros sin ni una arruga, mi atuendo y las escaleras.

Papá al verme y examinarme me lanzó una mirada que me advirtió que desapareciera. Pierce a su lado la notó, me buscó con la mirada y volvió su atención a la reunión, tomando mi celular sobre la mesa.

Corrí escaleras arriba, en pánico.

Odiaba tanto esto.

—¡No debes andar así por la casa! —Me regañó mamá al verme en las escaleras.

—Es mi casa mamá, debería poder.

—¡Pues no puedes! —Me gritó, entrando a su habitación con otros papeles dentro de una gran carpeta.

Oí alguien subir por las escaleras y esperé paciente que papá también me retara, pero no fue así. Era Pierce.

Volví a mirar mis piernas desnudas, maldiciendo, pero él me extendió mi teléfono con calma, sin miradas lascivas ni nada parecido, y lo agradecí demasiado.

—¿Papá está molesto? —

—No mientras no te vea. —Sonrió.

Resoplé.

—No avisó que habría reunión hoy.

—Fue un imprevisto. —Explicó. Asentí, apartando la mirada. —Solo quieren cuidarte, Blosson.

—Si deben cuidarme de los tipos que entran a mi casa, quizás esos tipos no deberían estar en mi casa. —Solté abruptamente. Él me observó unos instantes, con su mirada profunda, como si su mente se hubiera aclarado.

—Tienes razón, Jessica. —Susurró. —Lo siento.

—NO, bueno. —Me miré. —Eres de la “familia”, Pierce. —Fingí una sonrisa.

—No me quieres ni un poquito ¿Cierto?

—Oh, creo que te llaman. —Fingí haber oído algo escaleras abajo. Él soltó una risa realmente divertida.

—De acuerdo, me voy.

—Gracias, por el teléfono. —Lo señalé.

—Gracias a ti por… ser tan amable.

Le guiñé un ojo.

—Es un placer.

Bajo riéndose. Borré de inmediato mi sonrisa al entrar a mi habitación.

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