Follow
Chapters
Share
Por favor, no te enamores Novel Cover

Por favor, no te enamores

Era un acuerdo, frío y sencillo. Ella traía consigo cargas que parecían insuperables; yo estaba rodeado de escombros de una vida que alguna vez fue estable. Su esposo había dejado una herencia de problemas, y mi exesposa había decidido que arruinar mi existencia no era suficiente: quería arrebatarme lo único que realmente importaba, mi hijo. Así que el trato parecía lógico. Un negocio. Solo eso. Ella no tenía afinidad por los niños; yo detestaba los conflictos. Pero cuando todo parecía desmoronarse, el pacto ofrecía una salida. Un papel que firmar, una fachada que mantener. Ninguno saldría perdiendo... al menos, eso pensamos. Pero las cosas comenzaron a cambiar. A ella empezó a agradarle mi pequeño hijo. Y yo, contra todo pronóstico, empecé a encontrar cierto atractivo en los problemas que antes evitaba. "No enamorarse de la esposa falsa". Lo repetía en mi mente como un mantra, un intento desesperado de aferrarme a la razón. Mi subconsciente, siempre alerta, lo gritaba en cada mirada que cruzábamos. "No te enamores". Pero mi corazón tenía otros planes, y la lógica cedió ante la intensidad de lo que comenzaba a sentir. Ahora, el riesgo va más allá de perder a mi hijo, mi reputación, mi puesto como CEO o la credibilidad que tanto me ha costado construir. Ahora, el peligro reside en perderla a ella, en dejar ir a la mujer que nunca debió significar nada, pero que se ha convertido en todo. En medio de la desesperación, mientras la vida que construí se tambalea, tomo una decisión que lo cambiará todo. Porque esta vez no estoy dispuesto a rendirme. — Eres mía, Sofía, y no dejaré que te alejes. No a ti.
Chapters
Share

Chapter 2

Alexander salió de su cuarto, luego de tomar dos analgésicos, para tratar de soportar el día que sabía que no sería agradable, la cabeza le palpitaba, comenzaba a creer que estaba generando algún tipo de migraña crónica o algo por el estilo, inclusive estuvo tentado a acudir a alguna clínica, pero temía que eso le diera algo más de que hablar a Lucrecia, esa maldita mujer que se las ingeniaba día a día en arruinar su vida.

— Te ves terrible. — fue el saludo de su madre, y Alexander la vio mal.

— Gracias, no me había percatado de ello. — rebatió con sarcasmo, tomando su café cargado. — ¿Dónde está Bautista? — consulto luego de tomar su lugar en la mesa y de inmediato su madre arrojó un periódico sobre el plato en el que esperaba que alguna empleada le sirviera el desayuno.

— Decidió escapar de las verdades como siempre, por lo que se fue antes al colegio. — Alexander fijo sus fríos ojos azules en los de su madre, quien no se amedrento.

— ¿Qué le dijiste? — pregunto con dientes apretados, pero Evelyn solo bufo.

— La verdad, alguien se la debe decir, su madre es una perra que arruinara todo por lo que tus abuelos y padre lucharon por tener. — la cabeza de Alexander punzo, estaba seguro de que le daría un derrame cerebral en cualquier momento, más cuando vio el periódico.

— ¿Qué mierda? — murmuro con los ojos a punto de salirse de su lugar y sin poder creer lo que veía.

— Debo reconocer que es una excelente jugada, si no fuera porque al que está destruyendo eres tú, hasta la aplaudo. — Alexander ignoro cada palabra que salía de los labios de su madre, mientras veía las fotografías que el periódico había publicado en primera plana, el CEO de Lumina Entertainment, besándose con un hombre, bajo el título, “La razón del divorcio del CEO”

— Esto es… ¡un puto montaje! — grito con toda la furia que tenía contenida, mientras arrojaba el periódico a un lado y su cabeza martillaba aún más.

— Al parecer todo el mundo ha olvidado que tu exesposa es una experta en foto montaje, así la conociste ¿verdad? en la misma empresa que ella se está encargando de demoler… — las palabras de su madre no ayudaban y solo le quedo por hacer lo mismo que su hijo había hecho un rato antes, huir.

— Me voy a trabajar. — informo poniéndose de pie, no queria escuchar lo mismo de siempre.

— Huye mientras puedas, pero si no puedes solucionar esto, pediré una junta extraordinaria, tal vez es hora de que tu hermana tome tu lugar. — Alexander giro sobre sus talones y como si fuese un espectro se colocó de cara a su madre.

— No me quitaran del medio, Aria no está preparada…

— Aria no tiene a una loca tras ella buscando su destrucción, ¡¿por qué no solo le das lo que quiere?! — eran dos necios tratando de llegar a un acuerdo, Alexander era la copia en todo sentido de Evelyn, tercos, necios y temperamentales.

— ¡Porque lo que quiere es a mi hijo! ¡tu nieto! Pero veo que eso no te importa.

La culpa llego a Evelyn tan pronto como su hijo azoto la puerta, las ganas de correr tras él y decirle que no quiso decir aquello, se disiparon en cuanto recordó a su difunto esposo, y como siempre le advirtió a Alexander que esa mujer no era buena, pero Alexander como siempre, no escucho a su padre y ahora, no sabían que hacer para deshacer todo aquello.

Mientras el mundo del CEO se sacudía un poco más al encontrar diversos periodistas fuera de la mansión familiar, asechándolo como los buitres que eran.

— Señor Thompson, ¿su homosexualidad es la razón por la que no se casó por iglesia con su ahora exesposa Lucrecia Morty?

— No soy homosexual. — aseguro con dientes apretados, pero aun así manteniendo la vista al frente, asegurándose de no atropellar a ninguno de esos periodistas, lo que menos necesitaba era un problema más con el que cargar, ya de por sí, se arrepentía de no llevar las ventanillas en alto, pero es que esa idea le resultaba ridícula, él era el CEO de una gran industria, no podía ocultarse como si fuese un criminal.

— Señor Thompson ¿es verdad que su hijo fue concebido por una inseminación ya que usted no soporta a las mujeres?

— Eso es ridículo, por favor, hagan espacio puedo atropellar a alguien. — nadie podía negar que el gran CEO de Lumina Entertainment, podía mantener la calma aun en situaciones extremas, aunque lo que más deseaba en ese momento era arrollar a cada periodista que estuviera frente a él.

— ¿Es eso un amenaza señor Thompson? — era inútil y lo sabía, cada cosa que dijera seria transgiversada para hacerlo ver mal.

— Por supuesto que no, solo estoy tratando de ir a trabajar y ustedes me estan acosando, arrojándose frente a mi vehículo, sin tomar en cuenta su bienestar ni el mío.

— Señor Thompson, ¿no cree que lo mejor para su hijo es crecer en un hogar como es debido y no conviviendo con personas perversas, y sin un verdadero referente al cual tomar como madre? — la cabeza le latía, estaba en medio de una pesadilla y de eso ya hacia seis meses, para ser más precisos, desde que se había divorciado de Lucrecia.

— Son ustedes los que no saben nada, todo esto es un montaje de Lucrecia porque no soporta el hecho de que me casare nuevamente, fue ella la que rompió nuestro hogar y ahora esta arrepentida, pero ya es tarde, ahora que a mi vida a llegado el verdadero amor. — no planeo nada de lo que dijo, pero como buen CEO, sabía que lo único que le quedaba por hacer, era dirigir esa atención mediática que él no deseaba a la persona que le estaba arruinando la vida, y esa era su exesposa.

— ¿Eso es cierto, señor Thompson?

— ¿Quién es la afortunada?

— ¿Dónde se conocieron? — eran tiburones y Alexander acababa de lanzar una buena carnada.

— Les diré todo a su tiempo, solo… por favor, necesito llegar a mi empresa.

La cabeza le martillaba, pero al menos pudo salir de ese infierno de periodistas, aunque eso de nada le serviría, no podía negar que la idea de último momento era buena pero no tenía como sostenerla, era el CEO de una enorme compañía que se dedicaba a impulsar actores, cantantes y modelos, por lo que no le fue difícil inventar un guion de último minuto, ahora solo le quedaba buscar una actriz dispuesta a ayudarlo a mantener su farsa.

Claro que Alexander Thompson no era el único en problemas esa mañana, ya que, en un pequeño suburbio de Los Ángeles, Sofía, trataba de salir por la escalera de incendios, no era la mejor idea, teniendo en cuenta que llevaba falda y tacones, pero ese era el uniforme de la empresa y por ningún motivo podía pasar por el vestíbulo del edificio, por lo que agradeciendo no matarse en el intento, coloco sus dos pies en el suelo del pequeño callejón, donde algunos vagabundos aun dormían.

— Bonitas piernas. — felicito un moreno de barba cana y Sofía lo vio sobre el hombro.

— Hoy no tengo ni un céntimo, lo siento. — el hombre ya mayor solo sonrió, antes de responder.

— No buscaba una limosna, solo digo la verdad.

Sofía sonrió incluso al correr tras el transporte, la última vez que alguien le había dicho que tenía algo bonito, fue hace seis meses, dos semanas y tres días, fue el día que Adrián se despidió de ella, “bonito trasero” le dijo, y ahora le parecía una frase tan tonta, le gustaría guardar en su memoria un “te amo” pero el muy tonto solo le alabo su trasero… si las personas pudieran saber cuándo morirían, seguro y pensarían mejores frases para despedirse de su ser querido y fue cuando la sonrisa se le borro.

— No llores, no lo hagas. — murmuro provocando que la señora que estaba sentada a su lado la viera raro.

Su vida había cambiado de un día para otro, en un segundo se creyó tener la vida perfecta y al siguiente cual burbuja de jabón, todo desapareció, Adrián ya no estaba, solo quedaban sus recuerdos, esos que había juntado en su corta vida marital de un año, esos que estaban ligado al pequeño departamento que, si bien no era un lujo, era suyo, era lo único que le quedaba.

Corrió tras el ascensor y se felicitó por poder alcanzarlo, su jefe no estaba de humor últimamente y con toda razón, llevaba año y medio trabajando allí, y le parecía un buen hombre, con una víbora como esposa… corrigió ese pensamiento, esa no era ya su esposa, ese era el motivo por el cual el pobre hombre estaba que se lo llevaba el diablo y si eso sucedía, a ella también se la llevaría el diablo.

— No puede ser. — murmuró cargada de pánico al ver al abogado del banco de pie frente a su escritorio, justo detrás de su jefe, el cual no se veía muy contento al despedirse del abogado de la ex señora Thompson.

— Señora Jonhson. — la llamo su jefe y en simultaneo el abogado del banco también la llamo.

— Señorita Anderson. — Alexander lo vio con intriga y Sofía con molestia.

— Buenos días, señor Thompson. — saludo primero a su jefe, para luego tomar con brusquedad el sobre que el abogado del banco tenía en las manos. — Señor Dalton, le recuerdo que el plazo aun no vence y no tiene derecho a venir a molestar a mi lugar de trabajo. — Alexander noto el nerviosismo en su secretaria, mientras su mente se ponía a trabajar, ¿acaso las migrañas eran señal de demencia o Alzheimer? ¿Cómo se equivocó en el apellido de su secretaria?

— Si lo tengo señorita Anderson, como dice el documento es de carácter urgente, ya que al parecer su desalojo es inminente, y como no responde a mis llamadas y se niega a recibirme escapando por las escaleras de incendio. — las mejillas de Sofía enrojecieron y sus ojos se fueron directo a su jefe, seguro y la despedía, claro que sí, él no toleraría más problemas de los que ya tenía.

— Bien, muchas gracias, ya puede irse. — se apresuró a decir, sin atreverse a negar el hecho de que ella huyera por las escaleras de incendio.

— Sí, claro, solo necesito su firma. — nuevamente arrebato la hoja que el abogado Dalton le mostraba y coloco su firma, sin ser consiente que su jefe observaba con sumo interés todo aquello.

You may also like

After His Emmy Speech Thanked Her, I Took Everything Novel Cover
9.7
The limousine door opened, and I stepped onto the red carpet with practiced grace. Camera flashes exploded like miniature lightning storms, but none were aimed at me. I was exactly where I wanted to be—invisible in plain sight, the woman behind the star rather than the star herself. Five years of carefully cultivating Ryan's career had led to this moment. The 74th Emmy Awards. His first nomination. Our shared dream. I smoothed down my midnight-blue Valentino gown—understated elegance that wouldn't draw attention. The Wellington in me knew how to select clothes that whispered money rather than screamed it. My mother's lessons in taste had stuck, even if I'd rejected almost everything else about my family's world.
Bought By The Man Who Hates Me Novel Cover
8.7
I sat at a mahogany table in River Oaks, clutching the strap of a pilled black dress from a life I’d lost five years ago. I was an exile in a world of old money, just trying to survive a dinner party I didn't belong in. Then the doors opened, and Baron Lowery walked in. He was no longer the boy I’d loved, but a powerful man with eyes like a storm front. When the host asked if we’d met, Baron didn't even blink. "I don't know her," he said. The erasure was a physical blow. His new girlfriend spent the night mocking my "quaint" legal aid work and calling me a washed-up gold digger. Baron didn't defend me; he watched my humiliation with a cold, predatory stillness. During a game of Truth or Dare, he stared me down, waiting for a confession. To protect his career and the secret of my father’s federal crimes, I looked him in the eye and told the ultimate lie: "No regrets." He retaliated by pinning me against a concrete wall in a dark stairwell, crushing his mouth to mine in a kiss that felt like a punishment. He told me I wasn't worth the effort and left me. I retreated to my real life—a moldy trailer and a blackmailer named Harvey who was forcing me into a marriage to save my father from prison. I thought I’d hit rock bottom until Baron’s silver Bentley pulled up to my slum. He didn't come to apologize. He flipped open a checkbook, scribbled fifty thousand dollars, and held it out like I was a common streetwalker. "One night," he demanded. "Do whatever I say, and it's yours." I looked at the man I’d sacrificed my entire soul for and realized he’d finally become the monster I'd tried to save him from. I shoved the check back in his face and ran into the rain, leaving the billionaire staring at the trailer park, unable to understand why the "gold digger" he hated so much wouldn't take his money.
Desired by the Billionaire Playboy  Novel Cover
8.1
A marriage of half a decade that Emily Winchester had poured her heart and soul into crumbled in a night after catching her sister and husband lustfully entangled. Her soon-to-be ex releases her nudes to the world, framing her with infidelity. She leaves the marriage with a little more than the clothes on her back, and desperately trying to pay for her grandmother's hospital bills, is aligned with New York's notorious playboy billionaire, Sean Woods, as he's looking for a contract wife. What happens when a single night encounter is all that is needed for the most eligible bachelor in the country to have his sights set on her? Will she just turn into one of his many conquests or be the one woman who claims his heart alone?
Entwined Destinies:The Billionaire's Reluctant Bride  Novel Cover
8.1
Sophia Bennett never expected to cross paths with Alexander Sterling again-not after the masked charity ball where a stranger in black claimed her body and soul for one unforgettable night. She walked away with no names, no regrets... and a secret that would bind them forever. Now, four months later, Sophie is drowning in debt and grief when the same man-cold, commanding billionaire CEO Alexander Sterling-blackmails her into becoming his fake fiancée. The deal is simple: play the perfect partner to secure a fifty-billion-dollar merger, and walk away with enough money to start over. No strings. No feelings. But the chemistry that once burned behind masks refuses to stay hidden. Late-night arguments turn into stolen kisses. Forced red-carpet appearances become dangerously real. And every time Alexander's hand lingers on her waist, Sophie fights the truth screaming inside her: the baby growing beneath her heart is his. When a collapse at work lands her in the hospital, the doctor's words shatter the fragile illusion-"You're four months pregnant." Alexander hears. He calculates. He assumes the worst. "You let me believe this was real," he snarls, voice like ice. "While you carried another man's child." Fired. Humiliated. Cast out with nothing but the clothes on her back. Sophie doesn't chase him. Doesn't beg. Doesn't tell him the baby is his. Because if the man who once held her like she was everything can discard her so easily, he doesn't deserve the truth. But fate has other plans. As Alexander spirals in regret, haunted by memories of a masked woman who felt like destiny, he begins to question everything he thought he knew. The merger closes. The empire stands. Yet the silence from the woman he wronged grows louder than any boardroom battle. Some destinies are entwined too tightly to break. And when the truth finally crashes through the walls they've built, it will either destroy them both... or bind them forever. A steamy, angsty billionaire romance full of enemies-to-lovers fire, a secret baby, cruel misunderstandings, possessive obsession, and the ultimate grovel redemption. Perfect for fans of twisted vows, forced proximity, and second-chance heartbreak.
FALLING FOR MR SNOWFLAKE Novel Cover
8.5
When charming, small-town ski instructor Lily Carter saves a clueless tourist from tumbling down a black diamond slope, she has no idea she’s just rescued one of the richest men in the world. As snowflakes fall and sparks fly, Lily finds herself falling for the mysterious newcomer with terrible balance and a surprisingly sweet smile. But when the truth comes out, will the avalanche of secrets bury their chance at love or will it be the start of their greatest adventure yet?
His Mistress Ate My Strawberries Novel Cover
8.4
Two months after our daughter passed away, Henrik Kim’s mistress gave birth to a baby girl. He rented the most extravagant ballroom for a lavish celebration of the child's one-month birthday and made me the event planner: “Elora is sensitive, so ensure all sharp objects are out of sight.” The mistress cradled her baby, smiling at me. “Elaine, don't you think little Elora resembles your daughter?” I didn’t attend the birthday party. Henrik didn’t know that the heir from a well-known London family, whom I once turned down for him, had returned to propose. And I accepted. When we found out the child was a boy, Henrik couldn’t stop smiling. He had a mountain of baby clothes and supplies delivered. Eventually, he bought the estate next door and moved Jessie Coleman in. He hired twenty staff members just to cater to her. Over dinner, I offhandedly mentioned these expenses, and Henrik inexplicably threw his plate.