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Por favor, no te enamores Novel Cover

Por favor, no te enamores

After a devastating betrayal by her boyfriend and his lover, Isabella is forced to navigate the ruins of her personal life. Amidst the heartbreak, she crosses paths with Daniel, a powerful and enigmatic billionaire who offers an unexpected connection. As they spend time together, a complicated attraction begins to bloom. Isabella must decide if she can risk her heart again or if the scars of her past will prevent her from finding true love in this modern romance.
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Chapter 2

Alexander salió de su cuarto, luego de tomar dos analgésicos, para tratar de soportar el día que sabía que no sería agradable, la cabeza le palpitaba, comenzaba a creer que estaba generando algún tipo de migraña crónica o algo por el estilo, inclusive estuvo tentado a acudir a alguna clínica, pero temía que eso le diera algo más de que hablar a Lucrecia, esa maldita mujer que se las ingeniaba día a día en arruinar su vida.

— Te ves terrible. — fue el saludo de su madre, y Alexander la vio mal.

— Gracias, no me había percatado de ello. — rebatió con sarcasmo, tomando su café cargado. — ¿Dónde está Bautista? — consulto luego de tomar su lugar en la mesa y de inmediato su madre arrojó un periódico sobre el plato en el que esperaba que alguna empleada le sirviera el desayuno.

— Decidió escapar de las verdades como siempre, por lo que se fue antes al colegio. — Alexander fijo sus fríos ojos azules en los de su madre, quien no se amedrento.

— ¿Qué le dijiste? — pregunto con dientes apretados, pero Evelyn solo bufo.

— La verdad, alguien se la debe decir, su madre es una perra que arruinara todo por lo que tus abuelos y padre lucharon por tener. — la cabeza de Alexander punzo, estaba seguro de que le daría un derrame cerebral en cualquier momento, más cuando vio el periódico.

— ¿Qué mierda? — murmuro con los ojos a punto de salirse de su lugar y sin poder creer lo que veía.

— Debo reconocer que es una excelente jugada, si no fuera porque al que está destruyendo eres tú, hasta la aplaudo. — Alexander ignoro cada palabra que salía de los labios de su madre, mientras veía las fotografías que el periódico había publicado en primera plana, el CEO de Lumina Entertainment, besándose con un hombre, bajo el título, “La razón del divorcio del CEO”

— Esto es… ¡un puto montaje! — grito con toda la furia que tenía contenida, mientras arrojaba el periódico a un lado y su cabeza martillaba aún más.

— Al parecer todo el mundo ha olvidado que tu exesposa es una experta en foto montaje, así la conociste ¿verdad? en la misma empresa que ella se está encargando de demoler… — las palabras de su madre no ayudaban y solo le quedo por hacer lo mismo que su hijo había hecho un rato antes, huir.

— Me voy a trabajar. — informo poniéndose de pie, no queria escuchar lo mismo de siempre.

— Huye mientras puedas, pero si no puedes solucionar esto, pediré una junta extraordinaria, tal vez es hora de que tu hermana tome tu lugar. — Alexander giro sobre sus talones y como si fuese un espectro se colocó de cara a su madre.

— No me quitaran del medio, Aria no está preparada…

— Aria no tiene a una loca tras ella buscando su destrucción, ¡¿por qué no solo le das lo que quiere?! — eran dos necios tratando de llegar a un acuerdo, Alexander era la copia en todo sentido de Evelyn, tercos, necios y temperamentales.

— ¡Porque lo que quiere es a mi hijo! ¡tu nieto! Pero veo que eso no te importa.

La culpa llego a Evelyn tan pronto como su hijo azoto la puerta, las ganas de correr tras él y decirle que no quiso decir aquello, se disiparon en cuanto recordó a su difunto esposo, y como siempre le advirtió a Alexander que esa mujer no era buena, pero Alexander como siempre, no escucho a su padre y ahora, no sabían que hacer para deshacer todo aquello.

Mientras el mundo del CEO se sacudía un poco más al encontrar diversos periodistas fuera de la mansión familiar, asechándolo como los buitres que eran.

— Señor Thompson, ¿su homosexualidad es la razón por la que no se casó por iglesia con su ahora exesposa Lucrecia Morty?

— No soy homosexual. — aseguro con dientes apretados, pero aun así manteniendo la vista al frente, asegurándose de no atropellar a ninguno de esos periodistas, lo que menos necesitaba era un problema más con el que cargar, ya de por sí, se arrepentía de no llevar las ventanillas en alto, pero es que esa idea le resultaba ridícula, él era el CEO de una gran industria, no podía ocultarse como si fuese un criminal.

— Señor Thompson ¿es verdad que su hijo fue concebido por una inseminación ya que usted no soporta a las mujeres?

— Eso es ridículo, por favor, hagan espacio puedo atropellar a alguien. — nadie podía negar que el gran CEO de Lumina Entertainment, podía mantener la calma aun en situaciones extremas, aunque lo que más deseaba en ese momento era arrollar a cada periodista que estuviera frente a él.

— ¿Es eso un amenaza señor Thompson? — era inútil y lo sabía, cada cosa que dijera seria transgiversada para hacerlo ver mal.

— Por supuesto que no, solo estoy tratando de ir a trabajar y ustedes me estan acosando, arrojándose frente a mi vehículo, sin tomar en cuenta su bienestar ni el mío.

— Señor Thompson, ¿no cree que lo mejor para su hijo es crecer en un hogar como es debido y no conviviendo con personas perversas, y sin un verdadero referente al cual tomar como madre? — la cabeza le latía, estaba en medio de una pesadilla y de eso ya hacia seis meses, para ser más precisos, desde que se había divorciado de Lucrecia.

— Son ustedes los que no saben nada, todo esto es un montaje de Lucrecia porque no soporta el hecho de que me casare nuevamente, fue ella la que rompió nuestro hogar y ahora esta arrepentida, pero ya es tarde, ahora que a mi vida a llegado el verdadero amor. — no planeo nada de lo que dijo, pero como buen CEO, sabía que lo único que le quedaba por hacer, era dirigir esa atención mediática que él no deseaba a la persona que le estaba arruinando la vida, y esa era su exesposa.

— ¿Eso es cierto, señor Thompson?

— ¿Quién es la afortunada?

— ¿Dónde se conocieron? — eran tiburones y Alexander acababa de lanzar una buena carnada.

— Les diré todo a su tiempo, solo… por favor, necesito llegar a mi empresa.

La cabeza le martillaba, pero al menos pudo salir de ese infierno de periodistas, aunque eso de nada le serviría, no podía negar que la idea de último momento era buena pero no tenía como sostenerla, era el CEO de una enorme compañía que se dedicaba a impulsar actores, cantantes y modelos, por lo que no le fue difícil inventar un guion de último minuto, ahora solo le quedaba buscar una actriz dispuesta a ayudarlo a mantener su farsa.

Claro que Alexander Thompson no era el único en problemas esa mañana, ya que, en un pequeño suburbio de Los Ángeles, Sofía, trataba de salir por la escalera de incendios, no era la mejor idea, teniendo en cuenta que llevaba falda y tacones, pero ese era el uniforme de la empresa y por ningún motivo podía pasar por el vestíbulo del edificio, por lo que agradeciendo no matarse en el intento, coloco sus dos pies en el suelo del pequeño callejón, donde algunos vagabundos aun dormían.

— Bonitas piernas. — felicito un moreno de barba cana y Sofía lo vio sobre el hombro.

— Hoy no tengo ni un céntimo, lo siento. — el hombre ya mayor solo sonrió, antes de responder.

— No buscaba una limosna, solo digo la verdad.

Sofía sonrió incluso al correr tras el transporte, la última vez que alguien le había dicho que tenía algo bonito, fue hace seis meses, dos semanas y tres días, fue el día que Adrián se despidió de ella, “bonito trasero” le dijo, y ahora le parecía una frase tan tonta, le gustaría guardar en su memoria un “te amo” pero el muy tonto solo le alabo su trasero… si las personas pudieran saber cuándo morirían, seguro y pensarían mejores frases para despedirse de su ser querido y fue cuando la sonrisa se le borro.

— No llores, no lo hagas. — murmuro provocando que la señora que estaba sentada a su lado la viera raro.

Su vida había cambiado de un día para otro, en un segundo se creyó tener la vida perfecta y al siguiente cual burbuja de jabón, todo desapareció, Adrián ya no estaba, solo quedaban sus recuerdos, esos que había juntado en su corta vida marital de un año, esos que estaban ligado al pequeño departamento que, si bien no era un lujo, era suyo, era lo único que le quedaba.

Corrió tras el ascensor y se felicitó por poder alcanzarlo, su jefe no estaba de humor últimamente y con toda razón, llevaba año y medio trabajando allí, y le parecía un buen hombre, con una víbora como esposa… corrigió ese pensamiento, esa no era ya su esposa, ese era el motivo por el cual el pobre hombre estaba que se lo llevaba el diablo y si eso sucedía, a ella también se la llevaría el diablo.

— No puede ser. — murmuró cargada de pánico al ver al abogado del banco de pie frente a su escritorio, justo detrás de su jefe, el cual no se veía muy contento al despedirse del abogado de la ex señora Thompson.

— Señora Jonhson. — la llamo su jefe y en simultaneo el abogado del banco también la llamo.

— Señorita Anderson. — Alexander lo vio con intriga y Sofía con molestia.

— Buenos días, señor Thompson. — saludo primero a su jefe, para luego tomar con brusquedad el sobre que el abogado del banco tenía en las manos. — Señor Dalton, le recuerdo que el plazo aun no vence y no tiene derecho a venir a molestar a mi lugar de trabajo. — Alexander noto el nerviosismo en su secretaria, mientras su mente se ponía a trabajar, ¿acaso las migrañas eran señal de demencia o Alzheimer? ¿Cómo se equivocó en el apellido de su secretaria?

— Si lo tengo señorita Anderson, como dice el documento es de carácter urgente, ya que al parecer su desalojo es inminente, y como no responde a mis llamadas y se niega a recibirme escapando por las escaleras de incendio. — las mejillas de Sofía enrojecieron y sus ojos se fueron directo a su jefe, seguro y la despedía, claro que sí, él no toleraría más problemas de los que ya tenía.

— Bien, muchas gracias, ya puede irse. — se apresuró a decir, sin atreverse a negar el hecho de que ella huyera por las escaleras de incendio.

— Sí, claro, solo necesito su firma. — nuevamente arrebato la hoja que el abogado Dalton le mostraba y coloco su firma, sin ser consiente que su jefe observaba con sumo interés todo aquello.

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