
El padre de mis hijos
Chapter 5
—Buenas noches, señora Carluccio. ¿A qué debo el honor de su visita? —inquiere el hombre.
Me gusta que no se ande con rodeos, por lo que puedo ser totalmente franca desde el principio.
—Buenas noches, señor Lombardi. Ahora me llamo Lucrecia Montemayor. Usted me entiende es por… seguridad. En cuanto al motivo de mi visita, es porque necesito de su ayuda. —En cuanto escucha, suelta una sonora carcajada. Yo por mi parte permanezco impasible a la espera de que diga algo.
—Muy inteligente por su parte. ¿Qué tipo de ayuda podría requerir de alguien como yo? Para serle sincero, me parece extraño que acuda a mí después de lo que sucedió hace más de un año —musita, mudando su expresión por una de profundo dolor.
—Deseo que me cuente si sabe algo sobre Luciano De Angelis o mejor dicho Massimo Carluccio.
No parece nada sorprendido al mencionarle esto, por lo que supongo que sabe algo.
—Señora, ¿qué beneficio obtengo al proporcionarle esta información? —Sabía que pediría algo a cambio, así que he venido preparada.
—Tengo información sobre el asesinato de su hijo Renzo Lombardi —le extiendo un sobre, donde hay pruebas de que su asesinato no fue un accidente de tráfico como se quiso hacer creer después de tratar de inculpar a Massimo. Aunque eso era más que evidente debido a todos los impactos de bala que el carro tenía.
Se levanta de golpe y toma el sobre. mientras lo mira, observo como su semblante va cambiando, pasa de la sorpresa, tristeza y finalmente a furia.
—¿Cómo… consiguió esto? —inquiere paseando de un lado a otro frente a mí.
—Tengo mis contactos. Por cierto, esa no es la información completa, por el momento no la tengo, pero solo es cuestión de unos días —me levanto para retirarme, pero uno de sus hombres me lo impide.
—Espere, por favor. Le contaré lo que sé sobre su marido —toma un trago a su bebida, se aclara la garganta y comienza su historia—: sé que después de ese accidente se dio a conocer que Massimo Carluccio había muerto. Todos estaban muy dolidos por su muerte. Era un hombre despiadado sí, pero también ayudaba a todo aquel que se lo pedía.
»Además se filtró la información de que usted junto con sus hijos murieron emboscados por culpa mía en su mansión, debido a que supuestamente no pude aceptar que Massimo y usted fuesen responsables por la muerte de mi hijo. Obviamente, como sabrá, no fui yo quien planeó ese atentado —asiento en cuanto dice esto último—, pero como usted también desapareció, todo indicaba que fue culpa mía.
»Hasta hace unas cuantas semanas comenzó a aparecer un hombre idéntico a Carluccio, solo que este se hace llamar Luciano De Angelis. Siempre está acompañado ya sea por su prometida Maritza Salvatore o por los hombres de confianza de ella.
»Se corrió el rumor de que había sobrevivido y sé que un hombre se acercó a saludarlo por su verdadero nombre, como Massimo, pero su esposo le dijo que se equivocaba de persona. Días después ese hombre sufrió un infarto y murió. A todas las demás personas se les ha amenazado con que si le cuentan la verdad a su marido ellos y toda su familia serán ejecutados.
»Ahora me doy cuenta de que alguien se atrevió a comunicarse con usted para hacer lo correcto, eso es todo lo que sé.
—Muchas gracias por la información. Quiero proponerle un trato —musito al cabo de unos segundos.
—¿Qué tipo de trato? —pregunta sorprendido.
—Bueno, mejor dicho deseo proponerle una alianza. Yo conseguiré toda la información sobre la muerte de su hijo, créame tengo mis medios. A cambio necesito de todo su apoyo y sobre todo que me dé su palabra de que protegerá a toda mi familia y a mí.
—¿Y por qué confiaría en mí como para pedir mi protección? Creo que aún recuerda nuestro altercado de hace un tiempo.
—Tenemos un mismo enemigo en común y confío en usted, porque sé que es una persona justa y respetable en este negocio. No por algo sigue siendo Il grande capo.
»En cuanto a su apoyo, me refiero a que necesito de sus hombres para llevar a cabo mi plan. No sé preocupe, puede pensarlo. No me iré de Italia hasta en unos días.
»Solo otra cosa, ¿podría averiguar qué sucedió con Pietro? No hemos tenido noticias de él —me levanto de mi asiento, nos estrechamos las manos a modo de despedida y salgo con Donato.
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