
Amor prohibido
Chapter 7
— ¿Qué haces? — pregunto con media sonrisa que borro al ver el rostro sin emociones de Ming.
— ¿Quién es el hombre que estuvo contigo ayer y hoy? — pregunto mientras se sentaba a horcadas sobre Felipe.
— ¿Por qué me vigilas Ming? — un chasquido sonó y el rubio dejo de hablar y aun cuando sintió el golpe en su mejilla no pudo decir nada, estaba en shock.
— Shun, ¿cuántas veces te lo debo explicar? Me debes llamar Shun. — el frio en la voz de su profesor era acompañado por una la mirada de hielo.
— ¡Y una mierda, maldito loco! ¿Quién te crees que eres para golpearme? — Felipe solo recibió otra bofetada como respuesta, pero esta vez movió con furia sus manos para tratar de liberarse, ¿lo habían golpeado a lo largo de su vida? Por supuesto, él podía ser delgado y fácilmente podía pasta por una de sus hermanas, pero los niños dorados estaban preparados para la lucha, entrenaba a diario y en más de una ocasión se vio envuelto en las peleas de Stefano, pero, aun así, jamás se había sentido tan indefenso como se sentía en ese momento, nunca alguien que él quería lo había golpeado adrede.
— Me creo lo que soy, el dueño de casi toda país X, soy Han Shun Ming, líder del clan dragón rojo y tu… eres una de mis joyas y yo no comparto mis cosas. — Felipe se congelo por casi un minuto, ¿sabía quiénes eran los dragones rojos? si lo sabía, Arkady el primo de Neizan hacia negocios con ellos, ¿quería tener algo que ver con ellos? no, claro que no.
— Quiero irme. — dijo con la esperanza de que Ming lo dejaría ir, algo que le quedo claro no sucedería gracias a la sonrisa siniestra que el oriental tenía en sus labios.
— Hoy comprenderás que tu harás lo que yo quiera y cuando yo quiera, eres mi hermosa joya, exótica, distinta, pero eso no te da ningún privilegio, ¿comprendes? — pregunto ahora jalando el rubio y un poco largo cabello de Felipe, provocando aún más el enojo del menor.
— Déjame, ¡ahora! tú no sabes quién soy… — trato de persuadirlo, pero la risa de Ming lo silencio.
— Eres Felipe Zabet, eres el cuñado de Neri, no querrás que comience una guerra con los rusos por ti ¿verdad? Porque si ese fuera el caso, el primero en morir seria tu sobrino.
Felipe grito, lloro e incluso rogo, pero nadie lo escucho, en las tierras del dragón rojo Han Shun Ming controlaba todo, incluso quien oía, quien veía y quien hablaba.
El día siguiente, las personas parecían no ver a Felipe, era como si el joven que caminaba cubierto de sangre no existiera, ni siquiera la policía se detuvo a preguntar qué era lo que le sucedía, tardo más tiempo del normal en regresar a su hogar, cada paso que daba el dolor se incrementaba, sus piernas cedieron en más de una oportunidad, enviándolo al frio de las aceras, donde todos lo veía con lastima, solo una niña hizo el intento de ayudarlo a ponerse en pie, pero la mano de su madre y el miedo en su voz fueron suficiente para hacerla desistir.
— Es el nuevo juguete del señor Ming, déjalo. No lo toques.
Felipe se dejó caer de trasero lo que le causo aún más dolor, un pinchazo que lo dejo sin aire, podía sentir la sangre entre sus piernas, aun así, pudo ver como todos lo veían, aunque luego de unos minutos descubrió que no era a él al que observaban, eran los hombres de la acera de enfrente, los había visto, en reiteradas ocasiones, incluso creyó que lo estaban siguiendo, ahora sabía que no se equivocaba, ¿Cómo era posible que pasara por alto el tatuaje de dragón que se veía en la mano de uno y el cuello del otro? Fácil, porque nuca creyó que en un lugar tan alejado de su hogar debía cuidarse la espalda, porque en su mente de 19 años recién cumplidos, aun había lugar para la inocencia, en ese momento lo pensó, él era inocente, un iluso, un idiota, un soñador, tanto como lo fue Dulce, ¿Cómo pudo creer que, si no se metía con nadie, nadie se metería con él?
Haciendo acopio de la poca fuerza que le quedaba se levantó una vez más, debía llegar a su hogar antes que los custodios de los Bach se hicieran presentes, ya una vez hace 7 años atrás había sido testigo de una guerra, como esos hombres irrumpieron en su hogar, con el desespero que Neri Neizan, el esposo de su hermana mayor, lo había tomado en brazos cubriéndolo casi al completo, cuidando su vida, aun si le costaba la suya propia, y lo había colocado en una camioneta junto con sus hermanos, aun así lo vio, la muerte llego a su hogar, y aunque muchos resultaron heridos solo dos personas murieron ese día, Dulce y Tiago, que en ese entonces tendrían su misma edad, ellos murieron antes de los 20, ¿quería que la historia se repitiera? Claro que no, no podría llevar a su familia a un infierno de ese calibre, menos poner en riesgo a Lukyan, ese niño que aún no nacía, y que era todo para Zafiro, su hermana había sufrido mucho, y en el momento que ingreso en su departamento y fue a la ducha, la conversación que había tenido con Lucero se repitió en su mente.
— A Zafiro la violaron, tres malditos… ayudé a Neri vengarla, aun así, no hice bien mi trabajo, y sus padres buscaron venganza, no estaban solos, el cartel de Cuervo también los ayudo, ellos querían a Tiago, los otros querían a los Zabet-Ángel…fue mi culpa que mis amigos murieran.
Felipe recordaba el dolor en la mirada verdeazulada de Lucero, él comprendía que ella no tenía la culpa de nada, pero también entendía que esa mujer, que era su cuñada, era la princesa, la heredera de los Bach y algún día asumiría su lugar, no antes de cumplir su promesa, acabar con todos y cada uno del cartel del Cuervo, sin importar el tiempo que le llevara, aun luego de 7 años continuaba cazándolos, pero ¿Cuál era el precio para pagar? Victoria había sido secuestrada, era como si una cosa se conectará con otra, como si la muerte de Dulce y Tiago siguiera pesando sobre ellos y no solo con el dolor de su pérdida.
Felipe comprendió que si decía lo que sucedió una nueva guerra se desataría, pero, aun así, él era Felipe Zabet, no caería bajo las órdenes de nadie, aunque le costará la vida, eso si podía jurar, su vida.
— Púdrete, Ming, jamás será tuyo, primero me tendrás que matar.
Se lo juro viéndose al espejo, su rostro estaba casi desfigurado, sus muñecas estaban en carne viva por lo mucho que lucho para liberarse, mientras Ming lo violo, y no conforme con ello, lleno su estrecho orificio con una variedad inverosímil de juguetes sexuales, sonriendo cada vez que él gritaba, sabía que debería ver un médico, casi no podía caminar y mucho menos sentarse, pero solo se dejó caer en la cama, cubriéndose con las mantas, como cuando era niño y los truenos lo asustaban, peor aún, como cuando tenía 13 años y recordaba los disparos que esos hombres hicieron en contra de su hogar, desde esa noche Felipe se sumergió en una pesadilla que parecía ser eterna.
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