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Portada de la novela Ya no me duele

Ya no me duele

Única superviviente de una masacre familiar, una joven vive atrapada en un hospital psiquiátrico, consumida por cicatrices y memorias brutales. Su realidad cambia cuando conoce a Félix, un enigmático hombre que le devuelve su belleza perdida y promete curar su alma. Pero este milagro oculta una sombra inquietante: ella empieza a cuestionar si él es su auténtico redentor o si solo la está moldeando como un objeto para satisfacer sus propios deseos.
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Capítulo 2

Todo esto se parece a una especie de representación teatral, pero los actores no conocen sus papeles. Nadie los dirige, simplemente existen en este mundo que hace mucho perdió su significado. A veces veo a otros pacientes, que recogen hojas caídas en grandes montones. Parecen hacerlo con seriedad, como si ese acto pudiera salvarlos. ¿Pero qué pueden salvar? Los montones de hojas se ven como ángeles otoñales cansados, que se han tumbado sobre el césped para no levantarse jamás. Se pudren lentamente, como todo aquí.

Observo esta escena desde mi habitación, sintiendo cómo poco a poco se funde con lo que ocurre dentro de mí. No puedo entender quién de nosotros está más perdido: los que caminan por el patio o yo, sentada tras la ventana, observándolos.

A menudo sueño con salir bajo la lluvia. No una llovizna suave, sino una tormenta real, con gotas frías golpeando mis mejillas, arrastrando todo lo que se ha incrustado tan profundamente en mi piel y mi alma. Como si esa lluvia pudiera lavar toda la suciedad acumulada en mi interior, purificarme por completo y hacerme sentir viva de nuevo. Pero aquí, entre estas paredes, la lluvia no es más que un sueño. Así que me quedo en la ducha vacía, bajo el fino chorro de agua, y cierro los ojos, imaginando que, en lugar de agua, me bañan gotas frías de lluvia purificadora.

Siempre entro a la ducha la última. Y siempre estoy sola. No es una coincidencia ni un accidente, sino una orden de mi médico tratante. Él comprendió que no puedo estar entre los demás, no puedo ver sus cuerpos desnudos, no puedo ser parte de ese espectáculo no deseado. La primera vez que entré a la ducha, vi filas de cabinas sin puertas y una decena de personas de diferentes edades, desnudas, mirándome descaradamente. Sentí que perdía el control.

En ese momento, el aire a mi alrededor pareció comprimirse, volverse denso, como si hubiera recibido un golpe en el estómago. No podía respirar, no podía exhalar. Todos esos cuerpos, todas esas miradas, eran demasiado. Sentía que me atravesaban, que me desgarraban con su silenciosa condena. Todo dentro de mí se tensó como un resorte, y simplemente caí al suelo, sobre las baldosas mojadas.

Solo podía oír mi propia respiración, rápida, entrecortada, y el latido de mi corazón, que sonaba como un martilleo ensordecedor. Latía tan fuerte que me parecía que todos a mi alrededor lo podían escuchar. Un zumbido retumbaba en mis oídos, y mi corazón parecía querer salirse del pecho, huyendo de esa pesadilla. Me encogí, presioné las manos contra mis oídos, tratando de apagar el sonido, pero no sirvió de nada. Sentía que estaba gritando, pero en realidad solo gemía, como un animal herido, suplicando que no se acercaran a mí.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me arrastraron fuera de la ducha. Los celadores me llevaban como un saco, sin compasión ni comprensión. Ya no veía sus rostros, solo sentía el frío de las baldosas bajo mis pies y el vacío dentro de mí. La oscuridad me envolvió de nuevo, sin dejarme luchar ni resistirme. Todo ocurría como en una pesadilla que se repite una y otra vez.

Cuando desperté, mi médico ya había sacado sus conclusiones. Comprendió que no podía estar en esas condiciones, que no podía estar entre la gente. El doctor sugirió que siempre me duchara la última. Y ahora, cada vez que entro a la ducha, trato de convencerme de que todo será diferente, de que podré soportar al menos unos minutos bajo el agua. Pero sigue siendo solo un ritual. El agua corre por mi cuerpo, pero no me limpia. No puede lavar la suciedad que se ha impregnado tan profundamente en mi alma.

Me quedo de pie, con los ojos cerrados, imaginando que me cae lluvia, una lluvia de verdad, fría, intensa. Una lluvia que podría llevarse todo el peso que llevo dentro. Me quedo así, con el rostro levantado, imaginando cómo las gotas frías golpean mi cara, arrastrando todo lo que me está destruyendo. Pero es solo una ilusión. Sé que ni la lluvia ni el agua podrán hacerme sentir completa.

Mi médico era la única persona que parecía normal en este lugar, donde todo estaba impregnado de locura. Destacaba en medio de todo ese caos: alto, de hombros anchos, con una apariencia que parecía sacada de las antiguas leyendas rusas. Su cabello rubio, casi amarillento, y sus cejas apenas visibles lo hacían parecer un héroe de antaño. Sin embargo, había un detalle que siempre me causaba una leve confusión: cuando hablaba, sus labios se movían de manera extraña, como si intentara masticar sus voluminosos bigotes. Era absurdo y, al mismo tiempo, de alguna manera tranquilizador. Incluso sus rarezas eran predecibles y, en cierto modo, agradables.

Un día, me hizo una pregunta que me afectó más de lo que esperaba: - ¿Por qué nunca preguntas cuándo te darán de alta?

La pregunta me tomó por sorpresa. Lo miré, sintiendo cómo mis pensamientos revoloteaban caóticamente dentro de mí, pero mantuve la calma exterior. Sabía que muchos pacientes hacían esa pregunta - cuándo podrían irse, cuándo llegaría su "libertad". Pero yo nunca había sentido esa necesidad. No anhelaba ser dada de alta. Mi lugar estaba aquí, entre estas paredes. Por extraño que pudiera sonar.

Encogí los hombros y respondí sencillamente: - ¿Para qué? Aquí está mi hogar.

Él frunció el ceño, claramente no esperaba esa respuesta. Sus ojos, tranquilos y penetrantes, parecían buscar algo en mis palabras, algo oculto que ni yo misma comprendía del todo.

- Algunos consideran este lugar una prisión, - dijo, como si pusiera a prueba mi reacción.

Me detuve un momento para pensar. ¿Prisión? Tal vez, para algunos, este lugar era una forma de encarcelamiento. Para mí, era más bien una jaula, pero no una hecha de estas paredes, sino una que estaba dentro de mí. No sentía diferencia entre lo que estaba afuera y lo que llevaba dentro. Eran lo mismo.

- Mi prisión está dentro, - respondí, mirándolo directamente a los ojos. - No importa lo que esté afuera.

Por un momento, vi comprensión en su mirada. Parecía captar la esencia de lo que decía, pero no intentó rebatirlo ni analizarlo más a fondo. Simplemente lo entendió. Y eso fue extraño: por primera vez, alguien no intentaba imponerme sus interpretaciones. No había juicio en sus ojos, solo una ligera aceptación de que para mí, esta vida tras las rejas era mi realidad.

En ese momento, me di cuenta de que probablemente él era la única persona que realmente no me veía como una enferma o alguien rota. Solo me veía tal como soy.

Octubre fue el último mes que pasé entre estas paredes de color verde pantano. Fue el período más melancólico, pero al mismo tiempo extrañamente tranquilo. Parecía que no ocurría nada nuevo, los días seguían su curso, pero sentía que algo estaba por suceder. Algo tenía que cambiar, aunque no sabía en qué dirección. Y un día, finalmente, sucedió.

- Prepárate, - sonó la voz de Borja, y me lanzó la chaqueta acolchada del hospital, esa misma que ya percibía como parte de mi uniforme.

- ¿Qué, ni un abrazo de despedida? - añadió con una sonrisa burlona, como si se estuviera despidiendo de una vieja amiga y no de una paciente que pronto dejaría el lugar. Su tono ligero, tan habitual en él, de repente me pareció fuera de lugar.

- ¿Me están dando de alta? - pregunté, intentando captar si hablaba en serio o si era otra de sus bromas.

- Ajá, - se rió, guiñando un ojo como si todo fuera una broma. - Te están despidiendo... para donación de órganos.

Esas palabras me dejaron paralizada. Por un segundo, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies y todo a mi alrededor comenzó a girar como en un remolino. Sentí que perdía el equilibrio, y si no hubiera sido por Borja, habría terminado en el suelo.

- ¿Qué te pasa? - dijo suavemente, sosteniéndome por los hombros. - ¡Era una broma! ¿Quién querría tus órganos enfermos?

Se rió, pero pude ver una sombra de preocupación en su rostro. Tal vez su broma contenía un toque de verdad, pero en ese momento ya no podía distinguir dónde terminaba la realidad y dónde comenzaban las bromas de Borja.

- Te van a llevar a una clínica de cirugía plástica, - continuó con su habitual ligereza, como si fuera lo más normal del mundo.

- ¿Para qué? - Lo miré con desconcierto, aún sin poder recuperarme de sus palabras. "Donación de órganos" seguía resonando en mi cabeza como algo siniestro.

- ¿Cómo que para qué? - continuó Borja, observándome con burla. - Mira, por ejemplo, hay una vieja rica, con mucho dinero, la vida perfecta, pero con una nariz como la de Pinocho o una trompa de hipopótamo. Solo sirve para asustar niños. Pero tú tienes una naricita pequeña, bonita. Te la van a quitar y te pondrán la suya vieja.

Lo dijo con tanta seriedad que por un momento pensé que tal vez había algo de verdad en lo que decía. Un miedo lento comenzó a invadirme, pero antes de que pudiera apoderarse de mí por completo, Borja me inyectó una dosis en el hombro con destreza. Casi de inmediato, un calor reconfortante recorrió mi cuerpo y el miedo empezó a desvanecerse. "La nariz, pues que se lleven la nariz", me dije, calmándome a medida que el medicamento me sumía en un ligero sopor.

Salimos por los portones cerrados del hospital. El aire afuera era completamente diferente: más vivo, más frío. No recordaba cuándo fue la última vez que había sentido el viento fresco en mi rostro. Por un momento me detuve para inhalarlo profundamente. Parecía que el mundo fuera de esas paredes era ajeno, distante. Como si estuviera dejando atrás una realidad familiar para entrar en algo completamente nuevo, pero al mismo tiempo aterrador.

- Bueno, nos volveremos a ver, - soltó Borja, alejándose un poco. Se estiró las grandes orejas rojas y sonrió, como siempre, con una mezcla de amabilidad y burla.

Lo miré, y pensamientos extraños comenzaron a rondar en mi cabeza. ¿Volveré aquí alguna vez? ¿Seré capaz de irme para siempre? ¿O, como tantos otros que alguna vez dejaron este lugar, regresaré tarde o temprano?

El conductor del coche oscuro abrió la puerta, y Borja, empujándome por la espalda con su gesto habitual, me metió en el vehículo y me abrochó el cinturón de seguridad. Lo miré con la habitual sensación de cansancio, pero no dije nada. ¿Para qué? El momento en que la puerta se cerró me pareció inesperadamente simbólico, como si no solo fuera el sonido de los cerrojos, sino un punto final que marcaba el cierre de otro capítulo en mi vida. Todo este tiempo parecía que existía entre dos mundos: el hospital y el resto de la vida. Ahora uno de ellos estaba cerrado.

Tan pronto como escuché el clic de los seguros, me invadió una sensación extraña. Los recuerdos, como si fueran escenas de una película antigua, empezaron a surgir en mi mente: aquel viaje que podría haber sido el último, los momentos en que caminaba al borde del abismo. Un sudor frío apareció en mi frente, y me apreté instintivamente contra el asiento, tratando de calmarme. El conductor permaneció en silencio durante todo el trayecto, sin volverse hacia mí, como si se hubiera olvidado de mi existencia. Solo era parte de este mundo, alguien ajeno e indiferente.

Intenté no prestar atención a mi estado, respiré más profundamente y miré los edificios que pasaban por la ventana. Mi mirada los atravesaba con indiferencia, como si fueran fotogramas que no significaban nada. Observaba, pero no sentía nada. El miedo se fue alejando lentamente al fondo, cediendo su lugar a ese vacío que tan bien conocía.

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