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Portada de la novela Ximena: Libre Del Pasado Oscuro

Ximena: Libre Del Pasado Oscuro

Tras fallecer cruelmente en un sótano por culpa de su tío Ricardo, Ximena regresa inexplicablemente al pasado. Despierta el mismo día de su tragedia, pero esta vez conoce las verdaderas intenciones de su pariente. Cuando Ricardo intenta someterla usando una sustancia, ella evita la trampa con determinación. En lugar de ser su víctima, contacta a la prometida de él para que lidie con la situación, logrando así escapar de su destino y buscar libertad.
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Capítulo 2

Morí en el sótano oscuro y húmedo, asfixiándome lentamente mientras mi tío, el hombre que había amado toda mi vida, me observaba con una sonrisa malévola.

«Si no hubieras quedado embarazada, no me habría visto obligado a casarme contigo», dijo Ricardo, su voz era fría, sin rastro de la calidez con la que me había criado. «Y si no me hubiera casado contigo, no habría ignorado las llamadas de auxilio de Sofía. Debes morir…»

El dolor de mi vientre era insoportable, el bebé que llevaba dentro luchaba por nacer en un mundo que ya nos había condenado. Le rogué, le supliqué que me llevara al hospital, pero él simplemente se quedó allí, viéndome morir junto a nuestro hijo nonato. Mi último aliento fue un susurro ahogado con su nombre.

Desperté con un sobresalto, el corazón latiéndome a mil por hora, el sudor frío empapando mi ropa.

Estaba en una suite de hotel, el ruido de un desfile de modas se filtraba por la puerta. Miré el teléfono sobre la mesita de noche. La fecha era la misma del día del incidente, el día que marcó el principio de mi fin en mi vida anterior.

Había renacido.

El pánico inicial dio paso a una extraña calma. Tenía una segunda oportunidad. Una oportunidad para no cometer los mismos errores.

La puerta del baño se abrió y de ella salió Ricardo, mi tío. Llevaba solo una toalla atada a la cintura, su cabello goteaba agua sobre sus hombros anchos y su pecho musculoso. Su rostro estaba enrojecido y sus ojos, normalmente agudos y calculadores, estaban nublados por el deseo.

Alguien lo había drogado en el desfile.

En mi vida anterior, este fue el momento en que caí.

«Ximena…», su voz era un gruñido ronco. «Ayúdame… me siento muy mal».

Se tambaleó hacia mí, sus manos buscando mi cuerpo. El olor a alcohol y a un perfume caro me envolvió, un aroma que una vez me pareció embriagador pero que ahora me causaba náuseas.

«Ximena, por favor…»

Me agarró del brazo, su fuerza era abrumadora. Me atrajo hacia su cuerpo caliente, su aliento quemaba mi cuello.

En mi vida pasada, me rendí. Creyendo estúpidamente que si me entregaba a él, él finalmente vería mi amor y olvidaría a Sofía, su prometida. Fui su "solución" esa noche, y un mes después, estaba embarazada.

Pero esta vez no.

«¡Suéltame, tío!», mi voz sonó más fuerte y firme de lo que esperaba.

Lo empujé con todas mis fuerzas. Él tropezó hacia atrás, sorprendido por mi resistencia. Su mirada confundida se encontró con la mía, una mirada que ahora solo contenía frialdad y determinación.

«¿Ximena?»

Ignoré su pregunta. Caminé rápidamente hacia la mesa donde había dejado su teléfono. Mis dedos temblaron ligeramente mientras buscaba en sus contactos. Allí estaba: "Mi Sofía".

No dudé. Presioné el botón de llamar.

Ricardo me miró, la confusión en su rostro se mezclaba con la creciente urgencia de la droga.

«¿Qué haces? Cuelga… Ximena, ven aquí».

Su voz era una orden, la voz del hombre que siempre había controlado mi vida. Pero ya no.

El teléfono sonó una, dos, tres veces. Finalmente, una voz femenina y melosa respondió.

«¿Ricardo, mi amor? ¿Terminó ya el desfile?»

«Sofía», dije, mi voz era un témpano de hielo. «Soy Ximena. Tu prometido no se siente bien. Alguien le puso algo en la bebida. Está en la suite 3205 del Hotel Grand. Será mejor que vengas rápido».

No esperé una respuesta. Colgué el teléfono y lo dejé sobre la mesa.

Ricardo me miraba fijamente, la lujuria en sus ojos luchaba contra la incredulidad.

«¿Por qué… por qué la llamaste?», balbuceó. «Te dije que me ayudaras…»

«Ella es tu prometida», respondí, mi voz sin emoción. «Ella es la que debería ayudarte».

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta. No lo miré. No podía soportar ver al hombre que en otra vida me había asesinado a sangre fría.

«Ximena, no te vayas. ¡Quédate! ¡Te lo ordeno!»

Su voz se quebró en una mezcla de desesperación y rabia.

Abrí la puerta sin mirar atrás.

«Ocúpate de tus propios asuntos, Ricardo».

Salí de la habitación y cerré la puerta con firmeza. El "clic" de la cerradura fue el sonido más dulce que había escuchado en dos vidas. Era el sonido de mi libertad. No me importaba lo que pasara detrás de esa puerta. Ya no era mi problema. Mi nueva vida acababa de comenzar.

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