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Portada de la novela Vuelvo al día de cosecha

Vuelvo al día de cosecha

Sofía regresa al pasado, justo al fatídico día de la vendimia en que perdió a su hijo Mateo. Decidida a cambiar el destino, no permitirá que Javier vuelva a sacrificarlos por Isabel y Valentina. Tras el dolor de una transfusión forzada que casi acaba con el niño, Sofía elige la libertad. Mientras Mateo rechaza a su padre y se refugia en el doctor Leo, ella firma el divorcio y huye con sus ahorros, dispuesta a todo por proteger la vida de su pequeño.
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Capítulo 2

Sofía despertó con el corazón latiendo con fuerza.

El sol de la mañana entraba por la ventana, iluminando el polvo que flotaba en el aire.

Miró el calendario en la pared. Era el día de la fiesta de la vendimia. El día en que su hijo, Mateo, había muerto en su vida anterior.

El terror y el dolor eran tan reales que le quitaron el aliento.

No era un sueño.

Había vuelto.

No perdió ni un segundo. No confrontó a Javier, su esposo, que aún dormía a su lado. Se vistió en silencio, tomó la libreta del banco y salió de casa.

En el banco del pueblo, la cajera la saludó con una sonrisa.

"Buenos días, Sofía. ¿Vienes a hacer un ingreso?"

"No," dijo Sofía con voz firme. "Vengo a retirar todos nuestros ahorros."

La cajera se sorprendió, pero Sofía mantuvo la mirada. Sacó hasta el último céntimo, asegurando su futuro y el de su hijo. Con el dinero en el bolso, sintió el primer atisbo de poder en mucho tiempo.

Camino a casa, pasó por el mercado. Y allí estaba la escena que recordaba con un dolor agudo.

Javier le estaba dando un fajo de billetes a Isabel, la viuda de su mentor.

Isabel, con una sonrisa triunfante, se dirigió al puesto más caro y compró un jamón ibérico de bellota. Su hija, Valentina, aplaudía a su lado.

Mientras tanto, su propio hijo, Mateo, estaba sentado en un banco comiendo un simple bocadillo de mortadela que ella le había preparado.

Isabel se acercó a Sofía, mirándola de arriba abajo.

"Algunas mujeres reciben amor," dijo Isabel, su voz goteando veneno. "Otras, como las que realmente lo necesitan, reciben dinero. Javier es un hombre muy generoso."

Sofía no respondió. Solo miró a Javier, que evitaba su mirada, y luego a su hijo. El dolor en el pecho era una presión física.

Recordó el día de su boda. Javier le había jurado amor eterno.

"Sofía, eres mi sol, mi luna, mi todo. Nunca dejaré que nada ni nadie te haga daño."

Todos en el pueblo decían que ella había tenido suerte. Javier era el capataz de Viñedos del Alma, la bodega más importante de la región. Era guapo, carismático y trabajador.

La felicidad duró hasta que el mentor de Javier, el antiguo dueño de la bodega, murió.

En su lecho de muerte, le hizo prometer a Javier que cuidaría de su esposa, Isabel, y de su hija, Valentina.

"Javier, son frágiles. Protégelas por mí."

Al principio, Sofía admiró la nobleza de su esposo. Pero esa promesa se convirtió en una soga alrededor del cuello de su familia.

Poco a poco, todo cambió.

El dinero que Javier ganaba con tanto esfuerzo iba casi en su totalidad a Isabel. Ropa nueva para Valentina, joyas para Isabel, reparaciones en su casa.

Mientras tanto, la comida en la mesa de Sofía y Javier se volvía más simple. La ropa de Mateo era de segunda mano. Sofía tuvo que vender sus herramientas de cerámica para pagar las facturas.

La traición final llegó el año pasado, en esta misma fiesta de la vendimia.

Mateo sufrió una grave reacción alérgica.

Sofía llamó a Javier, una y otra vez. Desesperada.

Él no contestó. Estaba en la joyería, comprando un collar de perlas para Valentina por su cumpleaños.

Sofía tuvo que llevar a Mateo a la clínica en su vieja moto. La moto se averió a medio camino. Tuvo que correr el resto del trayecto con su hijo en brazos.

Llegó demasiado tarde.

Mateo murió en sus brazos, mientras un médico joven y desconocido, Leo, intentaba salvarlo sin éxito.

El dolor la rompió. Unas semanas después, conduciendo sin rumbo, tuvo un accidente. O quizás, simplemente, dejó que ocurriera.

Ahora, de vuelta en el mercado, miró a Mateo, que masticaba su bocadillo con sus mejillas redondas. Estaba vivo.

Se acercó a él y le acarició el pelo.

"Mateo, cariño, vámonos a casa."

Mateo la miró, confundido.

"Pero papá dijo que iríamos a la fiesta."

"Nosotros no iremos a la fiesta," dijo Sofía. "Nos quedaremos en casa."

Mateo frunció el ceño. Todavía adoraba a su padre.

"Pero papá se enfadará."

Sofía se arrodilló frente a él.

"Mateo, vamos a hacer una prueba. ¿Quieres? Veremos a quién le da papá los regalos que ha comprado en la ciudad."

La curiosidad brilló en los ojos del niño. Asintió.

Esperaron en la puerta de casa. Poco después, Javier llegó en su coche. El maletero estaba lleno de bolsas.

Sofía sintió una punzada de la antigua atracción. Javier era un hombre atractivo. Alto, fuerte, con el sol de los viñedos en la piel.

Valentina, la hija de Isabel, salió corriendo de la casa de al lado.

"¡Papá Javier!" gritó.

Javier sonrió y abrió el maletero. Empezó a sacar bolsas y a llevarlas directamente a la casa de Isabel.

Sofía y Mateo observaban desde su puerta.

Isabel salió, fingiendo sorpresa.

"Oh, Javier, no tenías que molestarte."

"No es molestia," dijo Javier, sonriendo. "Es para ti y para Valentina."

Valentina gritó de alegría al ver un vestido nuevo y una muñeca cara.

"¡Gracias, papá!"

Javier aceptó el título sin dudarlo. Mateo, al lado de Sofía, empezó a llorar en silencio. Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras veía a su padre entregar todos los regalos a la otra familia.

Sofía lo abrazó con fuerza.

"Lo siento," susurró. "Siento haber sido tan ciega. Te juro, mi amor, que te encontraré un padre mejor. Un padre de verdad."

Mateo la abrazó con fuerza, su pequeño cuerpo temblando.

"Mamá," sollozó. "Vámonos de aquí."

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