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Portada de la novela Vuelvo al día de cosecha

Vuelvo al día de cosecha

Sofía regresa al pasado, justo al fatídico día de la vendimia en que perdió a su hijo Mateo. Decidida a cambiar el destino, no permitirá que Javier vuelva a sacrificarlos por Isabel y Valentina. Tras el dolor de una transfusión forzada que casi acaba con el niño, Sofía elige la libertad. Mientras Mateo rechaza a su padre y se refugia en el doctor Leo, ella firma el divorcio y huye con sus ahorros, dispuesta a todo por proteger la vida de su pequeño.
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Capítulo 3

Javier entró en casa más tarde, oliendo al perfume caro de Isabel.

"¿Por qué no estáis listos para la fiesta?" preguntó, ajeno a la tormenta que se había desatado en el corazón de su familia.

Sofía y Mateo no respondieron. Simplemente lo miraron desde el sofá.

Javier intentó acercarse a Mateo.

"Campeón, ¿qué pasa? ¿No quieres ir a ver los fuegos artificiales?"

Mateo se encogió y se escondió detrás de Sofía. Javier frunció el ceño, confundido por el rechazo. Sofía podía ver el dolor en los ojos de su hijo.

"Papá," preguntó Mateo con voz temblorosa, "¿y mi regalo?"

Javier pareció recordarlo de repente. Metió la mano en el bolsillo y sacó un caramelo envuelto en papel celofán.

"Ah, sí. Se me olvidó. Pero te traje esto."

Mateo miró el caramelo y luego las bolsas vacías en el coche de su padre. No dijo nada. Simplemente negó con la cabeza y se aferró más a su madre.

La decepción era un peso tangible en la habitación.

"Le compraré un juguete mañana," le prometió Javier a Sofía.

Sofía sabía que era una promesa vacía. Mañana habría otra necesidad de Isabel, otra urgencia de Valentina.

Esa noche, cenaron en silencio. Pan, queso y un poco de sopa. Javier miró el plato con desdén.

"¿Esto es todo lo que hay?"

"Es todo para lo que alcanza el dinero que nos dejas," respondió Sofía, su voz sin emoción.

Javier iba a protestar, a justificar sus gastos, pero el teléfono sonó. Era Isabel.

"Javier, cariño," se escuchó su voz melosa por el altavoz. "Valentina no puede dormir. ¿Podrías traerle esa leche especial que le gusta de la ciudad?"

"Claro," respondió Javier al instante. "Voy para allá."

"Papá, no te vayas," suplicó Mateo.

Javier le revolvió el pelo.

"Tengo que hacerlo, hijo. Valentina está enferma."

Se fue sin mirar atrás.

Mateo buscó consuelo en los brazos de su madre. Sofía lo abrazó, sintiendo la rabia arder en su interior. Se quedó despierta toda la noche, escuchando la lluvia golpear contra la ventana. Un mal presentimiento se instaló en su pecho.

A la mañana siguiente, Mateo se despertó ardiendo en fiebre. Tenía dificultades para respirar.

Sofía entró en pánico.

Corrió a casa de una vecina para usar su teléfono y llamar a Javier. No contestó.

"Lo vi salir muy temprano," dijo la vecina. "Llevaba a Isabel y a su hija en el coche. Creo que iban al hospital de la ciudad. La niña tenía un poco de tos."

Rabia. Una rabia fría y pura recorrió a Sofía.

Era la misma historia. La misma negligencia. La misma elección.

En su vida pasada, esperó. Esperó a que Javier volviera, a que la ayudara. Esa espera le costó la vida a su hijo.

Esta vez no.

"No voy a esperar," se dijo a sí misma.

Envolvió a Mateo en una manta y salió corriendo bajo la lluvia torrencial, sin importarle nada más que llegar a la clínica.

Corrió por las calles embarradas, el agua calándola hasta los huesos. A mitad de camino, resbaló y cayó. La rodilla le sangraba.

Justo cuando pensaba que no podría más, un coche se detuvo a su lado.

Un hombre joven bajó la ventanilla.

"Señora, ¿necesita ayuda?"

Era Leo, el nuevo médico. El mismo que había intentado salvar a Mateo en su otra vida.

"Mi hijo," jadeó Sofía. "Está muy enfermo."

Leo no hizo preguntas. La ayudó a subir al coche y condujo a toda velocidad hacia la clínica.

En la clínica, Leo atendió a Mateo con una calma y una pericia que tranquilizaron a Sofía. Le diagnosticó una neumonía grave y le administró el tratamiento necesario.

Mientras esperaba, Sofía vio a Javier en la recepción del hospital privado de la ciudad, que estaba justo enfrente.

Estaba pagando una factura enorme por el tratamiento de Valentina. Isabel estaba a su lado, secándose lágrimas falsas. Valentina, a su lado, jugaba con una tablet nueva.

Javier ni siquiera miró hacia la clínica pública donde su propio hijo luchaba por respirar.

El médico le dijo a Sofía que necesitaba pagar el tratamiento de Mateo. Ella no tenía dinero. Javier se lo había llevado todo.

Sin dudarlo, se quitó el anillo de bodas de su dedo. El oro, que una vez simbolizó amor y promesas, ahora solo representaba traición.

Lo dejó caer sobre el mostrador. El sonido metálico fue el punto final de su matrimonio.

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