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Portada de la novela Vuelves a mi vida

Vuelves a mi vida

Tras hallar a su novio con su hermanastra, la doctora Aida Bell huye del país embarazada tras una noche con un desconocido. Años después, regresa para rescatar a su padre y a su hijo. Su única salida es suplantar a su hermanastra en un matrimonio arreglado con un hombre supuestamente enfermo. Entre sacrificios y secretos, Aida deberá navegar un camino lleno de desafíos y antiguas heridas mientras intenta reconstruir su destino en medio del dolor.
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Capítulo 1

Aida Bell siempre se quedaba en el laboratorio por trabajo, pero ese día decidió regresar a casa con su novio y compartir una apasionada noche con él, después de todo, tenía una maravillosa noticia que contarle.

Sin embargo, cuando llegó, se sorprendió de que su media hermana estuviera en su lugar. Teniendo sexo con su novio en la misma casa y en la misma cama donde dormían. Aida no pudo contener las lágrimas, solo pensaba en irse de allí y después enviar al infierno al hombre que decía amarla sobre todas las cosas.

De la misma manera que entró, tomó sus cosas y salió por esa puerta nuevamente, dejando atrás aquella dolorosa escena. Espero pacientemente fuera de la casa y se llevó la sorpresa de que su novio llevo incluso a su hermanastra de vuelta a casa después de acabar aquella atrocidad para su corazón.

La mujer respiró hondo y le envió un mensaje de texto a su ex novio diciéndole brevemente que se estaban separando. Ella no quería tener nada que ver con él y después de lo que vio, mucho menos. Su nueva vida estaba llegando y él no estaba incluido en ella.

Su nuevo objetivo era ahora un buen lugar para beber que le hiciera olvidar todo lo que sucedió y qué mejor que un lugar familiar. Aida bebió hasta olvidar su pena al mismo tiempo que su cuerpo no daba para más. Pronto subió las escaleras del bar que conducían a las habitaciones para descansar y para algunos clientes VIP. Abrió la puerta y sin darse cuenta de la figura que estaba sentada en el sofá de la habitación, tiró su cuerpo sobre la cama y cerró los ojos sin darse cuenta de que esa figura se acercaba lentamente a ella.

El olor a almizcle llenó las fosas nasales de la joven que abrió lentamente los ojos para mirar a un hombre apuesto, fornido y de rostro fuerte que la miraba como un depredador a su presa.

Aida lo recorrió con la mirada de principio a fin, el hombre la atraía y movía cada fibra de su cuerpo, y al parecer en ese hombre no le sucedía lo contrario. Le gustaba esa mujer y era más que notable; sus pantalones se apretaron con solo verla sobre esa cama con su vestido medio abierto, dejándole ver sus muslos y su cabello esparcido sobre la cama.

El hombre tomó el último sorbo de su copa para luego acercarse a la chica que lo esperaba con ojos brillantes y mirada triste mientras pasaba un trago amargo. Estaba muy nerviosa y su sentido de la justicia la estaba traicionando. Sin embargo, deseaba a este hombre y el sentimiento era mutuo. Y como si fuera una invitación, ese hombre se lanzó sobre ella como una bestia y la hizo suya durante toda la noche, disfrutando de cada segundo que pasaba.

El amanecer suplantó la noche que se fue con aquel hombre al que Aida recordaba vagamente y el dolor de cabeza no ayudó en nada en el intento por recordarlo.

Aida tomó su vestido y miró el desgarré en la tela, frunció los labios y suspiró con molestia antes de girarse para mirar al costado de la cama, notando una pequeña caja con un lazo dorado estaba junto a ella con una pequeña nota y eso la hizo sonreír.

Aparentemente, el hombre estaba orientado a los detalles a pesar de su apariencia fría y eso era algo raro en los hombres que había llegado a conocer.

Abrió la caja y se impresiono al ver su contenido, acto seguido se vistió y salió de allí como toda una diva aunque con una severa resaca encima.

Preparó todo y poco después se fue al extranjero. Su objetivo era seguir estudiando medicina y no se detendría por nada del mundo. Y así fue hasta unos años después, cuando recibió la noticia de que su padre estaba gravemente enfermo. Por eso, con un hijo enfermo de leucemia, volvió a casa.

Tomó el primer vuelo y llegó a la casa de su padre justo a tiempo. Al poco tiempo escuchó los gritos de su hermanastra por toda la casa y puso cara de molestia al escuchar lo que dijo después de lo que le hizo con su ex.

—¡No me voy a casar con un vegetal! ¿¡Se han vuelto locos!?

—¡Es necesario, hija! ¿No estás viendo a tu padre?

—No… digo, sí, pero no quiero casarme con ese hombre, me niego rotundamente.

—Cariño, ese hombre fue alguna vez el presidente de la compañía médica más grande. —Su madre explicó pacientemente—. Sigue siendo un gran partido, tendrás mucho dinero y ayudarás a tu padre.

—¿Cómo puedes decir eso madre? ¡Ese hombre sigue siendo un vegetal, no se va a levantar de ahí aunque le ocurra un milagro! ¡Imagina cómo voy a vivir con eso! No me importa si es el rey de todo el mundo, definitivamente no seré su esposa.

—Tienes que hacerlo por tu padre —insistió la mujer.

—¿Y por qué Aida no se casa en mi lugar? ¡Es perfecta! Ella es soltera y puede estar al tanto de esa verdura…

De repente la risa de Aida se escuchó por toda la habitación, estaba llena de burla y al mismo tiempo de conmoción. Escuchar a esa mujer decir aquella propuesta no generó más que gracia, teniendo en cuenta que la estaban eligiendo a ella.

—¿Y porque tendría que casarme yo con él si es a ti a quien están pidiendo en matrimonio?

—No puedo. Soy demasiado hermosa para casarme con un hombre que ni siquiera puede levantarse de la cama para ir al baño.

—La belleza se termina “hermana” —comentó Aida, levantando los dedos índice y medio de ambas manos—. Al final solo tienes la compañía de un buen hombre y nada más que eso.

—Bueno, la compañía de ese hombre no es la mejor de todas —murmuró a regañadientes.

—¿Por qué no peleas por ese hombre esta vez, Marie? No pierdes nada con intentarlo.

—No, definitivamente no. —Negó insistentemente con un gesto de disgusto—. Prefiero ponerme ácido en lugar de esmalte de uñas.

Aida resopló y trató de mantener la calma, pero fue imposible, la cara de estupidez de aquella mujer le revolvía el estómago de la misma manera que lo revolvía el recuerdo de su descaro.

—¡Vaya! En otras palabras, lo tuyo definitivamente es ir de palo en palo —dijo Aida molesta, poniendo los ojos en blanco—. ¡Típico de ti! Ya nada me sorprende contigo después de eso.

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