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Portada de la novela Vidas Compradas

Vidas Compradas

La tranquila existencia de Valeria se desmorona tras la llegada de Alexander Wolfe, un magnate dominante que no admite un no por respuesta. Al ser arrastrada a un mundo de opulencia y pasiones prohibidas, ella descubre que la fascinante fachada de Wolfe oculta secretos oscuros y peligrosos. Atrapada en un juego de poder, Valeria debe elegir entre escapar para salvarse o ceder ante la arrolladora intensidad de un hombre capaz de destruirla.
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Capítulo 1

El teléfono vibró en mi mano, y cuando vi el nombre de Elena en la pantalla, supe que no podía ignorarlo. Había estado ocupada con mis propios estudios, pero Elena rara vez me pedía favores, así que decidí contestar.

"Val, necesito que me hagas un favor enorme", dijo Elena de inmediato, su voz sonaba ajetreada, como si estuviera atrapada en medio de una tormenta. "Tengo una entrevista muy importante, pero no puedo ir. Te lo ruego, no sé qué hacer."

Me recliné en la silla, suspirando con algo de preocupación. "¿Qué pasó, Elena? Pensé que ya habías preparado todo."

"Es que... no estoy bien, Val. No puedo ir. Pero tienes que hacerlo por mí. Tienes que ir en mi lugar y te lo ruego, no les digas que no soy yo. Di que eres Elena Carter, di que eres yo. Nadie tiene que saber que no soy yo."

Mi corazón se aceleró. "¿Qué? ¿Qué estás diciendo? No puedo hacer eso, Elena. ¿Hacerme pasar por ti? ¿Por qué no llamas a otro periodista?"

"Porque eres la única persona que conozco que puede manejarlo. Es Alexander Wolfe, Val. El CEO de Wolfe Enterprises. ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Es una oportunidad única, y no puedo dejarla pasar."

Me quedé en silencio, sopesando lo que me pedía. Alexander Wolfe era el hombre más rico de la ciudad, un magnate temido y admirado. La oportunidad de entrevistarle era el sueño de cualquier periodista... pero no de alguien como yo. No era periodista, y mucho menos me sentía capaz de mantener una fachada tan elaborada.

"Elena, no sé... no soy periodista. ¿Cómo se supone que voy a hacerle preguntas inteligentes? ¿Qué tal si me descubren?"

"Solo sigue las preguntas que preparé. Te las pasé anoche. No tienes que hacer nada difícil, Val. Solo háblales como lo haría yo, sin miedo, sin titubeos. Por favor. No puedo arruinar esto. Te debo una gran..."

"Está bien, lo haré. Pero solo porque me lo estás pidiendo, Elena", respondí finalmente, aunque mi estómago estaba en un nudo. "Pero no me pidas que lo haga más veces, ¿eh?"

"¡Gracias, gracias! Te debo una, Val, te lo juro. ¡Eres lo mejor!"

Colgué, sintiendo cómo el pánico comenzaba a instalarse en mi pecho. ¿Qué acababa de hacer? No solo tenía que sustituir a Elena, sino que debía actuar como si fuera ella. Y lo peor de todo... Alexander Wolfe. No sabía si era un ángel o un demonio, pero sabía que las personas como él no eran fáciles de impresionar.

---

Llegué al edificio de Wolfe Enterprises con el estómago hecho un nudo. La enorme torre de cristal parecía absorber toda la luz a su alrededor, como si se tratara de un ser vivo y despiadado. Al cruzar las puertas automáticas, el aire frío me golpeó el rostro, como si la fría indiferencia del lugar también me envolviera.

La recepción estaba llena de gente que se movía con prisa, hablando en teléfonos, saludando a otras personas con sonrisas calculadas. Me acerqué al mostrador, y la recepcionista, una mujer de rostro impasible, me indicó que tomara el ascensor hacia el último piso.

A pesar de que trataba de mantener la calma, mis manos temblaban levemente mientras me dirigía al ascensor. Una vez dentro, el ascensor ascendió rápidamente, y sentí cómo mi respiración se volvía más superficial. Todo lo que había leído sobre Alexander Wolfe me decía que no era un hombre fácil de impresionar. De hecho, algunos decían que sus respuestas eran frías y calculadas, que siempre parecía estar un paso adelante.

El ascensor se detuvo, y las puertas se abrieron. Un pasillo largo y silencioso se extendió ante mí, con ventanas a ambos lados, ofreciendo vistas espectaculares de la ciudad. Al final del pasillo, una asistente con expresión seria me esperaba junto a una puerta de madera oscura.

"Por favor, espere aquí", me indicó con una voz neutra.

Asentí y esperé, repasando mentalmente las preguntas que Elena había dejado preparadas. Me sentía como una impostora, pero ya no había vuelta atrás. Solo tenía que actuar con confianza y seguir el guion.

Un minuto después, la puerta se abrió y la misma asistente me invitó a entrar. Me levanté y caminé hacia el despacho. La oficina era imponente: una gran ventana panorámica, paredes de cristal, muebles minimalistas. Pero lo que realmente capturó mi atención fue él. Estaba de espaldas, mirando hacia la ciudad, con una postura tan recta que casi parecía una estatua de mármol.

"Señor Wolfe", logré decir, sintiendo que mi voz temblaba ligeramente.

Él se giró lentamente, y mis ojos se encontraron con su mirada fría y penetrante. Su porte era intimidante, sus ojos grises se fijaron en los míos con tal intensidad que sentí como si me estuviera evaluando. Era imposible no notar su presencia: alto, con un traje oscuro perfectamente cortado, y un rostro que parecía esculpido por los dioses.

"Señorita Carter, adelante", dijo con voz grave, invitándome a tomar asiento.

Me senté frente a su escritorio, en una silla que parecía demasiado grande para mí. Él permaneció de pie, observándome, su mirada inquebrantable, como si ya supiera que algo no estaba bien, pero no dijera nada al respecto.

"Entiendo que estas aqui en nombre de la Universidad", comentó, con una leve inclinación de cabeza.

"Sí, eso es correcto", dije, repitiendo las palabras que Elena me había dicho que usara. "Estoy aquí para comenzar la entrevista. Mi nombre es... Elena Carter."

El nombre salió de mis labios con una facilidad sorprendente. ¿Cómo podía ser tan fácil mentir? Pero en ese momento, lo único que quería era que todo saliera bien.

"Bien, señorita Carter", dijo con calma, y no pude evitar notar que había un leve matiz de duda en su voz, como si no estuviera completamente convencido. "Comencemos entonces."

Las preguntas siguieron una tras otra. Alexander respondió a cada una de ellas con la precisión y la frialdad de un hombre acostumbrado a tener todo bajo control. Habló de los logros de su empresa, de su visión para el futuro, de cómo su éxito no era fruto de la suerte, sino de un meticuloso plan estratégico. Cada respuesta era directa, casi cortante. No me sorprendió. Este hombre no hablaba de más.

-Su compañía ha crecido exponencialmente en la última década. ¿Cuál considera que ha sido el mayor desafío en este proceso?

Me observa en silencio unos segundos antes de responder.

-Anticiparme a los problemas antes de que ocurran.

Espero que continúe, pero no lo hace. Su respuesta es breve, concisa, como si cada palabra estuviera calculada.

-¿Cómo maneja la presión de dirigir una empresa tan grande?

-La presión es relativa. Si controlas todas las variables, no existe.

Su mirada se fija en la mía con tanta intensidad que mi piel se estremece. Me siento expuesta, como si pudiera ver más allá de mis palabras, de mi postura, de mi respiración.

Resisto el impulso de desviar la mirada y sigo con las preguntas. Él responde con la misma precisión fría. Sin rodeos, sin adornos.

-¿Desde cuando supo que le interesaba el mundo empresarial ?-pregunte nerviosa.

-En realidad nunca me gusto, no me gustaba nada, queria ser un vago, sin futuro, pero seamos honestos, mi familia adoptiva no se merecía eso después de darme un hogar, asi que lo hice por los demas, aqui estoy siendo el hombre mas rico del país y el segundo del mundo-respondio con calma.

-¿Eres adoptado?-pregunte sorprendida

-Si, todo el mundo lo sabe, pero al parecer usted no.

Me tense y seguí con mis preguntas.

Pero lo que sí me sorprendió fue cómo su mirada no se apartaba de mí. Cada vez que respondía, sus ojos no se movían de mi rostro, como si estuviera leyendo más allá de mis palabras. Como si supiera que algo no cuadraba, pero no pudiera poner el dedo en ello.

¿Estaría notando algo raro? Pensé para mis adentros, pero traté de mantener la calma, haciendo las preguntas como si nada pasara.

Cuando llegamos al final de la entrevista, me sentí como si hubiera salido ilesa, pero algo me decía que él no estaba tan convencido como parecía. En cuanto terminé de hacer la última pregunta, cerré la libreta rápidamente.

"Gracias por su tiempo, señor Wolfe", dije, levantándome de la silla.

Él asintió levemente. "Un placer, señorita Carter."

Me dirigí hacia la puerta, aliviada por haber sobrevivido a la entrevista, pero en ese momento, la torpeza hizo su aparición. Mis pies tropezaron con la alfombra, y antes de que pudiera reaccionar, sentí una fuerte mano en mi brazo, deteniéndome.

"Ten más cuidado, señorita Carter", murmuró, su voz grave resonando cerca de mi oído.

"Lo siento..." balbuceé, mirando sus ojos grises, que se clavaron en los míos con una intensidad inexplicable.

Su agarre en mi brazo no se aflojó de inmediato. Por un segundo, se quedó observándome, como si estuviera esperando algo. Entonces, sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa.

"¿Sabes, Elena?", dijo, su tono más suave, pero aún penetrante. "Sabía que algo no cuadraba desde el principio."

Mi corazón se detuvo. "¿Qué... qué quiere decir con eso?"

Alexander se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos brillando con una chispa de satisfacción. "Sé quién eres, Valeria Morgan. No eres Elena Carter."

El mundo pareció detenerse por un instante.

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