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Portada de la novela Vidas Compradas

Vidas Compradas

La tranquila existencia de Valeria se desmorona tras la llegada de Alexander Wolfe, un magnate dominante que no admite un no por respuesta. Al ser arrastrada a un mundo de opulencia y pasiones prohibidas, ella descubre que la fascinante fachada de Wolfe oculta secretos oscuros y peligrosos. Atrapada en un juego de poder, Valeria debe elegir entre escapar para salvarse o ceder ante la arrolladora intensidad de un hombre capaz de destruirla.
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Capítulo 2

Mi respiración se detuvo en seco cuando Alexander Wolfe pronunció mi verdadero nombre. "Sé quién eres, Valeria Morgan. No eres Elena Carter." El mundo pareció congelarse a mi alrededor, y mis piernas temblaron mientras intentaba procesar lo que acababa de decir. ¿Cómo lo sabía? ¿Desde cuándo? Mi mente era un caos, pero mi cuerpo reaccionó por instinto: retrocedí un paso, buscando la puerta como si pudiera huir de la verdad que él acababa de soltar como una bomba.

- ¿De qué está hablando? - dije, forzando una risa nerviosa que sonó ridícula incluso para mí. - Soy Elena Carter, de la Universidad. Acabamos de terminar la entrevista, ¿no? Creo que hay un malentendido.

Él no se movió. Solo ladeó la cabeza ligeramente, sus ojos grises clavados en mí como si pudiera ver a través de cada una de mis mentiras.

- No hay malentendido, Valeria. No soy un hombre que confunda los detalles. Y tú... tú no eres periodista. Lo supe desde el momento en que cruzaste esa puerta.

Me quedé paralizada, aferrando la libreta contra mi pecho como si fuera mi última defensa. ¿Cómo sabía mi nombre? No se lo había dicho a nadie en ese edificio. Ni siquiera a la recepcionista. Mi cabeza era un torbellino, pero no encontraba escapatoria. Solo podía mirarlo, atrapada bajo el peso de su presencia.

- Siéntate otra vez - dijo con una calma que me erizó la piel, señalando la silla que acababa de abandonar.

Era una orden disfrazada de sugerencia, y aunque quería salir corriendo, mis piernas me traicionaron y obedecieron. Me senté, rígida, mientras él tomaba asiento al otro lado del escritorio, cruzando las manos frente a él como si estuviéramos a punto de cerrar un trato.

- ¿Cómo sabe mi nombre? - pregunté al fin, mi voz apenas un susurro. - No entiendo qué está pasando.

Alexander sonrió, pero no había calidez en esa curva de sus labios. Era la sonrisa de alguien que sabía que tenía el control absoluto.

- Soy un hombre de recursos, Valeria. Cuando alguien entra en mi oficina, me aseguro de saber exactamente con quién estoy tratando. Elena Carter tiene un perfil claro: artículos en revistas estudiantiles, una foto en la página de la Universidad. Tú, en cambio... - Hizo una pausa, inclinándose hacia adelante. - Tú no existes en ese mundo. Así que hice una llamada mientras estabas aquí, tropezando con tus propias palabras.

- ¿Una llamada? - repetí, sintiendo cómo el pánico subía por mi garganta.

- A un contacto en la Universidad. Les pedí que verificaran si Elena Carter había llegado a su cita. Me dijeron que estaba enferma. Curioso, ¿no? Que una mujer enferma aparezca aquí... o mejor dicho, que alguien más lo haga por ella.

El calor inundó mi rostro. Estaba atrapada, y él lo sabía. Pero aun en medio del miedo, una chispa de curiosidad se encendió en mí.

- ¿Por qué no me detuvo antes? - pregunté. - Si sabía que no era ella, ¿por qué me dejó seguir con la entrevista?

Alexander se recostó en su silla, observándome con esa calma inquietante que lo definía.

- Porque quería ver hasta dónde llegarías. Hay algo intrigante en la audacia, incluso cuando está mal ejecutada. Y tú, Valeria, tienes audacia. Aunque no tengas ni idea de lo que estás haciendo.

No supe si sentirme halagada o humillada. Solo sabía que estaba en problemas.

- Entonces, ¿qué va a hacer ahora? - dije, mi voz temblando. - ¿Llamar a la policía? ¿Demandarme por fraude?

Él arqueó una ceja, como si la idea le pareciera absurda.

- ¿Y desperdiciar una oportunidad como esta? No, Valeria. No voy a hacer nada de eso. Quiero hacerte una propuesta.

Fruncí el ceño, desconcertada.

- ¿Una propuesta?

- Así es - respondió, levantándose de su silla y caminando hacia la ventana. Miró la ciudad como si fuera suya, su postura recta proyectando una autoridad casi tangible. - Verás, hay algo en ti que me atrae. No solo tu audacia, sino... tú. Hay una chispa en ti que no puedo ignorar. Soy un hombre de gustos peculiares, Valeria, y me gustaría explorar eso contigo.

Mi boca se abrió, pero no salió ninguna palabra. ¿Qué estaba diciendo? Mi corazón latía con fuerza, y una mezcla de confusión y alarma me recorrió.

- ¿Explorar qué? - logré articular, mi voz más aguda de lo que pretendía.

Él se giró hacia mí, y por primera vez vi algo diferente en sus ojos: un brillo intenso, casi magnético.

- Quiero cumplir ciertas fantasías contigo. Todo bajo tu consentimiento, por supuesto. Nada ilegal, nada que no acuerdes de antemano. Pero creo que podrías sorprenderme... y yo podría sorprenderte a ti.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Esto no era lo que esperaba. ¿Fantasías? ¿Con él? Mi mente se llenó de preguntas, pero mi lengua apenas pudo formar una.

- ¿Qué... qué tipo de cosas? - pregunté, mi voz temblorosa revelando mi nerviosismo.

Alexander dio un paso hacia mí, su mirada fija y penetrante.

- Tendrías que firmar primero - dijo con una calma escalofriante. - Un acuerdo de confidencialidad. Solo entonces te daré los detalles. No puedo revelarlo todo sin saber que estás comprometida.

- ¿Firmar? - repetí, incrédula. - ¿Qué clase de acuerdo?

- Uno simple - respondió, acercándose al escritorio y sacando una carpeta de un cajón. La deslizó hacia mí, pero no la abrí. - Es para protegernos a ambos. Mis gustos no son convencionales, pero te aseguro que todo será seguro, consensuado y legal. Solo necesitas decir que sí.

Miré la carpeta como si fuera una serpiente venenosa. Mi mente gritaba que esto era una locura, que debía levantarme y salir de allí. Pero mis manos temblaban, y mis ojos volvieron a él, buscando alguna señal de que esto era una broma. No la encontré. Solo había esa certeza fría y magnética en su expresión.

- No... no sé qué decir - balbuceé, levantándome de la silla con torpeza. - Esto es demasiado. No puedo...

- Piénsalo - dijo él, su voz suave pero firme. - No tienes que decidir ahora. Pero la oferta no estará sobre la mesa para siempre.

Sacudí la cabeza, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mí.

- Lo siento, señor Wolfe - dije, dando un paso hacia la puerta. - No puedo hacer esto. Me voy.

- Valeria - llamó él, pero no me detuve.

Abrí la puerta de un tirón y salí corriendo por el pasillo, mis tacones resonando contra el suelo pulido. El aire frío del ascensor me golpeó cuando entré, y presioné el botón del vestíbulo con dedos temblorosos. Mientras descendía, mi mente era un caos. ¿Qué acababa de pasar? Alexander Wolfe no solo había descubierto mi mentira, sino que me había arrastrado a algo mucho más extraño, algo que no entendía y que me aterrorizaba.

Cuando llegué al vestíbulo, no miré atrás. Corrí hacia la salida, el eco de su voz aún resonando en mi cabeza: "Mis gustos no son convencionales." No sabía qué significaba eso, y no estaba segura de querer saberlo. Todo lo que quería era alejarme de él, de su oficina, de esa propuesta que me había dejado al borde del abismo.

Pero mientras cruzaba las puertas de cristal y el aire fresco de la ciudad me envolvía, una parte de mí -una pequeña, traicionera parte- no podía evitar preguntarse qué habría pasado si me hubiera quedado.

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