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Portada de la novela Venganza Cruel a mi Mujer

Venganza Cruel a mi Mujer

La muerte de su padre oculta un oscuro secreto que apunta al coleccionista Alejandro Vargas. Al encarar la verdad, el protagonista descubre que su esposa Laura es una mujer despiadada que desprecia su dolor. La tragedia escala cuando Laura ordena el asesinato de Sofía, la hermana de este, tras una gala de arte. Consumido por la traición y la pérdida de su familia, él renuncia a las leyes para ejecutar una cacería violenta y letal contra los culpables.
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Capítulo 2

El aire en el despacho de mi padre todavía olía a él, una mezcla de café viejo y papel, el aroma de una vida dedicada a desenterrar verdades que otros querían mantener ocultas.

Habían pasado tres días desde el funeral, tres días en los que el mundo se sentía silencioso y descolorido.

Me senté en su silla de cuero gastada, la misma que había girado mil veces mientras él me contaba historias de casos resueltos.

Sobre el escritorio, entre pilas de archivos, yacía la última pieza de su rompecabezas, una fotografía de una escultura prehispánica, una figura de arcilla con ojos vacíos que parecían saberlo todo.

"El Guardián Silencioso", había escrito mi padre en el reverso con su letra apresurada.

Esa escultura era la razón por la que estaba muerto.

La policía lo llamó un robo que salió mal, pero yo sabía la verdad.

Mi padre estaba investigando una red de tráfico de arte, una red que llegaba hasta lo más alto, y esa pieza era la clave para desmantelarla.

La puerta se abrió y Laura, mi esposa, entró.

No me miró a mí, ni al desorden de la oficina que representaba mi dolor, sus ojos se posaron en su reflejo en el cristal de la ventana.

"Ricardo, tienes una llamada del museo", dijo, su voz sin una pizca de la calidez que alguna vez tuvo.

"Quieren saber si volverás la próxima semana".

No respondí, mis dedos trazaban el contorno de la escultura en la fotografía.

"Deberías volver", continuó, ajustándose el blazer de diseñador, "La vida sigue, no puedes quedarte aquí para siempre".

"Mi padre está muerto, Laura".

Mi voz sonó hueca, extraña en esa habitación llena de sus recuerdos.

"Y lo sé, fue una tragedia terrible", dijo ella, finalmente girándose para mirarme, pero su mirada era impaciente, "Pero tienes una carrera, una vida. El señor Vargas me invitó a la vista previa de su nueva colección esta noche, es una gran oportunidad para mi galería, necesito que vengas conmigo".

El nombre me golpeó en el estómago.

Vargas.

Alejandro Vargas, el influyente coleccionista de arte, el hombre que mi padre sospechaba que lideraba toda la operación.

El principal sospechoso de su asesinato.

"¿Vargas?", pregunté, mi voz temblaba de ira contenida, "¿El hombre que mi padre estaba investigando?".

Laura suspiró, un sonido de pura exasperación.

"Oh, por favor, Ricardo, no empieces con tus teorías de conspiración, tu padre era un detective privado, veía criminales en todas partes, Vargas es un cliente, uno muy importante".

"Él lo mató, Laura, o mandó que lo mataran".

"Estás siendo paranoico", espetó ella, "Estás obsesionado, y estás arrastrando mi carrera contigo".

Me levanté, la silla chirrió contra el suelo de madera.

"¿Tu carrera? ¿Es todo lo que te importa?", le grité, "¡Mi padre sacrificó todo por nosotros! Trabajó día y noche para que yo pudiera estudiar, para que tú pudieras abrir tu maldita galería, ¡y ahora está muerto por buscar justicia!".

Recordé las noches en que mi padre llegaba tarde, con los hombros caídos por el cansancio, pero siempre con una sonrisa para mí y para Sofía, mi hermana.

Recordé cómo había vendido su auto clásico para pagar la renta del primer local de Laura.

Todo eso parecía no significar nada para ella ahora.

"No me hables así", dijo fríamente, su rostro una máscara de arrogancia, "Esos fueron sus sacrificios, no los tuyos, madura de una vez, Ricardo".

Su teléfono sonó en ese momento, y ella contestó con una voz melosa que me revolvió el estómago.

"Alejandro, querido... Sí, por supuesto que iremos... Ricardo está un poco emocional, ya sabes... No, no, estará bien para la noche".

Colgó y me miró con una superioridad aplastante.

"Ponte algo decente, nos vamos en una hora".

Se dio la vuelta y salió, dejándome solo con el fantasma de mi padre y la fotografía de la escultura.

Mi familia, los De la Cruz, habíamos sido guardianes de la historia durante generaciones, curadores, historiadores, gente que creía que el pasado tenía un valor más allá del dinero.

Mi padre rompió esa tradición para buscar justicia de una manera más directa, pero la sangre era la misma.

Apreté la fotografía en mi puño.

Laura podía estar cegada por la ambición, el mundo podía estar lleno de hombres como Vargas, pero yo no iba a dejar que el sacrificio de mi padre fuera en vano.

Iba a ir a esa fiesta, no como el esposo de la galerista, sino como el hijo de un detective asesinado.

Y encontraría la verdad, costara lo que costara.

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