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Portada de la novela Vendida por Amor Falso

Vendida por Amor Falso

Sofía Reyes sufre la peor traición cuando Isabella, su amiga más cercana, la droga y vende para casarla a la fuerza con Mateo. Tras despertar cautiva, soporta los abusos de Ramona y la frialdad de su primo Carlos. Su pesadilla alcanza un punto crítico cuando un hombre intenta ultrajarla, pero la oportuna llegada de su abuelo, Don Eladio, cambia su destino. Rescatada del horror, Sofía se prepara para que sus verdugos paguen por cada una de sus ofensas.
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Capítulo 2

Isabella me sonrió, sus ojos brillando con una luz que yo confundí con amistad, y me pasó una botella de agua.

"Toma, Sofí, te ves súper estresada con tanto examen. Te va a ayudar a relajarte."

Junto al agua, me ofreció un dulce. Un caramelo de leche, de esos cremosos envueltos en papel de arroz comestible. Mi favorito desde que éramos niñas.

"Y un dulce para la mejor estudiante", dijo con esa voz melosa que usaba siempre.

Confié en ella, como siempre lo había hecho, bebí el agua de un trago y me metí el dulce en la boca, el sabor familiar me tranquilizó por un instante, pero algo en el agua se sentía raro, un amargor casi imperceptible.

No le di importancia, el cansancio de las últimas semanas de estudio me estaba matando, y pronto, una pesadez abrumadora se apoderó de mi cuerpo, mis párpados se sentían como plomo y lo último que recuerdo es la sonrisa extraña de Isabella, una sonrisa que ya no parecía de amiga, sino de triunfo.

El despertar fue un golpe violento a mis sentidos.

No estaba en mi cama, ni en mi casa, el aire olía a tierra húmeda y a humo de leña, una mezcla pesada y desconocida.

Me dolía la cabeza y sentía el cuerpo entumecido, como si no me perteneciera.

Estaba en un cuarto pequeño, con paredes de adobe y un techo de lámina, la única luz entraba por una ventana sin vidrio, cubierta con una tela raída.

Una mujer robusta, de piel morena y gesto duro, entró al cuarto sin llamar.

Me miró de arriba abajo, con una mezcla de desprecio y satisfacción.

"Ya despertó la señorita de la ciudad", dijo con una voz rasposa.

"¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?", pregunté, mi voz sonaba débil y asustada.

La mujer soltó una carcajada seca, sin alegría.

"Estás en tu nueva casa, muchacha, soy tu suegra, y más te vale que te vayas acostumbrando."

"¿Suegra? ¿De qué habla? Esto es un error, un secuestro", grité, intentando ponerme de pie.

"Ningún error", dijo, acercándose a mí con paso amenazante. "Tu amiguita, esa tal Isabella, nos hizo el favor de traerte, te vendió bien y bonito para que te cases con mi hijo, Mateo."

El mundo se me vino abajo, las palabras de la mujer eran un martillo que destrozaba cada una de mis esperanzas.

Isabella, mi mejor amiga, me había traicionado, me había vendido como si fuera un objeto.

La rabia y la desesperación me dieron una fuerza que no sabía que tenía.

Me levanté de golpe, empujando a la mujer a un lado y corrí hacia la puerta.

Tenía que escapar, tenía que volver a casa y hacer que Isabella pagara por esto.

Pero mi cuerpo no respondió, las piernas me temblaban y la cabeza me daba vueltas, apenas di dos pasos antes de caer al suelo de tierra.

La mujer, que ahora supe se llamaba Ramona, me alcanzó en un segundo.

Me agarró del pelo y me arrastró de vuelta al catre de madera.

"¿A dónde crees que vas, estúpida?", siseó en mi oído. "Pagamos por ti, ahora nos perteneces."

Sentí el ardor en el cuero cabelludo y las lágrimas de impotencia corrieron por mis mejillas.

Forcejeé, pataleé, grité, pero era inútil, ella era mucho más fuerte que yo.

Me abofeteó con fuerza, una y otra vez, hasta que mi cara ardió y el sabor metálico de la sangre llenó mi boca.

"¡Cállate!", gritó. "¡Cállate o te irá peor! Aquí no valen tus gritos de niña rica."

Cada golpe era una nueva capa de humillación, cada insulto me rompía un poco más por dentro.

"Por favor...", supliqué, con la voz rota. "Mi familia tiene dinero, les pagaré el doble, el triple de lo que les dio esa... esa traidora, solo déjenme ir."

Ramona y un hombre mayor, que supuse era su esposo, soltaron una carcajada burlona que resonó en el pequeño cuarto.

"¿Dinero?", se mofó el hombre. "¿Crees que con tu dinero vas a comprar tu libertad? Aquí las cosas no funcionan así, el dinero se acaba, pero una buena esposa para mi hijo, eso dura para siempre."

Me sentí atrapada, sin salida, un animal en una jaula.

Lloré en silencio, mientras ellos seguían burlándose de mí, de mi desesperación.

Pero en medio de la oscuridad, algo llamó mi atención.

El patrón de los bordados en una servilleta que cubría una canasta en un rincón, era idéntico a los que mi abuela hacía.

Y el olor... ese olor a copal quemado, el mismo que mi abuelo usaba para limpiar la casa de las malas vibras.

Miré por la ventana de nuevo, y a lo lejos, vi la silueta de un cerro, un cerro que conocía perfectamente por las fotos viejas de mi familia.

El corazón me dio un vuelco.

El horror y la incredulidad me invadieron.

No podía ser.

No podía estar en ese lugar.

Este pueblo remoto en Oaxaca, este lugar olvidado por el mundo... era el pueblo de mis abuelos.

El lugar donde mi abuelo, Don Eladio, era el hombre más respetado, una leyenda.

De repente, el miedo se transformó.

Una chispa de furia y de una extraña seguridad se encendió en mi pecho.

Ellos no sabían a quién tenían encerrada.

No tenían ni la más remota idea del infierno que estaban a punto de desatar.

Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y los miré fijamente, mi voz ya no temblaba.

"Ustedes van a lamentar esto", dije, con una calma que los sorprendió. "Van a lamentar el día en que decidieron comprar a la nieta de Eladio Reyes."

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