Portada de la novela AMOR IMORTAL

AMOR IMORTAL

9.2 / 10.0
Lía y su hermano Julián sobreviven a la brutalidad de su padre en un entorno hostil. Alexander D'Angelis, tras un romance con ella, huye de la nación cargado de odio. El tiempo pasa y el destino los conecta de nuevo cuando Enrique, hermano de Alexander, aparece en su camino. Junto a Lukas, Selene y Valeri, este grupo de seres sobrenaturales les mostrará que la muerte es solo el inicio y que el amor es una mentira en un mundo oscuro donde la maldad reina sin control.

AMOR IMORTAL Capítulo 1

I

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1989, año del cambio

18 de marzo, 1989

La vida te lleva por diferentes caminos a lo largo de los años, guiándote por cada uno de ellos, junto con la experiencia y conocimiento que vas adquiriendo de manera personal. Es difícil interpretar los mensajes que el universo tiene para nosotros, hay ocasiones en las que tenemos las oportunidades frente a nuestros ojos, y junto con esas oportunidades tenemos todas las facilidades y herramientas para poder tomar las decisiones que nos lleven hacia esas mismas encrucijadas, y quizás así cumplir todos aquellos objetivos o sueños que nos hemos impuesto a nosotros mismos. Sin embargo, tan fácilmente los dejamos pasar. ¿Será eso lo que el destino tenía planeado para nosotros? ¿O nuestro error es dejar ir aquello que en un momento preciso se nos ofreció? ¿Eso pondrá furioso al universo? Realmente no tengo respuesta a ninguna de mis propias preguntas, creo firmemente que nunca lo sabremos. Al final del día vida solo hay una o eso es lo que todos aseguran. Todo lo que acontece a nuestro alrededor debe tener un propósito, uno que cambiará por completo el rumbo de toda la historia, un efecto mariposa que inicia conmigo y termina conmigo, pues es que para mí no existe nada más que no sea yo mismo, algo que puede sonar demasiado egoísta, pero no tengo en nadie más que pensar.

Eso me repito vida tras vida, por lo menos sé que he vivido más de una vez… ahora lo tengo muy claro dentro de mi mente, lo recuerdo con tanta claridad, el mismo rostro, la misma voz, la misma piel, mis ojos con la misma mirada. No sé si es algo que les ocurre a todos y no tengo intenciones de averiguarlo, no aún. Ahora solo quiero disfrutar, conocer, aprender, reír, enamorarme, tener sexo alocado, desprenderme de culpas que me atan al pasado, a un pasado del cual ya no soy parte y, por lo tanto, tampoco mis sentimientos y pensamientos deben estar allí. Por eso mismo decidí aceptar las oportunidades que se me presentaron y no dejarlas ir.

Hace dos semanas recibí una invitación a formar parte del intercambio anual estudiantil, en el cual forman parte más de 17 países, los más importantes, en los cuales están las mejores escuelas a nivel mundial y era yo uno de los seleccionados para formar parte de este gran evento internacional. Por supuesto que lo aceptaría, eso enaltece lo que soy, por fin todos los que me rodean podrán notar lo importante que soy y jamás dudar nuevamente de mis capacidades, nunca se atreverán a compararse conmigo, pues, sin duda alguna, mi nivel no es ni será jamás como el de ellos.

Los países participantes eran tan destacados; Japón, Estados Unidos, Inglaterra, Italia, Francia, Corea, entre muchos otros, pero hubo uno que me atrapó por completo… México, la mayoría de los profesores me dijeron que me alejara del continente, que México quizás no era mi mejor opción, pues creían que, entre todos los países del listado, México era el menos prometedor para este proyecto. Lo que ellos no saben es que en ese lugar se vivieron grandes momentos de la historia antigua, la cultura que existe en ese país no la voy a encontrar en ningún otro y es que la multiculturalidad me enloquece y México me la ofrece, ahí se concentra también gran parte de la energía vital que da equilibrio a nuestro planeta, es algo muy difícil de explicar, pero sé que ahí es donde debo ir, mi corazón me guía a estar ahí.

Estoy a solo minutos de bajar del avión, tan solo tres horas y media recorrí de Toronto a la Ciudad de México, fue difícil decir adiós al lugar que me acogió durante estos dieciséis años y por supuesto, también despedirme de mis padres… los amo demasiado y son un gran apoyo para seguir adelante, pero es importante saber decir adiós porque la vida es mía y tengo que vivirla como a mí me plazca, además solo será un año, nada del otro mundo.

Bajo las escaleras del avión, cruzo todo el aeropuerto con solo una maleta en mano y puedo sentir cómo todo es tan diferente. ¿Es normal sentir que el aire huele diferente en cada lugar del mundo? Pues no sé qué sucede, pero en verdad hay un aroma característico en cada sitio. Toronto huele como a ropa nueva, el frío deja una sensación fresca en mi nariz; en cambio, en la Ciudad de México persiste un aroma a pino, y el aire que entra por mis fosas nasales me deja la sensación de estar en un cuerpo que no es el mío. Creo que tengo recuerdos de este lugar, por eso hay algo que llama tanto mi atención, lo voy a recordar por completo y sé que todo cobrará sentido.

El día de mañana tendré que presentarme en la Universidad Nacional de Bellas Artes en el centro de la Ciudad de México. Tengo entendido que todos mis documentos fueron entregados por la misma universidad de Toronto, directamente a la universidad de este lugar, todo está resuelto, solo tengo que presentarme y listo, seré parte por un largo año de esta universidad y, sobre todo, de esta maravillosa ciudad. Nada puede salir mal.

Al llegar al departamento que alquilaron mis padres para mí, me sentí realmente extraño, un poco nostálgico, si soy honesto, pues, la soledad es algo que no puedo soportar. Esperaba conseguir amigos rápidamente, alguien con quien compartir mis inquietudes y también sentir apoyo y compañía. A pesar de vivir ese sentimiento a lo largo de toda la noche, pude dormir tranquilo, pues, también soy capaz de canalizar mis emociones y así no ser afectado tan drásticamente. Por la mañana, al despertar, recordé que mis padres dijeron que esta era una ciudad inmensa y que el tráfico por las mañanas me haría enloquecer, así que me apresuré y me aliste lo más rápido que pude, sin olvidar ningún detalle, me miré al espejo y estaba impecable, no había nadie que pudiera resistirse a mis encantos si yo decidiera enloquecerla o enloquecerlo de amor.

Pensé que mi trayecto sería más largo, pero mis padres pensaban en todo y el departamento estaba a tan solo 20 minutos de la universidad. Al entrar por las grandes puertas los guardias de la entrada me pedían mi gafete, venía preparado, así que no demoré ni tres segundos en sacarlo de mi bolsillo trasero en el pantalón, uno de ellos notó que era yo el alumno de intercambio, pues el gafete lo decía específicamente, pero él comenzó a hablarme en inglés, algo que no hacía para nada bien; me indicaba por donde debía seguir y a qué oficina entrar para ser atendido por un asesor estudiantil.

—¡Mil gracias! —le dije, por supuesto, en español. Debía saber que puedo hablar más de cuatro idiomas y saber que por algo estoy aquí.

—¡Oh!, pude haberme ahorrado la vergüenza y el mal rato de hablar inglés —dijo el agradable sujeto soltando una carcajada.

—Sin duda, puedes mejorar —le dije sonriéndole de vuelta y seguí mi camino hasta donde me había indicado, todo derecho llegando a las escaleras, doble a la izquierda y pude ver varios cubículos con letreros, yo estaba en busca del área de servicios escolares.

—Justo aquí —dije en voz baja hablando conmigo mismo. Toqué la puerta dos veces y pude ver a través del cristal, cómo una horrible mujer como de 60 años me miraba como si hubiera cometido un pecado al tocar su puerta y junto con ella había una chica, por suerte, mucho más joven, que se acercó, quitó el seguro y me indicó que debía seguir.

—¿Qué se te ofrece? —dijo aquella desagradable mujer, que ni siquiera volteaba la mirada hacia mí al hablar.

—Soy Alexander D’Angelis Sinclair, alumno de intercambio. Se me indicó venir a su oficina.

Le dije firmemente, ella creía que podía hacerme tambalear de miedo, pero no tenía ni idea de que yo no le temo a personas vulgares como ella.

—Excelente, ansiábamos tu llegada, soy Lia Saints Miranda.

Dijo la chica que se encontraba ahí, me dio la mano y sonrió muy gentilmente. Era tan bella que no pude quitar la mirada de ella por varios segundos, espero no haber parecido un acosador o un enfermo.

—Bienvenido, Alexander, ¿D’Angelis? —dijo la mujer, levantándose de su escritorio, yendo hacia mí para también darme la mano y presentarse.

—Así es, Alexander D’Angelis Sinclair —le reafirmé respondiendo a su pregunta.

—Muy bien, ella es Lia, como ya escuchaste, es pasante de este servicio, así que ella estará contigo toda esta semana dos horas al día, iniciando hoy con un recorrido por todo el plantel y en días próximos, explicándote temas que serán de bastante interés para ti.

Nuevamente, fui traicionado por mis instintos y mi mirada fue directo a ella, Lia me veía de la misma forma y lo pude sentir, pero ella estaba sonrojada, a diferencia de mí que estaba fascinado con su presencia. Ni siquiera me interesó preguntarle su nombre a aquella mujer.

—Excelente, gracias —le dije, mirándola dos segundos y volviendo mi vista a Lia.

—Bueno, vamos, iniciemos con esto —dijo Lia.

Abrió la puerta y me permitió la salida. Usualmente, por caballerosidad, la dejaría salir primero, pero en esta ocasión ella es anfitriona y yo invitado, así que seguí y salí. Al estar afuera ella tomó algunos papeles y folders que había en el escritorio de la mujer y se despidió de ella sin recibir respuesta, era bastante desagradable y grosera, pero nada que me importara, no era alguien con quien fuera a convivir. Volteé mi mirada a todos lados y vi la inmensidad del plantel, nuevamente volvieron los nervios a mi cuerpo, pues, por unos minutos, olvidé que estaba en una nueva escuela, en un nuevo país, iniciando todo por mi cuenta.

—Sígueme, te mostraré el área en la cual pasarás la mayor parte de tu tiempo…

Comenzó a hablar mientras caminaba tan rápido, que a pesar de ser más baja que yo me hacía cansarme, parecía tener bastante experiencia en esto, conocía muy bien el lugar y su trabajo. Me llevó de arriba abajo, de un extremo a otro y no dejó pasar ni un detalle, dejándome muy claro todo lo que me había explicado. Además de ser preciosa, era tan inteligente, ¿puede haber algo más perfecto en una mujer?

Sus ojos color miel brillaban con la luz que el sol ponía en su rostro, mientras caminábamos por el patio totalmente solos, pues todos estaban dentro de sus salones ya. Su cabello era pelirrojo y yo moría de ganas de preguntarle si era natural, pero siendo sincero, era demasiado bello para ser teñido. Tenía pecas, algunas pecas en su rostro y cuello, eso me hace pensar que debe tenerlas en toda la piel. Bastante sexy, no lo puedo negar.

—¿Tienes alguna duda hasta el momento?

Dijo de pronto, tomándome por sorpresa, pues yo perdí la noción de todo por varios segundos, porque miraba cada detalle que había en ella.

— Ninguna, todo claro.

Le tuve que mentir, no quería que tuviera un mal concepto de mí, viéndome como un distraído o torpe.

—Muy bien, Alex, ¿Sí puedo llamarte Alex? —preguntó.

—¡Claro! Puedes llamarme como gustes, no hay problema —le dije.

Espero no haber sido tan evidente, pues quería decirle que no solo llamarme como ella guste, sino también hacerme todo lo que se le antoje.

—Bien, Alex, entonces por hoy hemos terminado. Hasta aquí llega mi parte como asesora, pero ahora como compañera puedo invitarte a desayunar, debes morir de hambre.

Era tan amable, su forma de hablar realmente era única: formalidad, educación, buena entonación, uso adecuado de las pausas entre cada palabra. Me enloquecía, pero debía tranquilizarme. Sé que soy un calenturiento sin remedio, pero no podía demostrárselo a las dos horas de haberla conocido.

—Acepto tu invitación, leíste mi mente, pues, justo pensaba en devorar algo.

Y ahí estaba de nuevo Alex D’Angelis, lanzando frases con doble sentido. Pero ella, al parecer, era tan inocente que no captó mis estupideces.

—Como buena amiga, entonces te pediré un desayuno que no sea tan extraño para ti, imagino que la comida debe ser muy diferente en Canadá —dijo Lia, mientras avanzaba directo a la cafetería del lugar y yo le seguía el paso.

—Supongo que sí, pero no tengo problema si pides para mí lo mismo que pidas para ti. Parte importante de estar aquí es disfrutar algo hecho por una mexicana —Justo di en el clavo, pude ver su mirada y su sonrisa, por fin había entendido mis intenciones.

Llegó a la barra en la cafetería y pidió dos platillos de algo que no supe qué era y fuimos directo a una mesa frente a la cocina, esperando que nos llevaran nuestros desayunos.

—¿Cómo es que hablas tan bien el español? Es sorprendente —preguntó ella.

—Mi madre es profesora de idiomas, he crecido escuchándola hablarme en más de cuatro idiomas distintos con la intención de que aprenda —le respondí con total naturalidad, pues, parecía querer tener una conversación normal.

—¿Y funcionó?

Preguntó dejándome extrañando, era algo ilógica su pregunta. Pero le daría una oportunidad, seguramente no sabía cómo sacar algún tema de conversación.

—Funcionó muy bien, pues, mírame, hablando español. Además de saber inglés, por supuesto, francés, italiano y portugués. Puedo enseñarte cuando gustes —respondí.

—Eso sería maravilloso, después de todo, tu llegada no solo es una oportunidad para ti, sino para todos los que formamos parte de esta institución, así conocemos y aprendemos de ti y tú de nosotros.

Dijo ella sonriendo nuevamente, dejándome en claro que no solo quería tomar su cuerpo y hacerla gritar mi nombre de gozo, creo que es la primera mujer que me provoca ternura extrema, al grado de querer darle un abrazo, primero de agradecimiento por ser tan atenta y amable conmigo y segundo; porque quiero sentir su piel junto a la mía.

Tuvimos un desayuno normal, estuvimos un par de minutos ahí y después recordamos, y ambos debíamos ir a nuestras respectivas clases. Seguí las indicaciones que ella me había dado y fui directo a mi salón de clases, un día maravilloso que concluyó con éxito, pues todo había sido bastante sencillo. Morí de ganas el resto del día por volverla a ver, pasé la tarde arreglando algunos papeles extra que me habían solicitado y también realizando algunas tareas. No olvidé su rostro y su voz en todo el día, pero debía concentrarme y no dejar pasar mis obligaciones.

Llegó la noche y después de un día largo y atareado, por fin pude tomar una ducha y recostarme en mi cama. Llamé a mamá y le conté que todo estaba bien, dejándola tranquila al colgar el teléfono. Una extraña costumbre que vengo arrastrando desde niño y hasta el momento no puedo dejar: dormir en bóxer es algo que forma parte de mi personalidad, creo yo.

Pero es algo que provoca insinuaciones a mí mismo, pues, al verme así suelo imaginarme situaciones que hacen que mi cuerpo vibre por sí solo, puedo ver cómo mi ropa interior se mueve poco a poco, pues comienzo a sentir esa excitación, no lo soporto más y meto mi mano dentro de mi calzoncillo, pienso en Lia, dejó impregnado su perfume en mi nariz, puedo recordar sus labios carnosos y su mirada coqueta, es tan irresistible y sé que será mía y todo lo que esa noche imagino que hace con mi cuerpo lo conseguiré muy pronto.

Al día siguiente llegué a la misma hora y me dirigí a la misma oficina. Ella estaba ahí y sus ojos brincaron al verme, parecía estar tan emocionada como yo por otro día juntos. Pero después de pensar en ella toda la noche e imaginar cómo la hacía sudar pegada junto a mi cuerpo, decidí ser más sutil para poder conquistarla, pues no quería asustarla y alejarla.

Así que fui tan amable y educado con ella como ella lo era conmigo, nada fuera de lo común. Así pasó una semana completa a su lado, cuatro días más de rutina que era bastante interesante, pues, cada día me enseñó cosas nuevas. Llegó el viernes y al terminar nuestro último día de recorrido juntos como asesora y alumno nuevo, se despidió de mí ofreciéndome su amistad, reafirmando dentro de mí que eran tan agradable, que desprendía luz natural.

—¿Qué harás hoy por la noche?

Preguntó con bastante seriedad, quería responderle con sinceridad, decirle que estaría en mi cama por quinta vez en la semana pensando en ella.

—¿Qué puedo hacer? Estar en casa y ver televisión… nada importante —le respondí como cualquier otra persona hubiera respondido y no como el degenerado que soy.

—Eso no me agrada, Alex, no puedes pasar tu primer viernes por la noche encerrado y aburrido, quiero que vengas conmigo a una fiesta, será muy cerca, te lo prometo. Yo cuidaré de ti.

Mientras me hacía aquella interesante invitación tomaba mi hombro con su bella mano. Quería tomarla y darle un beso, también quería decirle que yo cuidaría de ella también, pero esas palabras no saldrían de mi boca.

—No puedo decirte que no, Lia, claro que voy contigo —fue lo único que pude decir, no iba a negarme.

—Muy bien, como sé que eres nuevo aquí y no quiero hacer que te pierdas, ¿te parece si te veo justo aquí en la entrada de la universidad a las 7: 00 p. m.? —dijo ella.

—Todas tus ideas son geniales, aquí te veo, prometo ser puntual —le respondí con una sonrisa que no podía ocultar lo mucho que me enloquecía. Esa vez no intenté detenerme, tomé su mano y di un beso en ella.

—Gracias por todo —concluí antes de darme la vuelta y subir a mi salón de clases.

No tenía idea de cómo iba a lograr concentrarme el día de hoy si la tenía metida en mi cabeza. Estaría esa noche con ella y no podía negarse a estar conmigo, sé que le gusto, tanto como ella a mí. Sé que el destino la puso en mi camino y que conocernos cambiará la vida de ambos.

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