Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela Una esposa para dos herederos millonarios

Una esposa para dos herederos millonarios

La vida de Gabriel cambia drásticamente cuando recibe noticias sobre el delicado estado de salud de su hermano. El inminente reencuentro los obliga a enfrentar heridas del pasado y buscar una reconciliación necesaria. Sin embargo, surge un obstáculo devastador: Gabriel se enamora de la única mujer que no debería tocar. Dividido entre el deber hacia su familia y una pasión prohibida que lo atormenta, deberá decidir su destino ante esta encrucijada.
Capítulos
Compartir

Capítulo 2

Gabriel pasa la noche entera pensando en la llamada con su madre ¿Qué pasa si realmente Lían está grave? ¿Y si no hay solución posible más que el trasplante, así como les dijo el doctor cuando su cáncer fue diagnosticado? ¿Qué pasará si no consiguen un donante para él?

Miles de dudas rondan su mente y siente que su cabeza va a estallar de tanta presión. Su madre nunca soportará eso y él tampoco. Aunque esa traición los separó por todos estos años, Gabriel ama a su hermano más que a nada en este mundo.

Por más de que haya optado por alejarse en vez de arreglar las cosas, ellos no son tan diferentes. Lían es uno de los seres más nobles del mundo y eso no le cabe la menor duda.

Después de caminar por su habitación más de cien veces y antes de que amanezca por completo sale a correr.

El sendero que une su departamento con la universidad es la catarsis ideal para aclarar su mente y liberar tensiones innecesarias de su espalda.

La brisa fresca de la madrugada da de lleno en la cara del profesor, lo que lo obliga a ponerse alerta y sobre todo pensar. Sabe que no tiene más opciones. Llegó la hora de volver a casa y retomar una conversación pendiente de cinco años atrás.

—¡Buenos días, profesor! —se oyen voces por todos lados cuando entra al salón en la hora exacta. Hoy es día de examen y la tensión se siente en el aire.

—¡Hola, chicos! ¿Cómo amanecieron? —responde Gabriel sacando la carpeta con las hojas de su enorme maletín.

La mayoría de ellos resopla al ver la cantidad de papeles que va dejando en el pupitre de cada uno.

—Tenemos exactamente dos horas para dejar este examen en el pasado. No quiero que pierdan tiempo en nada. Los quiero concentrados y echando todas las ganas posibles. ¿Entendido?

—¡Entendido! —contestan a coro.

—Todos los celulares en el cesto, vistas en el examen y la mente en el futuro —los mira con la ceja arqueada mientras los señala con el dedo.

—¡Sí, profesor! —se escuchan más animados. Gabriel sonríe complacido.

Enseñar es sin duda la mejor decisión que Gabriel pudo haber tomado. En el salón de clases es donde se siente realmente realizado y pleno.

Después de todas las obligaciones que le competen en la universidad ya terminada, regresa a su departamento. Preparar su maleta es tarea sencilla. Solo necesita un par de ropas y sus documentos. Todo es fácil y rápido.

El director se ofrece a llevarlo al aeropuerto, ya que su vuelo sale a la mañana siguiente, pero Gabriel opta por tomar un taxi.

La vista del camino, de ida al aeropuerto, le parece surrealista. La naturaleza en este país es muy diferente y más preservada que la de Nueva York, el aire está menos contaminado, hay menos ruido, la vida es más tranquila en todos los aspectos.

Su único deseo es volver pronto.

El vuelo le resulta bastante agotador debido a los cambios climáticos repentinos y a las muchas turbulencias.

Hasta ahora puede dimensionar qué tan lejos estaba de su familia. Más de trece horas en avión y media hora de carretera definitivamente lo confirman.

Llega a su casa totalmente exhausto, pero asombrado con la belleza que se proyecta ante sus ojos, apenas el taxi se adentra en la pasarela que conduce a la gran mansión Norton.

Aun con la oscuridad de la noche, la majestuosidad y los miles de recuerdos inundan su mente al ver la fachada del lugar donde nació, creció y pasó los mejores momentos de su vida.

Decide bajar para llegar caminando y recorrer a pie la escalinata de piedra que serpentea por los jardines hasta su final en la entrada principal.

Las plantas con flores que cubren la mayor parte del inmenso jardín le confirma que su madre aún los cultiva y los cuida como si en cada una de ellas pusiera una chispa de su propia vida.

Llega hasta la entrada principal y don Facundo, que es el vigilante de la casa hace más de dos décadas, se levanta sorprendido de ver a Gabriel llegar a estas horas.

—¡Joven Gabriel! —lo saluda emocionado, caminando hacia él con su característico cojeo producto de un accidente de coche —¿Qué hace llegando a esta hora de la noche? ¿Por qué no me avisó que venía para ir a recogerlo del aeropuerto?

—¡Don Facundo, mi viejo amigo!—Gabriel lo abraza con ganas. —No te preocupes por eso. Ya estoy aquí. Quise que mi llegada sea sorpresa ¿Cómo estás?

—Ahora que estás aquí, estoy mucho mejor, muchacho —Contesta el anciano sonriendo, pero algo desganado. —Las cosas no están muy bien por aquí.

—Lo sé. Esperemos que todo se resuelva.

—¿Quiere que avise a su madre que está aquí? —Pregunta ahora más animado.

—Prefiero que se lleve una sorpresa. Solo dime si las llaves que abren la puerta del hall siguen estando en el mismo lugar y yo me encargo de todo.

Don Facundo sonríe mientras busca algo en su bolsillo, para finalmente pasarle un manojo de llaves.

—No, su madre hizo unos cambios en la mansión, pero puede usar estas mientras se queda. Yo me encargaré de conseguir otras para mí.

Gabriel toma el manojo de sus manos y se encamina hacia el patio trasero que conduce a un hall que los sirvientes utilizan para sus ratos libres.

Con sigilo desbloquea la puerta para después entrar al sitio totalmente a oscuras a esta hora, pero todavía es de su total dominio, ya que no ha cambiado nada en todos estos años.

Vuelve a cerrar la puerta despacio y con mucho cuidado para no hacer ruido, pero un suave sollozo que llega hasta sus oídos lo detiene, luego un fuerte golpe en la espalda que lo deja atontado.

Su maleta cae al suelo y Gabriel se tambalea por unos segundos, tratando de agarrarse de lo que sea que hay enfrente para no caer.

—¡¿Quién es usted y qué hace aquí?! —grita una mujer a su espalda. —¡Habla de una vez si no quiere que le vuele la cabeza con este bate antes de llamar a la policía!

—¿Podrías dejarme hablar, por favor? Si no me dejas hablar no puedo decirte quien soy.

Una luz que parece ser de una linterna muy potente lo alumbra directamente a la cara, dejándolo sin visión por varios segundos.

—Soy un Norton, soy hijo de la señora Mara, soy Gabriel Norton —explica él tratando de abrir los ojos y utilizando la mano como escudo ante tan molesta luz.

Un silencio se apodera del lugar con la respuesta del profesor y unos segundos después toda la estancia se ilumina.

Una joven de cabello rubio y ojos verdes lo mira fijamente de pies a cabeza, desconfiada con un palo de béisbol en la mano, con el que le pegó anteriormente, y a la defensiva. Gabriel también se pone a la defensiva, levanta ambas manos y niega, se aleja unos pasos hasta que su espalda toca la pared.

Dayana lo mira con las cejas fruncidas, molesta, incrédula y también apenada, por lo que acaba de ocurrir.

—¿No le enseñaron que no debe entrar como si fuera un ladrón a altas horas de la noche en ningún lado? —Pregunta ella entre dientes.

Después de varias aspiraciones y minutos de por medio, Gabriel por fin logra estabilizar su respiración y tranquilizarse, pero el dolor en su espalda y cabeza persiste.

—¿Ahora se volvió mudo? —cuestiona nuevamente Dayana con cara pocos amigos.

—Lo siento —Contesta Gabriel aun con las manos arriba. —Pero creo que es mejor que baje eso, puede ser peligroso.

Señala el bate en manos de Dayana.

—¿Así que eres uno de los dueños? —Pregunta la mujer mirándolo con ojos achinados. —¿Cómo puedo saber si no me está mintiendo solo para que no llame a la policía?

Dayana ya lo reconoció por las fotos suyas que hay en la sala, pero prefiere atormentarlo un poco y no dejarlo ir tan campante luego del susto enorme que le dio.

—Sí. Soy uno de los hijos de tu jefa —Responde el profesor muy seguro de mí mismo mientras la señala con el dedo.

—¿La señora Mara? —Gabriel nota cierto sarcasmo en la voz de la joven.

—Sí, la señora Mara es mi madre —Replica él, encogiéndose de hombros.

—Ok, jefe, esa herida que tienes en la cabeza necesita curación —Menciona Dayana señalando la cabeza de Gabriel. —No creo que sea grave, pero de todos modos necesita desinfectarse.

Gabriel lleva sus manos a la parte posterior de su cabeza y siente un líquido viscoso empapando sus dedos. No se había percatado que el golpe que le dio la mujer al entrar dejó una herida abierta que lo está manchando de sangre.

Dayana se aleja hasta una de las alacenas e intenta alcanzar un paquete de curación haciéndose de puntillas, pero sin mucho éxito, ya que está muy alto para su estatura de un metro cincuenta.

Gabriel la mira estirarse en vano. Luego toma una de las sillas y lo arrima hasta el cajón, pero todavía no consigue bajar el paquete.

El profesor se queda embelesado mirándola por unos segundos. Es pequeña, pero tiene una figura exquisita que se deja ver a pleno con el conjunto de mini pijama que lleva puesto.

«¿Qué estoy haciendo?» piensa sacudiendo un poco la cabeza.

—¿Necesita ayuda? Parece que eso le queda muy alto —le pregunta, pero Dayana se voltea y lo mira con ganas de asesinarlo.

Finalmente, se acerca hasta donde está y baja el paquete para ella. La diferencia de altura entre ambos es muy notorio ahora que se encuentran muy de cerca, y ella lo confirma cuando lo mira desde abajo con la ceja enarcada.

—Son ventajas de tener un metro noventa y ocho —le dice Gabriel encogiéndose de hombros.

Dayana lo empuja en uno de los taburetes y se acerca para examinar la herida.

La cercanía de Dayana hace que su perfume active el sentido del olfato del profesor. Toda ella huele a rosas y lilas.

Ninguna mujer, luego de lo de Sabrina, se había acercado tanto a él en estos años, como para que quede hechizado por su mirada.

—¿Tengo que ir al hospital? —pregunta él, trastornado por el rumbo inadecuado que está tomando sus pensamientos.

—No hace falta. Yo misma te atenderé —dice Dayana abriendo una caja pequeña y sacando algunas gasas e instrumentos.

—¿Estás capacitada para eso? —Pregunta temeroso y señalando los objetos que Dayana está manipulando.

—Estoy totalmente capacitada, señor Norton.

Lo toma suavemente por la cabeza y le inyecta algún tipo de inhibidor de dolor para después con movimientos ligeros proceder a limpiar la herida.

Unos minutos después todo está listo. La mujer coloca una pastilla en manos de Gabriel y le acerca un vaso con agua.

—Es para el dolor de cabeza, puede tomarlo sin temor —le dice, guardando todo lo que había usado en su sitio. —Ya puede ir a descansar. No fue nada grave.

Gabriel toma la pastilla y el agua antes de coger su maleta del suelo y caminar hacia la escalera.

—¿Puedo saber tu nombre al menos? —Pregunta volteando a mirarla de nuevo.

—Dayana —contesta ella en un hilo de voz.

—Gracias por todo, Dayana. —Ella le hace unas señas con la mano en contestación.

El profesor sube suspirando hasta su habitación o al menos la que usaba antes de viajar.

También te puede gustar

Portada de la novela Bajo el Mismo Veredicto
7.9
Aurora West busca la excelencia en el derecho tras entrar al despacho más influyente del país. Allí se topa con Rafael Novoa, un mentor implacable cuya frialdad oculta un deseo irrefrenable por su pupila. Mientras ella lucha por ganarse un lugar y romper la barrera emocional de su jefe, él se debate entre la ética profesional y una pasión que amenaza su control. En un entorno de juicios y ambición, ambos deberán decidir si el amor merece un fallo a favor.
Portada de la novela Casada con un montruo
8.5
La protagonista se ve obligada a entregarse a Jamie, un hombre despiadado, tras la imposibilidad de pagar una deuda que asfixia a su familia. En un acto de sacrificio, ella le ruega protección para sus seres queridos sin imaginar el precio real. Jamie, frío y calculador, acepta el trato bajo una premisa inquietante: nada es gratuito. El terror se apodera de ella al entender que su propia libertad es el pago exigido al convertirse en su esposa.
Portada de la novela Encanto Irresistible: ¡¿El hermano de mi ex me quiere ahora?!
8.5
Tras tres años de frialdad y engaños, Jessica descubre que su esposo fingía impotencia mientras esperaba un hijo de su amante. Decidida a cambiar su destino, se divorcia y construye un imperio financiero por su cuenta. Convertida en una empresaria poderosa, se cruza con Kevan, el hermano de su exmarido. Aunque ella intenta saldar cuentas con dinero, él rechaza la oferta, confesando que su verdadero y único deseo es conquistarla a ella.
Portada de la novela Es Solo Un Contrato, No Hables De Amor
8.2
Christopher McLaren enfrenta un dilema: para heredar el imperio de su abuelo, debe dejar a su prometida y casarse con una extraña por dos años. De lo contrario, la fortuna será donada. Sofía Ventura, una joven desesperada por pagar el tratamiento de su madre enferma, acepta la propuesta de matrimonio por contrato de Carlota McLaren. Sin embargo, lo que parecía una solución económica se transforma en un tormento emocional dentro de la mansión.
Portada de la novela Juego de poder
8.4
Almendra protege con esmero su florería, un refugio natural amenazado por la expansión de Bastián, un influyente empresario del transporte. El ruido y la contaminación de los camiones ponen en riesgo el jardín de ella, mientras que él busca erradicar ese espacio que le trae amargos recuerdos del pasado. En este intenso enfrentamiento de voluntades, ninguno cederá. Ambos arriesgan su legado en un peligroso juego de poder donde el control lo es todo.
Portada de la novela La esposa rechazada es multimillonaria
8.4
Después de siete años de total sumisión y de ocultar que es enfermera, una mujer decide terminar su matrimonio. Al ser herida físicamente y ver a su millonario esposo proteger a otra, su amor se torna en desprecio. Obligada a esconder a su hija por las constantes amenazas de él, ella espera a que el contrato nupcial expire. Pronto, recuperará su inmensa fortuna y su verdadera identidad para destruir al hombre que tanto la humilló y traicionó.