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Portada de la novela Una esposa para dos herederos millonarios

Una esposa para dos herederos millonarios

La vida de Gabriel cambia drásticamente cuando recibe noticias sobre el delicado estado de salud de su hermano. El inminente reencuentro los obliga a enfrentar heridas del pasado y buscar una reconciliación necesaria. Sin embargo, surge un obstáculo devastador: Gabriel se enamora de la única mujer que no debería tocar. Dividido entre el deber hacia su familia y una pasión prohibida que lo atormenta, deberá decidir su destino ante esta encrucijada.
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Capítulo 3

Gabriel despierta atontado y cegado por el brillo intenso del sol que se cuela por la ventana de su habitación. Mira la hora en su celular y son más de las once de la mañana.

—¡Mierda! Es tardísimo —maldice levantándose bruscamente.

Busca su maleta que dejó tirada en el suelo, apenas entró al cuarto y saca sus cosas para ir al baño.

Después de una ducha larga y de sentirse con armas suficientes para empezar el día, sale del baño y abre su armario. Como se imaginó, todas sus cosas siguen así mismo como las había dejado antes de viajar. Con la diferencia que muchas de ellas ya están algo pasadas de moda y él ganó mucho músculo en estos años.

—Han pasado cinco años —Se dice a sí mismo tratando de ponerse un pantalón de Sport que tanto le gustaba, regalo de navidad de su madre.

Al final se viste con un conjunto deportivo y baja a la planta baja a buscar a su familia y darle la sorpresa de su llegada.

La primera en notarlo es su madre, que al verlo bajar por las escaleras, tira las rosas que tiene en la mano, corre y se tira a sus brazos para fundirse en un abrazo profundo con su hijo amado.

—Mi hijo —dice entre sollozos y besos. —¿A qué hora llegaste? ¿Por qué no me avisaste que llegarías tan pronto?.

—Dejé todo atendido antes de lo previsto, mamá. Además, quería darles una sorpresa.

—Estoy muy emocionada de que estés aquí, hijo. Te extrañé tanto. —La madre de Gabriel llora mientras abraza a su hijo.

—Yo también, mamá. Los extrañé mucho, a ti y a Lían.

Al terminar la última frase, Mara se echa a llorar, totalmente desconsolada, dejando sorprendido a Gabriel. Aunque él ya sabe de la situación de su hermano, ver en ese modo a su mamá lo deja alicaído.

No es común verla en ese estado, por el contrario, en la familia, ella siempre fue la más fuerte, la de la cabeza fría, la de las mejores soluciones a los problemas, la que carga con todos los asuntos, sean buenos o malos.

Verla así le confirma la gravedad de Lían.

—No soporto verte en ese estado, mamá. Cuéntame todo lo que te aflige, por favor.

Mara asiente sorbiendo la nariz y con una sonrisa que para nada le llega a los ojos, lo toma de la mano y lo lleva hasta el despacho.

—Lían empeoró, Gabriel. Tu hermano está muy grave. Su enfermedad está muy avanzada y el panorama que nos dan los médicos no es nada alentador.

—¿Buscaron una segunda opinión? ¿Agotaron todas las instancias?

Mara asiente varias veces con la cabeza.

—Fue lo primero que hicimos, hijo —contesta ella, tristemente. —Lo único que podemos hacer ahora es rogar que se encuentre un donante que sea compatible con él.

—Creí que estaba mejor o al menos eso era lo que me decías, mamá.

—Lo estaba. Hace un año tuvieron que hacerle una cirugía de urgencia y desde ahí, su salud ha ido a declive rápidamente. Su esposa lo encontró tirado en el piso y lo llevó a urgencia prácticamente sin vida. Gracias a Dios consiguieron salvarlo.

Mara sorbe su nariz para continuar.

—La expectativa de vida de Lían es muy corta, hijo, al menos que se le haga el trasplante —Añade con voz rota.

—¿Por qué nunca me llamaste para contarme de esa cirugía? —pregunta, aturdido —Las veces que me llamaste, me decías que todo estaba bien.

—Él me prohibió comentarte sobre eso, Gabriel —contesta con lágrimas en los ojos —No quería que dejaras tu vida para venir solo por eso. No quería que cambiaras tus planes por él.

—¡Es mi hermano! A pesar de nuestras diferencias, yo tenía que estar aquí con él para apoyarlo.

—¿Por qué crees que te llamé, hijo? —Mara toma de su mano haciendo que la mire. —Él no sabe que te llamé, pero era necesario que estuvieras aquí.

Madre e hijo se abrazan por un momento largo. Mara aún no puede asimilar que su hijo haya vuelto. Las sacudidas de su llanto desmoronan por completo a Gabriel.

—Dentro de cuatro semanas le realizarán otra cirugía —Continúa, Mara. —Pensé que sería bueno que estuvieras aquí para él ese día, por eso te llamé amor.

—La esperanza es lo último que se pierde, mamá. Todo saldrá bien, tengamos un poco de fe.

Mara no contesta. Solo asiente una y otra vez.

—Una vez me contaste que su esposa es doctora. Eso debe servir para algo, ¿no?. Por lo menos para mover influencias para conseguir el donante.

—En eso estamos, Gabriel. Ella ha movido todas sus influencias para que Lían esté entre los primeros en la lista. Aunque por la premura del caso, realmente necesita ese trasplante lo antes posible.

—¿Dónde está ahora mi hermano? ¿Está en la casa o en la empresa?.

—Hoy fue a la empresa temprano. Solo va allí de vez en cuando para los controles o reuniones importantes, pero generalmente está acá en la casa.

—Eso es bueno. Quiere decir que a pesar de todo está bien.

—Sí, hijo. Aunque hay días en los que amanece decaído, son más los días en que está aparentemente bien —Menciona Mara con un dejo de tristeza.

Gabriel siente un pesar enorme en el pecho. Lían es de los que aparenta hacerse el fuerte, aunque se esté desmoronando por dentro y eso siempre juega en su contra.

No puede dejar de sentir angustia por lo que está pasando. Ellos han compartido tantas cosas en la vida, aunque las elecciones que tomaron de adultos los terminó separando, son hermanos y eso es lo más valioso, ahora.

Su madre aún está abrazada a él, sollozando. El profesor entiende perfectamente lo que siente su madre porque él se siente igual que ella.

Después de un buen rato conversando, Mara lleva a su hijo al comedor.

—¿Qué es esa venda en tu cabeza? ¿Qué te pasó, Gabriel? ¿Estás bien? —Se sobresalta cuando nota la herida en la cabeza de su hijo.

—Anoche tuve un pequeño contratiempo, mamá, pero todo está bien. Solo es un corte sin importancia.

—¿Estás seguro? —tira de su hombro para mirar de cerca. —¿Dónde te hiciste eso? ¿Fue en el avión?

—Cuando llegué a casa a la noche tuve un tropiezo y me hice esta herida sin querer —Gabriel hace una mueca con la boca que su madre nota al instante.

—¿A la noche? ¿Te encontraste con Dayana?.

—Sí, ella me ayudó con la curación. —Gabriel no sabe por qué no puede borrarla de su mente.

—Entonces no es nada —dice Mara restándole importancia al asunto.

—Sí, no fue nada —Replica Gabriel en un susurro pensando en esa pequeña mujer que se encontró anoche.

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