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Portada de la novela Una Esposa Invisible para James

Una Esposa Invisible para James

Con el fin de costear el tratamiento de su madre, Lorena Grey accede a un matrimonio por contrato con Patrick James, un gélido y exitoso CEO. Aunque él la mantiene al margen de su vida con una actitud indiferente y un pasado rodeado de misterio, Lorena no puede evitar desarrollar sentimientos profundos por su esposo. Atrapada en una relación de conveniencia, ella intentará derribar sus muros emocionales para descubrir si el amor puede nacer del frío interés.
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Capítulo 3

Nunca pensé que un vestido pudiera pesar más que mis propios miedos.

Pero ahí estaba, frente al espejo del salón blanco, con un corsé ajustado a mi pecho, la falda de tul cayendo en cascada sobre mis piernas y un nudo enorme atorado en la garganta.

Me quedaba perfecto.

Y lo odiaba.

La modista tironeó suavemente la tela.

-Señorita Grey, ¿está cómoda?

Quise responder que no. Que me sentía atrapada. Que me costaba respirar. Que quería arrancarme el vestido y salir corriendo por la puerta principal. Pero mi madre, sentada en una silla del rincón, me fulminó con la mirada antes de que pudiera abrir la boca.

-Está perfecta -respondió ella en mi lugar, con esa sonrisa falsa que solo usaba cuando quería manipular a alguien-. Continúe, por favor.

Me observé otra vez en el espejo. Una versión de mí que nunca había visto antes me devolvió la mirada: impecable, preciosa, elegante... completamente ajena.

-Parezco... -tragué saliva-. Otra persona.

Mi madre se incorporó, acercándose a mí con paso firme.

-Pareces la esposa de un James -dijo como si fuera una victoria personal-. Que es lo que serás mañana, quieras o no.

Su tono me atravesó como un cuchillo.

-¿Puedes no recordármelo cada dos minutos? -pregunté con sarcasmo ácido para disimular el temblor de mi voz.

-Si te lo recuerdo es porque aún no comprendes lo que está en juego -respondió ella bajito, pero con ese filo en la voz que siempre me hacía sentir pequeña-. Tu matrimonio no es un capricho, Lorena. Es una solución.

-¿Una solución para quién? -dije apretando los dientes-. ¿Para ti? ¿Para tus deudas? ¿Para la imagen que quieres dar?

-Para todas -respondió sin el más mínimo remordimiento.

Cerré los ojos. Respiré profundo.

Ella nunca cambiaría.

La modista dio un último ajuste y se retiró a buscar más alfileres. Mi madre se quedó parada detrás de mí, observando mi reflejo con la misma mirada con la que un joyero observa una pieza valiosa.

-Mañana empiezas una nueva vida -dijo-. Una vida mejor que la que jamás podrías darte sola.

Abrí los ojos de golpe.

-Yo no pedí esto.

-No, pero te conviene -respondió ella sin pestañear-. Patrick James te dará estabilidad, estatus, protección. Es el mejor candidato que jamás tendrás.

-Tú hablas como si fuera un concurso -dije con una risa amarga-. "La mejor oferta entre hombres ricos, pase adelante".

-No seas ridícula -chasqueó la lengua-. Esto no es sobre amor, Lorena. Es sobre sobrevivir.

Justo en ese momento, la puerta se abrió. Entró un hombre alto, delgado, de traje negro. Reconocí su rostro: era Ethan Clarke, el asistente personal de Patrick. Su expresión siempre seria, siempre compuesta, se tensó al verme.

-Señorita Grey -me saludó con una leve inclinación-. El señor James me pidió que supervisara que todo esté en orden para mañana.

Mi madre sonrió falsamente.

-Todo está más que en orden -respondió-. Lorena está preciosa.

Ethan la ignoró por completo, clavando los ojos en mí.

-¿Se siente bien? -preguntó con una preocupación que Patrick jamás expresaría.

Me aferré a la ironía para no quebrarme.

-Estoy fenomenal. A punto de desmayarme, pero fenomenal.

Ethan frunció el ceño.

-Parece muy pálida.

Mi madre intervino enseguida.

-Ella siempre exagera. Está perfectamente bien.

-Puedo hablar sola, gracias -dije apretando la mandíbula.

Ethan dio un paso más cerca. Más de lo necesario. Más de lo apropiado. Y de repente... me sentí observada. No como un trámite. No como una obligación. Sino como una mujer que está a punto de casarse con un hombre que no conoce.

Ethan carraspeó, incómodo.

-Si necesita descansar un momento, puedo...

-No -mi madre lo interrumpió con su voz autoritaria-. El vestido debe ajustarse ahora.

-¿Y si me desmayo? -pregunté con sarcasmo.

-Te levantarás -respondió mi madre sin emoción.

Me dolió. Mucho más de lo que debería.

Ethan exhaló y guardó silencio. Pero su mirada decía todo: desaprobación, incomodidad, algo que parecía una mezcla de enojo... ¿y preocupación?

Me pregunté si Patrick le había dicho que viniera o si él se había ofrecido. Algo en su postura rígida sugería lo segundo.

La modista regresó y empezó a colocar alfileres en la parte baja del vestido. Yo me quedé quieta, sin respirar, porque sentía que si lo hacía... me rompería.

Ethan seguía observando.

-¿Está Patrick al tanto de... todo esto? -le pregunté sin disimular la ironía.

Ethan bajó la mirada.

-El señor James quiere que todo sea impecable mañana.

-¿Impecable? -reí, amarga-. Qué tierno. Lástima que no quiera que sea feliz, solo impecable.

Mi madre aspiró aire por la nariz, molesta.

-Lorena, controla esa lengua.

-¿Y por qué? -pregunté cansada-. ¿Porque incomoda? ¿Porque no encaja en la imagen perfecta que quieres vender?

Mi madre endureció la mirada.

-No estamos hablando de imagen. Estamos hablando de deber.

-Mi deber es casarme con un hombre al que no le importo -respondí al borde del temblor-. ¿Ese es mi deber, mamá?

Ella se acercó de golpe, sosteniéndome los brazos con fuerza.

-Tu deber es obedecer.

Las palabras resonaron como una bofetada.

Ethan dio un paso hacia nosotros, alarmado.

-Señora Grey, por favor, suéltela.

-Esto no es asunto suyo -respondió mi madre.

-Sí lo es -replicó Ethan, conteniendo su rabia-. El señor James no toleraría que maltraten a su futura esposa.

Mi madre lo fulminó, pero soltó mis brazos.

Yo me quedé mirando a Ethan, sorprendida.

¿Patrick había dicho eso? ¿De verdad?

Ethan acomodó su corbata, incómodo.

-El señor James dijo que quería que llegara al altar en perfectas condiciones -aclaró-. Ni más, ni menos.

Ah.

Ok.

No era cuidado.

Era control.

Perfecto.

La modista terminó con los alfileres. Retiró las manos y sonrió.

-Listo. Puede moverse un poco para ver si le resulta cómodo.

"¿Cómodo?"

Quise reír, llorar y gritar al mismo tiempo.

Me miré al espejo.

El vestido era hermoso. De princesa. Perfecto.

Y no era mío.

No era yo.

-Puedo verlo mañana en el altar -dijo mi madre con una lágrima falsa en el ojo-. Mi niña... casándose con un James.

Me revolvía el estómago escucharla.

-¿Y si mañana no quiero? -pregunté en voz baja, casi un susurro.

El silencio cayó como una losa.

Mi madre endureció el rostro.

-No digas estupideces, Lorena. Mañana te casas. Eso no está en discusión.

Sentí un mareo. El aire me faltaba. La presión en mi pecho aumentó.

-Necesito... aire.

-No puedes salir así -dijo la modista alarmada.

-No seas dramática -respondió mi madre-. Termina y agradece lo que se te está dando.

-¿Agradecer? -dije sentiendo cómo la voz se me quebraba por primera vez en años-. ¿Agradecer que me vendas como si fuera mercancía?

Ethan dio un paso adelante, esta vez decidido.

-Señorita Grey, venga conmigo.

-Ni lo sueñes -respondió mi madre-. Ella no irá a ninguna parte.

-Aquí no es bienvenida su opinión -replicó Ethan, tan frío como Patrick por primera vez-. La señorita Grey necesita un momento. Y se lo daré.

Mi madre abrió la boca para protestar, pero Ethan se plantó frente a ella.

-El señor James me ordenó que me asegurara de su bienestar. Y esa orden está por encima de cualquiera de sus deseos.

Mi madre palideció.

Yo... simplemente temblé.

Ethan me ofreció el brazo. Dudé. No quería parecer débil. No quería que nadie me viera derrumbarme. Pero mis piernas estaban cediendo.

Lo tomé.

-Solo un minuto -dije con voz temblorosa.

-El tiempo que necesite -respondió él.

Salimos del salón hacia un pasillo silencioso. Ethan no hablaba. Solo permanecía a mi lado, una especie de sombra protectora que ni siquiera sabía que necesitaba.

Me apoyé en la pared.

-Lo siento... no suelo... -me cubrí la cara-. No suelo perder el control.

-No ha perdido nada -respondió él con calma-. Solo... es humano. Y está pasando por algo muy difícil.

-¿Patrick te envió porque pensó que haría un escándalo? -pregunté con amargura.

-Patrick me envió porque suele anticiparse a todo -corrigió-. Y porque sabe que usted... no se deja manejar fácilmente.

-¿Y él cree que puede manejarme? -pregunté con un amago de risa.

Ethan me miró fijamente.

-Creo que él está intentando averiguarlo.

Un escalofrío me recorrió.

No supe si de miedo o de rabia.

-¿Él dijo algo sobre... mí? -pregunté casi sin querer.

Ethan dudó.

-No debería...

-Habla -le exigí con la poca fuerza que me quedaba.

Ethan suspiró.

-Solo dijo que... era complicado no mirarla.

Mi corazón se detuvo un segundo.

-¿Qué...? -balbuceé-. ¿Qué significa eso?

-Que lo complica -dijo con voz baja-. Usted complica todo para él.

-¿Para bien o para mal?

-Eso debe descubrirlo usted misma.

La modista me ayudó a quitarme el vestido. Volví a mi ropa normal y seguí temblando. Mi madre no habló más. Pero su silencio decía más de lo que jamás admitiría.

De regreso a casa, la noche cayó como un telón pesado.

Me encerré en mi habitación. Me acurruqué en la cama. Apagué la luz.

Y por primera vez en mucho tiempo... dejé de pelear.

Las lágrimas salieron solas. Silenciosas. Amargas. Incontenibles.

Mañana sería la esposa de Patrick James.

Un hombre frío. Un desconocido. Un muro con traje.

Y yo...

Yo era una sombra en un vestido de princesa.

Una sombra que estaba derrumbándose.

Sola.

Completamente sola.

Y lloré hasta quedarme dormida.

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