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Portada de la novela Una Esposa Invisible para James

Una Esposa Invisible para James

Con el fin de costear el tratamiento de su madre, Lorena Grey accede a un matrimonio por contrato con Patrick James, un gélido y exitoso CEO. Aunque él la mantiene al margen de su vida con una actitud indiferente y un pasado rodeado de misterio, Lorena no puede evitar desarrollar sentimientos profundos por su esposo. Atrapada en una relación de conveniencia, ella intentará derribar sus muros emocionales para descubrir si el amor puede nacer del frío interés.
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Capítulo 2

No dormí esa noche.

¿Cómo iba a hacerlo después de lo que Patrick James me había dicho?

Las palabras se repetían en mi cabeza como un eco cruel:

"No esperes amor de mí. No tengo nada de eso para dar."

Sentí una mezcla de rabia, miedo y una humillación que no sabía cómo manejar. Una parte de mí quería gritarle que se fuera al infierno; otra parte quería esconderme bajo las sábanas y desaparecer del mundo.

Al amanecer, cuando finalmente logré cerrar los ojos, escuché golpes en la puerta de mi habitación.

-Lorena -dijo la voz de mi madre-. Tenemos que hablar.

Gemí, enterrándome en la almohada.

-No quiero hablar.

-No es opcional -insistió.

Me incorporé lentamente. Tenía los ojos hinchados, el cabello enredado y la mente hecha pedazos. Abrí la puerta y mi madre me miró con una mezcla de preocupación y prisa.

-Baja al comedor. Tu padre quiere discutir los preparativos.

-¿Preparativos? -repetí, irritada-. ¿Pretenden planificar una boda mientras yo intento no desmayarme del estrés?

-Lorena -susurró ella-. Entiende que es necesario.

La seguí de mala gana.

En el comedor estaban mi padre, con su laptop abierta, y Daniel, con cara de pocos amigos. Mi padre hablaba por teléfono, discutiendo fechas, tiempos, acuerdos, como si estuviera negociando una fusión empresarial... no la vida de su hija.

-Sí, señor James, claro -decía él con tono sumiso-. Todo estará listo. Sí... sí, por supuesto.

Colgó. Cuando levantó la mirada hacia mí, trató de sonreír, pero falló miserablemente.

-Lorena, siéntate. Hay mucho que organizar.

-Yo no voy a organizar ni una flor -dije secamente.

-Hija...

-No empieces -lo interrumpí-. Solo dime lo esencial.

Mi padre respiró hondo.

-Tu boda será en el salón principal del hotel Crown. Esta misma tarde deberás ir a probarte vestidos, elegir anillos y firmar un par de documentos previos.

-¿Documentos? -pregunté con suspicacia.

-Un acuerdo prenupcial -respondió, sin mirarme a los ojos.

Daniel golpeó la mesa.

-¿Un prenup? ¡Ah, claro! Porque tu hija es un activo, ¿verdad? Qué conveniente para el señor James.

-¡Daniel! -lo reprendió mi padre.

-No -lo detuve-. Él tiene razón. ¿Qué dice ese documento?

Mi padre abrió la carpeta.

-Establece las condiciones del matrimonio... y de una posible separación futura.

Me encogí de hombros, tratando de no mostrar que me dolía.

-¿Qué condiciones?

-Pues... -miró el papel-. Que no puedes revelar información personal del señor James. Que no puedes interferir en sus decisiones empresariales. Que debes mantener la imagen pública que él determine. Y... -traga saliva- debes residir en su mansión. Sin excepciones.

-¿Debe? -repetí-. ¿No tengo opción?

-No. El acuerdo es muy claro.

Daniel bufó.

-Y seguro también dice que debe pedir permiso para respirar.

Mi padre cerró la carpeta.

-Lorena, el documento te protege económicamente.

-No quiero dinero -dije fría-. Quiero mi vida.

-Hija, esto también te da estabilidad.

Lo miré con una mezcla de incredulidad y decepción.

-Papá... ¿de verdad crees que yo estaré estable casándome con un hombre que no me quiere cerca?

Mi padre evitó mi mirada.

Daniel carraspeó.

-¿Y el señor James? ¿Volverá a aparecer hoy de la nada?

Justo en ese instante, como si el universo quisiera torturarme, el timbre de la casa sonó. Los tres nos quedamos quietos.

-No... -susurré-. No puede ser él otra vez.

Mi padre se levantó apresurado.

-Mejor vamos -dijo.

Fuimos a la puerta.

Y sí.

Era Patrick.

De pie, impecablemente vestido con un traje gris oscuro. Sus ojos grises recorrieron la entrada y se posaron en mí. No había calidez ni amabilidad. Solo una observación fría.

-Buenos días -dijo con voz baja y controlada.

Yo apreté las manos a los costados.

-No sabía que vendrías tan temprano.

-No suelo avisar. -Sus palabras eran cuchillos envueltos en terciopelo-. Necesito hablar contigo a solas.

Daniel gruñó.

-¿Por qué no hablas aquí? Si tanto te interesa "evaluar" a mi hermana...

Patrick lo miró de reojo, sin inmutarse.

-No vine a discutir con un adolescente.

-¿Ah, no? Porque lo estás haciendo -respondió Daniel, cruzando los brazos.

-Daniel -lo frené-. Está bien. Yo hablo con él.

Patrick hizo un gesto con la cabeza, invitándome a caminar hacia el jardín. Lo seguí, manteniendo cierta distancia, como si acercarme demasiado fuera peligroso.

Nos detuvimos junto a la fuente. El agua brotaba en silencio, pero ni eso lograba calmar el ambiente cargado.

-¿Qué quieres? -pregunté al fin.

Él me observó un largo momento. Demasiado largo. Y luego dijo:

-Ayer estuve... brusco.

-¿Brusco? -me reí con ironía-. ¿Así le llamas a tratarme como un mueble?

Él no reaccionó.

-No soy un hombre que hable de sentimientos -admitió con frialdad-. No sé cómo suavizar palabras. Digo lo que es y punto.

-Pues te digo algo yo -repliqué-. No soy un objeto que puedas manipular sin consecuencias.

Patrick inclinó la cabeza.

-Jamás te compararía con un objeto. Eres un compromiso.

-¿Eso es mejor? -bufé.

Sus labios se tensaron apenas.

Respiró hondo.

-He venido para aclarar algo importante -dijo-. Nuestro matrimonio es un acuerdo, pero no pretendo humillarte ni hacer tu vida miserable.

-Ya empezaste bastante bien -contesté.

Sus ojos grises brillaron con una intensidad que me hizo sentir expuesta.

-Eres mucho más desafiante de lo que imaginé.

-¿Esperabas que me quedara callada? ¿Obediente? -arqueé una ceja-. Lo siento, no soy una muñeca.

-No te quiero dócil -murmuró él, para mi sorpresa-. Solo necesito... orden.

-¿Orden? -repetí.

-Mi vida no tiene espacio para el caos emocional. -Su tono era firme, casi tajante-. No busco amor, ni dramas, ni expectativas románticas.

Me mordí el labio para contener un comentario ofensivo.

-¿Y qué buscas entonces?

Patrick fijó su mirada en la mía, tan seria que me obligó a tragar saliva.

-Quiero una esposa que pueda acompañarme en público, mantener la imagen que necesito y no invadir mi vida privada. A cambio tendrás estabilidad, protección y acceso a todo lo que necesites.

-Creo que te estás confundiendo -respondí manteniendo la voz firme-. No necesitas una esposa. Necesitas una actriz.

Él no se ofendió.

-Quizá -admitió.

Nos quedamos unos segundos en silencio. Sentí el viento moviendo mi cabello, y sus ojos lo siguieron por un instante. Fue un instante mínimo, pero lo noté. Como si evaluara algo más allá de lo superficial. Me incomodó.

-¿Voy a vivir en tu casa? -pregunté.

-Sí.

-¿Tengo libertad allí?

-Libertad vigilada -respondió con sinceridad brutal.

-¿Puedo trabajar? -insistí.

Me miró como si la idea fuera insólita.

-Si tus actividades no interfieren con mis horarios, sí.

Quería golpearlo.

-Y si quiero irme... ¿puedo?

Patrick frunció el ceño.

-¿A dónde?

-A donde sea. A respirar lejos de ti.

Un músculo se movió en su mandíbula. Algo parecido a irritación.

-Si necesitas espacio, lo tendrás. Pero no me interesa perseguirte por cada rincón de la ciudad. -Pausa-. Lo único que te pido es que no me dejes en ridículo en público.

Mi risa fue amarga.

-No sabía que te preocupaba el ridículo.

-Me preocupa la reputación -corrigió.

Lo miré fijamente.

-¿Y qué hay de tu familia? ¿Saben quién soy?

Patrick me sostuvo la mirada con frialdad calculada.

-Mi familia no opina sobre mis decisiones. Ellos solo quieren que esté casado. Nada más.

-¿Ni siquiera les importa con quién?

-No.

Sentí un nudo en la garganta. Qué triste debía ser tener una vida donde ni siquiera tu familia te mirara como ser humano.

-¿Puedo hacerte una pregunta personal? -dije suavemente.

Patrick vaciló, apenas.

-Puedes intentarlo.

-Ayer dijiste que tu corazón ya tiene dueña. ¿Es cierto?

Su expresión se volvió impenetrable. Fría. Distante.

-No es asunto tuyo.

-Voy a casarme contigo -respondí-. Creo que sí es mi asunto.

Patrick dio un paso hacia mí. Fue sutil, pero suficiente para sentir la intensidad de su presencia. Me miró con dureza.

-No vuelvas a preguntar por eso.

-¿Por qué? -mi voz tembló-. ¿Porque aún la amas?

Él no respondió.

Solo clavó sus ojos en mí como si hubiera cruzado una línea peligrosa.

-Lorena -dijo finalmente-. Hay cosas que no puedo darte. Ni explicarte. Ni compartir.

-¿Es ella la razón de tu frialdad? -susurré.

-No. -Su voz fue un filo-. La razón es que no tengo tiempo para estupideces sentimentales.

Retrocedí, herida.

Patrick notó mi reacción, pero no suavizó su tono.

-He venido a avisarte que esta tarde iremos a ver el vestido -dijo-. Mi asistente vendrá a recogerte a las cuatro.

-¿Tu asistente? -arqueé una ceja-. ¿No vas a acompañarme?

-No es necesario.

Sentí un fuego subir desde el estómago hasta la garganta.

-¿Te molesta tanto pasar tiempo conmigo?

-No lo suficiente como para cancelar la boda -respondió-. Pero no veo la utilidad de estar presente en detalles irrelevantes.

-¿Irrelevantes? -quise gritar.

Con una calma provocadora añadió:

-Al final, el vestido terminará en el suelo. Y no pienso discutir por telas.

Me quedé muda.

Mi cara ardía. No sabía si de vergüenza, ira o ambas.

-Eres un idiota.

Patrick no reaccionó ni un centímetro.

-Probablemente. Pero soy el idiota con el que te vas a casar.

Y dicho eso, se dio media vuelta.

Yo estaba tan sorprendida por su descaro que tardé unos segundos en procesarlo. Recién cuando caminaba hacia el auto, me animé a gritar:

-¡¿Y por qué demonios aceptaste casarte conmigo entonces?!

Patrick se detuvo.

Solo un segundo.

Sin girarse, respondió:

-Porque necesito orden. Y tú... pareces más fuerte de lo que crees.

Se metió en el auto y partió.

Yo me quedé en el jardín, temblando, con mil emociones mezcladas. Cuando Daniel salió corriendo hacia mí, yo aún seguía en shock.

Y mientras él me preguntaba qué había pasado, yo solo pude pensar:

Estoy a punto de casarme con un hombre que no sabe amar... pero que espera que yo funcione como si fuera un accesorio más en su vida perfecta

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