Portada de la novela Una Dama Letal

Una Dama Letal

9.5 / 10.0
Tom Wesley, el honorable sheriff de Coloma, ha logrado pacificar California con mano firme. No obstante, su rectitud se tambalea tras socorrer a Rouse LeRoy, una enigmática mujer hallada en estado crítico. Mientras intenta descifrar el origen de sus lesiones y su oscuro pasado, Tom se ve envuelto en una pasión que nubla su sentido del deber. Al revelarse la amenaza que ella oculta, el sheriff deberá elegir entre su integridad profesional y el amor que lo consume.

Una Dama Letal Capítulo 1

Pueblo de Coloma, año 1850

El implacable sol de Arizona podía calentar en segundos el agua de un balde de metal puesto a la intemperie en medio del desierto. De las piedras se podía entrever como el vapor sobresalía de las mismas, acrecentando todavía más el despiadado calor. Andar caminando descalzo sobre el ardiente suelo de tierra y piedra no era una opción.

Pero cuando la vida de una persona estaba en peligro, y tan solo a un salto de la muerte, no quedaba de otra que caminar, así sus pies estuvieran atravesando el mismo infierno. Aun así para cuando esa alma en pena consiguiera ayuda, seguramente sus pies no tendrían salvación, y posiblemente, hasta su cuerpo no soportase tanto calor y dolor.

Rouse, se lo pensaba mucho para dar un paso más por aquel sendero de tierra y rocas afiladas. Ya que cada vez que movía sus pies, sentía como si estuviera caminando sobre un montón de cenizas aún ardientes.

La rubia miró sus pies descalzos sobre la tierra amarillenta, agria y seca, estos estaban sucios, quemados, y muy lastimados. No estaba segura de cuanto más pudiese soportar, bajó aquel inhumano sol, pero daría hasta el último aliento con tal de conseguir a alguien que la ayudase.

Bueno, si no es que la encontraban antes y terminaban por matarla…

La dama levanta la vista, y se da cuenta de que comienza a ver algo borroso. Eso no era bueno, si continuaba avanzando así, se desmayaría en cualquier momento. Y en pleno árido desierto, y con aquel calor tan abrazador, lo más probable es que muriese allí mismo, convirtiéndose en alimento para los buitres.

Intenta tragar saliva, pero le era inútil, su garganta estaba tan seca que le dolía a horrores tan solo hacer la prueba… un poco de brisa caliente se cuela por sus enaguas ya rotas y bastante desgastadas. Por un instante creyó que la corriente de aire aliviaría sus dolores, y apaciguaría el calor, al contrario, solo acrecentó la intensidad de la temperatura.

Rouse se detiene un momento, intentaba tomar un poco de aire para sus pulmones. Estaba tan cansada, le dolía hasta la última hebra de cabello. De pronto, una terrible tos seca la ataca, que la hace doblarse un poco, del impacto, la rubia escupe un poco de sangre que cae directamente en la tierra, la cual es absorbida rápidamente por el desesperado suelo.

—¡Demonios! —Exclama limpiándose los labios con el dorso de la mano.

Eleva el rostro al mismo tiempo que suelta un suspiro, necesitaba atención médica antes de que la consumiera la muerte. Decide emprender el camino una vez más, la joven deja una de sus manos sobre su costilla, la cual no paraba de sangrar. Lo que ocasionaba que el líquido rojizo se deslizará por su cuerpo y terminara dejando huellas en la tierra.

No era bueno que dejará un rastro de sangre a sus espaldas, sería facial dar con ella. Pero no tenía fuerzas para cubrir el camino con la tierra, necesitaba alejarse todo lo posible y encontrar refugio antes de que le cayera la noche. Si eso pasaba, un coyote la podría encontrar, y en su condición… bueno, no habría que ser muy inteligente para saber lo que pasaría.

—Maldita sea, debo salir con vida de este desierto —Insiste, mientras avanza a paso de tortuga.

Cada paso era una tortura, pero al menos la acercaba a algún lugar, donde alguien pudiera atender sus heridas.

Así que, con el sol en su punto, Rouse continuo caminando por aquel sendero de tierra agrietada buscando que alguien la socorriera.

[…]

Los gritos, el bullicio, botellas de vidrios quebrándose y el sonido de golpes, era lo que se escuchaba dentro del Saloon de James Webb. Era el dueño del mismo, y todos los días presenciaba pelea tras pelea de los hombres que frecuentaban el bar.

Esa tarde, un par de tipos se peleaban por la atención de unas de las meseras, a quien si le propinabas unas monedas extras, te hacía favores sexuales. Era muy frecuente que esto sucediera en el Saloon, las mujeres que servían los tragos, también se vendían por algunas monedas para poder sobrevivir.

El lugar no era propio para ciertos caballeros decentes, como aquellos que poseían familias que los esperaban en casa. Sin embargo, no todos los que frecuentaban el bar de James deseaban los favores de estas mujeres que eran despreciadas por la sociedad. Muchos de estos clientes, preferían tomarse un bourbon (el whisky de la localidad) para luego regresar a sus casas.

Pero justamente, ese día, a un par de borrachos se les ocurrió fijarse en la misma mujerzuela. Y ambos terminaron cayéndose a los golpes, para ver quien se ganaba el favor de dicha mujer. Las mesas de maderas viejas y casi destartaladas, eran destrozadas por estos sujetos que no paraban de darse golpes en la cara. El resto de los clientes, al ver la pelea, decidieron unirse en vez de detener la trifulca.

Desde luego, esto era muy común en el Saloon…

Entonces, todos los hombres comenzaron armar un alboroto y todo por las faldas de las mujeres.

En ese instante, cuando las chicas comenzaron a gritar con desespero y algo de drama incluido, las puertas del Saloon fueron abiertas. El sonido estruendoso que producía las bisagras oxidadas de la puerta resonó por toda la cantina, llamando la atención de todos los presentes. Menos de los dos primeros camorreros que comenzaron la pelea.

En eso, el fragor de la detonación de un revólver, consiguió que los sujetos dejaran de golpearse.

—¡Es el sheriff Wesley! —Musita una de las mujeres que se encontraba con las demás acorraladas en un rincón del bar.

—Les he dicho miles de veces, que no quiero más peleas en este lugar —Habla mientras guarda su arma en la funda atada a sus vaqueros —. ¿Acaso no me explique bien? —Eleva un poco su sombrero, pero sin dejar a la vista sus ojos —. James, ¿Cuál de estos ha comenzado?

—Fue este, sheriff.

Tom observa al hombre que se ponía en pie, el sheriff niega mientras mira su atuendo todo andrajoso.

—Conoces las leyes, pasarás la noche entera en la celda. Así que andando.

—No me puede llevar solo a mí, este también me ha buscado pelea, sheriff —Tom mira los dientes amarillentos del sujeto.

—No pretendo que armen un escándalo en mi comisaria, te llevaré solo a ti. Andando.

Con un toque en la punta de su sombrero, Tom Wesley se despide de James el cantinero. Luego toma al alborotador por el hombro y lo encamina fuera del Saloon a empujones.

Tom era un tipo correcto, no se dejaba intimidar por nadie, era justo, y lo mejor de todo es que no era un sheriff corrupto. Todos los anteriores lo habían sido, convirtiendo al pueblo en un lugar lleno de forajidos y bandidos, por esa razón el pueblo de Coloma opto por hacer unas nuevas votaciones y elegir a otro sheriff.

Wesley termino por ganar, y desde entonces, se convirtió en el mejor sheriff que el pueblo pudiese tener. Era respetado, y desde que él estaba al mando, ningún bandido se le ocurría aparecer por el pueblo a molestar o extorsionar a nadie.

Todos los habitantes sobrevivían de la cría de reses, muy pocos eran los que se aventuraban a trabajar en las minas en los pueblos lejanos. Y cuando se iban, jamás regresaban. Pero los que residían en Coloma subsistían del ganado y los pocos huertos que algunos ciudadanos poseían y lograban mantener.

La tierra era tan seca, que muy pocas eran las hortalizas que se daban. Hasta que al menos la época de sequía se fuera, cuando las lluvias aparecían, las cosas pitaban mejor para el pueblo.

Tom llevaba al prisionero directo a la única celda que tenía en su comisaria, era un pueblo algo pequeño, pero se cometieran muchos delitos, por ende, los prisioneros tenían que conformarse con compartir la misma celda. Por esa razón, no pudo llevarse al otro tipo de la pelea, no ganaba nada con separarlos en el Saloon, si en la celda sería la misma historia.

—Sheriff, escúcheme, no es necesario que haga esto.

—Camina, no quiero escuchar tus quejas —Empuja al hombre.

Ambos iban por el centro de la estrecha calle, de lado a lado se podía conseguir ver los pocos establecimientos. La comisaria se encontraba al final de la misma calle arenosa, Tom llevaba a su prisionero para encerrarlo al menos por un día, le daría un escarmiento por andar buscándole pelea a otro sujeto.

El sheriff opinaba que las leyes se hicieron para obedecerlas, no para desobedecerlas… y dado que esas mismas leyes fueron las que él impuso, todo se haría tal cual como él mismo había dispuesto.

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