Portada de la novela Una Asistente Para El Millonario

Una Asistente Para El Millonario

8.6 / 10.0
En Una Asistente Para El Millonario, Ada entra al mundo de Eduardo, un soberbio magnate. Entre secretos de esta novela de romance y billionaire romance novels, enfrentan a un enemigo anónimo tras un trágico accidente. Un relato de supervivencia y misterio ideal para leer libros online gratis.
Resumen de Una Asistente Para El Millonario
Ada busca estabilidad para su familia y consigue empleo con Eduardo, un magnate arrogante. Su relación cambia cuando ella acepta cuidar a la tía de su jefe, despertando en él una obsesión ante la resistencia de la joven a sus encantos. Pero la tragedia golpea: un accidente con un responsable fugitivo atrae a un rival anónimo que busca venganza. En medio de este asedio y oscuros secretos, ¿logrará su vínculo resistir la letal amenaza que los acecha?
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Una Asistente Para El Millonario Capítulo 1

Eduardo. Mi jefe y la persona más insoportable de toda la empresa. Aunque, no me refiero a insoportable fastidioso y molesto, o quizá si un poco, pero, el punto es que, estoy cómoda en mi puesto de trabajo como su asistente. Y tal vez ese sea un gran problema, porque debería de optar por algo mejor y menos... Cansado. Más lejos de él. Más lejos de aquellas mariposas que florecen de vez en cuando estando aquí.

El señor Eduardo es... Simplemente un hombre extraordinario, tan único, tan insufrible y tontamente perfecto. Un don Juan que todas las chicas desean en su vida. Pero para quedarse lo no solo tener una aventura e irse, como se rumorea que suele hacer dicho galán y jefe.

Yo, por mi parte ahora mismo estaba corriendo como una loca por todas las oficinas de la empresa intentando llevarle un ridículo café a la señorita de la cual esta enamorado, o cortejando que se yo. O eso es lo que los chismes dicen por todas partes y sin saberlo o quererlo llegan hasta mi como bombas de humo cayendo sobre los oídos; sí, si. Ya se que es demasiado exagerado, pero es casi de esa forma.

Todo este tema estaba dándome dolor de panza y haciéndome rodar los ojos por ser yo, quien haga el papel de cupido, como si tuviese algún interés en establecer estás relaciones entre ambos. Yo solo sigo sus ordenes de llevarle un café todos los viernes a las ocho en punto a tal señorita, y podría decir que en contra de mi voluntad. Era tan tonto este ritual. Desde que me había ordenado hacerlo hace unas semanas yo era la que más había sufrido, aparte de todo el desastre que dejaba a mi paso por llegar tarde algunos días.

Y mas ridículo para mi que debía correr por todos lados buscándola gracias a el. Pero parte de mi trabajo como secretaria era complacer y llenar todas sus ridículas e impensables expectativas, acompañadas de esas exigencias totalmente fastidiosas.

Me valía tres kilos de madera lo que sucediera entre ellos, pero usarme a mi como cupido ya era demasiado. Ni siquiera sabía si en realidad tenían algo, solo eran suposiciones.

- Ada, deja de correr por los pasillos tan temprano - grito Yuli desde su puesto de trabajo atrayendo unas pocas miradas, desde un pequeño cubículo junto a la puerta de la señorita Gen. De la que el jefe estaba...Lo que sea que estaba de ella. Pero allí era donde se encontraba la dueña del café por el cual yo corría por la oficina con el cabello alborotado. Un pavo real se quedaría corto junto a mí.

- Se te ven los calzones cada vez que brincas como una vaca enloquecida por todos lados.

-- Cállate!- le respondo poniendo el café dentro de la oficina de Gen, cerrando la puerta tras de mi al salir rápidamente. De forma sigilosa intentando no llamar mucho la atención, evitando las miradas de los demás en el espacio de trabajo.

Paso por el lado de Yuli y la esquivo sonriendo y negando a la vez con la cabeza. Me falta entregar dos carpetas también en la administración, y no puedo evitar preguntarme sino hay alguien mas que se encargue de estos trabajos. Muy poco personal para lo mucho que hay que hacer, en realidad. Estoy sosteniendo más peso del que debería y en este trabajo no se me paga por hacer estos deberes. Y aunque quisiera quejarme, prefiero seguir manteniendo una buena relación de trabajo con todos. Así que decido quedarme un poco más de tiempo callada para no crear conflictos en la oficina.

He trabajado para el señor Eduardo desde hace alrededor de dos años y medio. Tiene veintiocho años. Lo conozco a la perfección, aunque en el fondo desearía no hacerlo. Es fastidioso y bastante quisquilloso en cualquier sentido, aunque él es quién le pone sazón a la empresa, creando cualquier tipo de dinámicas para que sus empleados estén totalmente contentos. Y, tengo que destacar su estúpida obsesión por la pasta. No se que demonios le ve, pero sigo pidiendo domicilios diariamente para pastas con cualquier tipo de aderezos para el. Desde hace mas de dos meses que solo pide eso, y me asquea tener que hacerlo. Quisiera obligarlo a comerse una gran hamburguesa con todo. Pero allá el... Yo solo soy una secretaria que piensa más allá de su deber.

Quizá sea yo quien tiene hambre en este preciso momento. Olvide desayunar. Pero puedo aguantar un poco más.

Dejó una mano sobre mi estómago y suspiro intentando calmar los mareos que me embriagan por un momento poniendo el lugar de cabeza.

Ada. Así me llamo. Es un nombre corto, pero bastante complicado en el momento de describirlo el porqué de el. Siempre creen que me llamo así por una linda película animada, o porque a mi mama le gustaron las hadas, y no encontró mejor nombre para mi, que ese. Estudie en Oclacyom, la ciudad vecina a esta. Me gradué en negocios de empresas, y algunos meses después hice un curso de asistente en publicidad. Y me refirieron a esta gran empresa.

Vivo sola en un pequeño departamento bastante lejos de aquí. De solo pensar en todos los colectivos que debo tomar me duele la cabeza nuevamente, ya que por desgracia aun no tengo auto, porque, el sueldo no me ha dado para cubrir tantos gastos. Desde los míos, hasta los gastos de mis padres y la incapacitante enfermedad que padece mi padre.

Hablar sobre ello es difícil, e intento no sentir tantos sentimientos al respecto, reprimiendo todo lo que en realidad siento. Pero, es delicado. Y aun mas cuando vez la tristeza en sus ojos por estar en una silla de ruedas desde hace mas de cinco años. Sin tener suficiente para una operación porque hay otros gastos que pagar. Como la comida, el arriendo de mi apartamento, mi ropa, la de ellos, sus gastos personales, los servicios eléctricos, agua, y mucho más.

Mis padres son lo único que tengo, no cuento con absolutamente nadie más, y ellos por supuesto solo conmigo. Así que jamás voy a dejar de darle cualquier cosa que necesiten. Así deba agarrar transporte público por mas años en esta ciudad. Ellos viven en Toshbill. Un pueblo retirado lejos de Damasc, que es donde resido ahora gracias a mi trabajo, y no me quejo. Me gusta muchísimo.

Es una ciudad bastante movida como me suelen gustar los lugares, fiestera y trabajadora. Las personas son sinceras y les encanta compartir lo que tienen. Pese a que es una de las ciudades donde mas millonarios viven. Incluyendo a mi jefe Eduardo. Heredero de esta compañía de publicidad, soltero, sin hijos, y con sus padres viviendo fuera del país. Todo un sueño comprado para el.

Tomo el ascensor que me lleva hasta el tercer piso y cuando llega me bajo de el, caminando a paso rápido hasta el lugar de trabajo junto a la oficina de Eduardo. El cual tiene la puerta entre abierta y alcanza a verse una rendija llena de luz, nada mas por todo el lugar. Paso junto a la puerta intentando que no me vea y canto victoria sentándome en la silla de rueditas junto a mí escritorio. Encendiendo el computador de inmediato viendo como la pantalla me pide una contraseña que tecleo de una vez, desbloqueando mi usuario.

- Señorita Ada. - su voz varonil llega a mis oídos, esos que se embelesan con el tono de voz y sacudo la cabeza espabilando. Me esta llamando, si se ha dado cuenta de que merodee mas de lo que debía esta mañana... tarde Ada. Llegas tarde...

Camino con paciencia hasta la oficina alargando el momento de mi muerte y contengo la respiración cuando tomo el pomo de la puerta abriéndola para mi. No veo su rostro pero si algo de su cuerpo y termino por cerrar la puerta. Maldecir por lo bajo y acercarme a su escritorio con la cabeza gacha.

- Tarde Ada. Llegas tarde. - gruñe sin empatía y me amarro mentalmente la falda de tubo porque siento que se me va a caer por la estruendosa voz que tiene.

Hoy lleva un traje azul. Uno de los tantos e infinitos trajes que siempre trae para lucirse, y pavonearse con ellos remarcando esos perfectos brazos, y las piernas apretadas en los pantalones entallados a ellas. Es sexy... Y yo una babosa mirona.

- Estuve haciendo algunas cosas importantes antes de venir. - aclare con la cabeza en alto. Observando como esas facciones endurecidas se moldeaban a su rostro angular. Con esa pequeña y desaparecida barba en sus mejillas. Y los ojos azules como el mar, me escudriñaban haciéndome añicos en su mente. Si. siempre esperaba lo peor de el. Hacia mi, por supuesto.

- ¿Y? Esa no es razón suficiente para llegar tarde. Mucho menos para tener que escuchar ese desagradable taconeo apresurado desde que llegaste. Y por supuesto, también tengo que decirte que el café de Gen, estaba frio. Sin mencionar los papeles que tiraste en recepción cuando te aguantaste del mostrador para no caerte mientras corrías, por llegar, tarde. Obviamente. Entonces Ada, ¿Crees que tus razones valen todo el desastre que has hecho?

Un flash back de la noche anterior atravesó mis neuronas. Yuli y yo divirtiéndonos en un antro con otras compañeras de trabajo. Con el único inconveniente de que era domingo, y no debemos salir los domingos porque por supuesto los lunes se trabaja...

- Los lunes se trabaja desde las siete y media, Ada. ¿Cuántas veces repetiré esto? - dijo juntando sus palmas. Criticándome con esa mirada llena de odio y maldad. O eso era lo que yo creía desde mi lugar.

Ni siquiera me había invitado a sentarme. Que maleducado. Tan cansada que venia hoy...

- Lo siento señor. - fue lo único que pude articular y ya no quería hacerme frente a el. Casi quería salir corriendo con esa cara enfadada observándome. Eduardo odiaba que no llegara temprano y lo sabia, pero tenia tanto tiempo sin salir, que ano0che me divertí de mas... Mucho mas de lo que yo tenia permitido hacer. Por mi misma. Yo misma me ponía limites. Y no, no es absurdo. Así es como debo conseguir el balance en mi vida.

- ¿Lo siento? Por suerte no están los directivos aquí para que aprueben este comportamiento inmaduro de tu parte Ada. No es la primera vez que pasa esto y lo sabes. Mi paciencia se agota.

- No volverá a suceder - respondí dura mirando sus ojos. El sabia perfectamente que lo que salía de mi boca era muy diferente a lo que reflejaban mis ojos. No estaba arrepentida. Pero tampoco quería ser impertinente poniendo en riesgo mi trabajo, el único sustento que tenia mi familia ahora mismo.

Me observa nuevamente. Revoloteando sus pestañas a lo largo de mi vestimenta. Paseándose por mis curvas no tan marcadas para luego, detenerse en esa camisa blanca de botones que llevaba puesta y esa pequeña gota de café que me había caído en una de las alas del cuello. Y si, volví a maldecir. Era detallista. Y un maldito obsesivo de la perfección. Virgo, siempre lo supe.

Nos quedamos en silencio durante un minuto que se sintió como una eternidad. Una que, no era precisamente fea. Era algo como, difícil de explicar, casi podía rozar la palabra cómoda...

- Espero que no lo haga. Porque a pesar del tiempo que llevas aquí, sabes que eres totalmente reemplazable. Cualquiera puede ocupar tu lugar de trabajo y eres consciente de ello Ada. Así que, enfócate en tus objetivos y deja de perder el tiempo divagando en cosas banales y poco productivas. - dictamino alzando su barbilla tanto como pudo, estirando su cuello. Haciendo un gesto desdeñoso para que saliera de la oficina. Y asentí de inmediato saliendo de allí con una mirada dura y de pocos amigos.

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Tabla de contenidos de Una Asistente Para El Millonario

Ch. 1 Ch. 2 Ch. 3
Ch. 4
Ch. 5
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Ch. 7
Ch. 8
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Ch. 10
Ch. 11
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