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Portada de la novela Un Trato Con La Bestia

Un Trato Con La Bestia

La tragedia golpea a Atenea Dankworth con la pérdida de sus padres, dejándola a merced de una herencia que la obliga a unirse en matrimonio con Dominic Black. Este implacable multimillonario, conocido como la bestia por su frialdad, pretende explotar el estatus de su nueva esposa para consolidar su imperio. No obstante, Atenea no se someterá fácilmente y establece cláusulas legales rigurosas, iniciando un duelo de poder que cambiará sus vidas para siempre.
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Capítulo 2

Atenea

Dos años atrás

Estoy tan feliz, tengo a los mejores padres del mundo, nunca imagine que fuesen a hacer una fiesta tan grande como esta ni a invitar a todos mis amigos, creí que la celebración la haríamos entre nosotros mismo y que compartiríamos como familia, aunque la verdad es que mi hermano muy poco está con nosotros, siempre anda en sus cosas y me entristece que no entienda cuánto daño le hace a nuestros padres, sobre todo a mamá, que sufre al verlo en los estados que suele llegar, dice que solo llega ebrio, pero varias veces lo he visto aspirar un polvo blanco por la nariz y luego fumar unos cigarrillos que huelen diferente a los que normalmente fuman las personas.

Sé perfectamente que es lo que hace, pero prefiero no decir nada sobre su problema de drogas para evitar que mis padres sufran todavía más por su culpa. Si tan solo fuese más consciente y tomara en consideración el amor que sienten ellos por él, es mi hermano mayor y quien algún día va a heredar todo, claro que también tendré mi parte, pero la mayor parte se la llevara él y me daría mucho dolor ver que destruya todo el esfuerzo que mi padre ha hecho por su inmadurez.

—¿En qué tanto piensas, hija? ¿No te gusta tu fiesta? —pregunta mi papá sacándome de mis pensamientos, le sonrío y lo abrazo con fuerza internándome en su pecho fuerte y cálido.

—Me encanta, papá, es solo que no lo esperaba —confieso llena de emoción y olvidándome por completo del descarriado de mi hermano.

—Entonces no le negarás un baile a tu viejo padre, aunque la verdad no sé cómo bailar nada de esa música que escuchan los jóvenes ahora. —Como voy a negarle nada al hombre de mi vida, adoro a mi papá, siempre me ha tratado como a su tesoro más preciado.

—Con permiso, me permiten felicitar a la cumpleañera. —La voz masculina me congela la sangre dentro de las venas al tiempo que los vellos de mi cuerpo se erizan.

Levanto la vista hacia el hombre frente a mí y tengo que pasar saliva para evitar que un gemido se escape de mi boca. Es un hombre que trasmite tanto con su sola presencia, tanto que me es imposible no sentir como me hormiguea la piel.

—Dominic Black, no recuerdo haberte invitado a la celebración de mi hija, de hecho no recuerdo haber invitado a nadie que no fuese su amigo. —El tono amable de mi padre cambia drásticamente provocando que me sienta nerviosa y predispuesta de ante mano, los ojos del desconocido se clavan en mis labios por un segundo en el que siento como mi vientre reverbera.

—Eso es por qué lo he invitado yo, papá, me pareció justo tener a alguien con quien conversar en medio de esta celebración en la que un montón de mocosos se divierten como simios sin control —replica mi hermano acercándose a nosotros y comprendo enseguida que esto es solo un plan para acabar con la paz y la tranquilidad.

—Te recuerdo que es la fiesta de tu hermana y son sus invitados, no los tuyos los que deben de estar en este momento compartiendo con ella —dice mi papá, aunque los dos sabemos que no vale la pena gasta saliva en mi hermano.

—Ya escucho a mi padre caballero, le agradezco que tenga la amabilidad de retirarse y puede llevarse a mi hermano con usted, así se evitan los dos estar en medio de un montón de simios sin control, aunque si soy sincera, el control deberían de ponérselo a otro —pronuncio mirando al intruso fijamente y cambiando la mirada hacia mi hermano al pronunciar lo último.

No entiendo el cambio de mi padre, pero si eso significa marcar distancia con Dominic Black, entonces no me importa hacerlo por complacer al hombre que me ha dado todo en la vida. No obstante, me es difícil ocultar el ligero temblor en mis manos e ignorar que mis piernas parecen de gelatina.

—Lamento haber incomodado —pronuncia y se retira luego de lanzarle una mirada de odio a mi hermano, quien como si fuese su lacayo baja la cabeza y camina detrás de él.

Un extraño sin sabor se instala en mi paladar, es como si este encuentro no fuese el único que tendré en mi vida con ese tipo. El temor instintivo o quizás la hostilidad que demostró mi padre delante de él es el que me hace reaccionar de esta manera, sea como sea, la verdad es que espero nunca tener que volver a cruzar ni una sola palabra con él, es demasiado…

—Atenea, algún día tu madre y yo no estaremos contigo y tendrás que aprender a cuidarte de los tiburones para poder sobrevivir en un mundo como el de hoy en día. —Las palabras de advertencia de mi padre me hacen perder la poca chispa de alegría que me quedaba, al demonio con mi fiesta de cumpleaños, estúpidos diecisiete.

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