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Portada de la novela Un Salvaje para la Duquesa

Un Salvaje para la Duquesa

Tras la caída del castillo Bousquet, la criada Azaleia asume la identidad de una duquesa para sobrevivir. Su farsa la conduce a un matrimonio forzado con Brock Haggard, un guerrero feroz que ansía el estatus de la nobleza. En una unión definida por el desprecio mutuo y la ambición, ambos se ven envueltos en oscuras conspiraciones y una profecía trascendental. En medio de este caos, deberán descubrir si el afecto puede surgir del odio más profundo.
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Capítulo 2

Brock

—¿Cómo que no hay sobrevivientes?—

—No señor… hemos revisado cada esquina, sin éxito— me dice un soldado, antiguamente ladrón que mi padre asignó a mi escuadrón. Realmente es cada vez más lamentable mi compañía. 

Parecía un gusano y se comportaba como tal, a cada rato tenía que decirle a mi mano derecha Layne que revisara sus bolsillos para constatar que no se robara nada y que tuviera un ojo en él para que no matara de más ni colocara una mano en las mujeres. Era un trabajo difícil, pero necesitábamos soldados, enfocándonos en cantidad y no calidad, así que no tenía mucha opción.

—El castillo Bousquet parece totalmente desolado, como si un grupo de fantasmas hubiese decidido acabar con el lugar —Obviamente no son fantasmas sino soldados de otras compañías, enemigas de seguro, que quieren que el fracaso de emperador que tenemos continúe haciendo sus fechorías.

Temo lo peor, el Duque debe haber caído también y con él el ducado Bousquet, lo cual son pésimas noticias para nosotros. Hay pocos cuerpos, la mayoría han sido quemados y veo un montón de tierra que no debe tener muchos días, un poco de tierra que ha sido movida. Alguien debe haber sobrevivido para hacer esto, un aliado que enterró a sus muertos.

—Areta… ve a buscar si hay alguien vivo— le digo a mi loba.

Ella me sigue siempre a donde quiera que voy cuando no está cazando. Me ve atenta y luego sale disparada olisqueando cada rincón. Areta es la mejor rastreadora. Es obvio que fue un enfrentamiento brutal, uno de los peores que vi, muchos soldados han muerto, así que aunque haya sobrevivientes creo que obtendremos muy poco de ellos. Esta masacre parece haber sido hace días, realmente hemos llegado muy tarde.

—Revisemos cerca de las caballerizas— sugiere Layne y me señala a uno de los pocos caballos que sigue apostado, que pareciera ha sido preparado para salir ¿Amigo o enemigo? Quien sabe. Escucho a mi loba Areta gruñir y sé que ha encontrado algo. Mis hombres aparecen de repente a varios pasos de mí, y lo menos que me imagino es que lanzan una chica a mis pies. 

Parece una criada, pero hasta la emperatriz parecería una criada en esta situación. La pobre criatura tiembla y cuando Gusano la fuerza a verme, observo el terror en sus ojos, sin duda ha pasado cosas terribles y el hecho de mi nombre no ayuda en lo absoluto. La chica tiene los ojos castaños más grandes que vi en mi vida, su cabello es castaño oscuro con pequeños destellos claros, su rostro es delicado y sus labios se parten en asombro, parece una pequeña flor en medio de un desierto. 

Supongo que mi estampa no debe ser la más agradable y mi fama no es consuelo. Tengo meses cabalgando, buscando algo, alguna solución a estos enfrentamientos, como para volver a casa de mi padre con buenas noticias, el Conde de Haggard.

Al ser el hijo menor no tengo derecho al título y básicamente a nada más, por ello tengo que labrarme mi nombre y logros por mí mismo, algo que me ha costado, pero que debo decir me gusta lucharlo. Areta ladra como loca de aquí para allá.

—Muchacha… ¿Has visto lo que sucedió? ¿Dónde está el Duque?— le pregunto y ella solo tiembla. Puedo ver que las lágrimas se arremolinan en sus ojos, quizás era alguien cercano, no una simple sirvienta.

—¿Quién eres?— inquiero, pero ella sigue sin responder. De repente veo que los ojos de Gusano se abren de par en par, ha notado algo en la chica, temo que quiera usarla para divertirse, lo cual no sucederá mientras yo esté al mando. Layne también parece haberse dado cuenta de que ella tiene algo.

—Ni lo intentes Gusano…— le dice mi compañero rápidamente y ayuda a levantar a la chica. 

Con cuidado toma de sus manos lo que a Gusano estaba obviamente pensando en robar y cuando lo observa me lo da. Yo me quedo viendo estático, es un anillo de oro, y no uno cualquiera, sino que tiene el emblema de Bousquet, una pluma blanca. ¿Puede ser que la chica lo haya robado? Me inclino y me acerco a ella y veo como agacha la cabeza para evitarme a toda costa. Colocó una mano en su brazo y atraigo sus manos a su regazo.

Observo con cuidado sus pequeñas manos, tiene un par de heridas y magulladuras recientes, sus uñas están sucias con algo de tierra y tiene una pequeña lesión, clásica de tomar plumas, por lo que sabe escribir, lo cual no es muy común. Pero nada que indique que ha trabajado como criada algún día de su vida. Ni lavar, ni quemaduras de cocina, ni trabajo en la tierra. Llamo a Layne un momento aparte.

—Vigílenla, pero no la toques Gusano— lo miro con recelo mientras nos vamos afuera, lamento no haberme traído al resto de mi grupo de confianza, pero salimos en apuros. 

—¿Qué piensas Layne? Sus manos son de una dama, sabe escribir y sin duda no ha hecho trabajo forzado, quizás solo últimamente— le comento. 

Layne Isaac ha sido mi compañero por años, mi primo, su madre era una Haggard, pero lleva el apellido de su padre de una casa pequeña. Me seguía desde que éramos niños. Éramos inseparables, hasta hoy. Somos totalmente diferentes, él es más dado a la moral, las leyes, estrategias y los libros, y yo más a la espada, el rifle y las peleas.

Estuvo conmigo en mis momentos más difíciles, mi oscuro matrimonio, las peleas con mi padre, mis arranques de ira. Siempre presente y fiel. Creo en su palabra más que en las de diosas y sacerdotes. Sus ojos verdes que parecen de serpiente me miran con seriedad y suspira.

—Pocos lo saben pero… el Duque tenía una hija, él esperaba casarla con un buen prospecto. Yo estaba al tanto porque algunas cartas llegaron a ciertos señores, era una joven de aproximadamente la edad de que está que encontramos. Era el futuro de la casa Bousquet. Nadie sabe cómo es y pocos como se llama, pero existía o… existe: Marchelina. Es la única heredera y tiene sentido que jamás dejara el castillo—

—La futura Duquesa—digo pensativo —Sus manos y cara son puras, sus ropas parecen ser adecuadas. ¿Realmente crees que sea ella?— Layne asiente.

—Tiene el anillo. ¿Cómo podría tenerlo si no? ¿Lo robaría? El Duque jamás lo daría si no fuera su hija y preferiría morir antes que se lo quitaran. El anillo no está sucio, sino más bien cuidado y ella lo tenía en su dedo. ¿Viste a la pobre chica? No parecería que robara algo. Y si fuera una criada, robaría otras cosas, no ese anillo, porque ni sabría que significa, estoy seguro de que en el castillo debieron existir cosas más valiosas. Además… se quedó sola aquí, debe ser lo único que conoce— tiene sentido.

—Si es ella… es un barril de pólvora andante a punto de encenderse y explotar. Menos mal que llegamos nosotros y no otros. Quien sabe qué hubiesen hecho— Layne asiente y sopesa mis palabras. Una joven Duquesa en las manos equivocadas puede cambiar drásticamente el curso de la guerra, fácilmente como un timón que cambia el rumbo de un barco.

—Creo que debemos llevarla, para protegerla, obviamente y porque ella es el futuro de este pequeño ducado. También porque ella es la heredera….— menciona él, un dedo acariciando su labio de forma pensativa.

—Una Duquesa en nuestras manos— digo tomando la decisión.

—Una Duquesa en manos de Brock Haggard. Podríamos casarla… y obtener sus tierras. Lograr un matrimonio concertado— repite él de forma intrigante. Yo solo espero que no la casen conmigo, por nada del mundo quiero tenerla cerca… ¿o si? La verdad es que no me agrada pensar que ella se case con otro.

Nuestra conversación se ve interrumpida cuando escuchamos el ladrido de Areta y luego unos gritos y rápidamente supongo que es la chica. Layne y yo volvemos corriendo y la encontramos en el suelo, su vestido desordenado, una manga rota y su labio sangrando. 

Gusano y los otros dos imbéciles que los acompañan se ríen mientras ella intenta contener las lágrimas, cuando nos ve llegar se tapa el rostro intentando protegerse, sin duda esperando un nuevo golpe. Tiembla aún más y se ve como si preferiría morir antes que estar en esta situación, en el suelo, con cinco hombres parados frente a ella, con su ropa rota.

—¿Qué demonios hacen?— grita Layne y los imbéciles se callan.

Veo lo que hace Layne, no dice quién es ella, o quién creemos que ella es al menos, pero dice que es la única sobreviviente. Voltea a mirarme y sus ojos me dicen todo: debemos protegerla y no debemos decir quién es, al menos por el momento.

Yo me acerco a la pobre criatura y se arrastra en la tierra con desesperación, como si yo fuera una lanza con fuego. Debo reconocer que me agrada ser temido, me hace sentirme importante y respetado, pero por esta chica… me hace sentir… no lo sé explicar, como si no me gustara ser temido por un ser que parece tan delicado.

—¡Ella me atacó!— contesta Gusano con la mano tapando su mentón.

—Por supuesto, esta chica pequeña te atacó a ti, junto con dos tontos más. Debería darte vergüenza— digo en voz alta para que ella me escuche, pero veo que de hecho, el estúpido tiene en el mentón un enrojecimiento. 

No me gusta pensar que otro hombre la toque.

 «¿Qué te pasa Brock? Deja de pensar en ella, no es tuya». Pero podría serlo…

—¿Por qué la tocan? ¡No la toquen! Y si hubiese sido cierto, no me queda duda de que te lo buscaste, sino como explicas el roto en su vestido— digo y procedo a acercarme más a ella. Está acorralada y es obvio que ella espera lo peor, veo su vestido roto… y ella se ve tan… tentadora. ¡Demonios Brock! Deja de pensar en ella. Me quito mi capa para colocársela encima. 

Ella da un respingo de susto, pero veo que sus finos dedos toman la gran capa para sí y se la acomoda sobre los hombros. Sigue evitando verme, pero siento que respira con alivio. Layne se arrodilla a mi lado y le ofrece un pañuelo blanco que ella toma casi sin vacilar si lo observa a él. Rápidamente, se lo coloca en el labio roto, haciendo una mueca de dolor.

—Ustedes y todos los demás, escúchenme claramente— digo levantándome del suelo y gritando a todo pulmón —No importa lo que todos digan, no somos unos salvajes, no herimos a los más débiles y mucho menos a las mujeres. ¿Quedó claro?— digo repitiendo un par de veces la pregunta hasta que escucho unas cansinas respuestas afirmativas. 

—Debes venir con nosotros— le digo de forma autoritaria. Ella inmediatamente levanta la cara y esos ojos castaños me miran con sorpresa y completo terror, niega con su cabeza de forma desesperada.

—No no no no por favor, esta es mi casa— dice angustiada, es la primera vez que habla y su voz es clara y tiene un tono sutil. Hace que mi corazón salte.

—No hay otra opción, es peligroso para ti, yo estoy al mando y mi deber es ponerte a resguardo— ella empieza a desesperarse.

—Ni pienses en huir— le digo dándole la mano, pero ella la ve y no hace ningún movimiento para tomarla. Layne se acerca a ella nuevamente hablándole con dulzura.

—Señorita, corre usted gran peligro aquí sola y sin protección. Permítanos cuidarla, le prometo que no vendrá ningún daño— dice con voz suave, inclinando su cabeza para verla mejor. Ella mira al resto de los hombres, tiene miedo de ellos y seguramente de nosotros, no la culpo.

—Tienes mi palabra de caballero— Es obvio que con él y sus palabras dulces ella reacciona diferente.

—Toma tus cosas— espeto yo, de pronto con rabia —Salimos en una hora—.

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