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Portada de la novela Un Salvaje para la Duquesa

Un Salvaje para la Duquesa

Tras la caída del castillo Bousquet, la criada Azaleia asume la identidad de una duquesa para sobrevivir. Su farsa la conduce a un matrimonio forzado con Brock Haggard, un guerrero feroz que ansía el estatus de la nobleza. En una unión definida por el desprecio mutuo y la ambición, ambos se ven envueltos en oscuras conspiraciones y una profecía trascendental. En medio de este caos, deberán descubrir si el afecto puede surgir del odio más profundo.
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Capítulo 3

Azaleia

El viaje a caballo es agotador y mientras el tiempo pasa, mi cuerpo se siente agotado y mis piernas acalambradas, veo los caminos de tierra, las colinas y montañas, me doy cuenta que mi escapada nunca iba a tener éxito. El viaje que emprendía era a un mundo desconocido. Pero sentirme tan ajena del mundo, uno que tenía a metros del castillo y que desconocía, me hacía sentir frágil, débil y absolutamente perdida. Tú querías viajar a Azaleia ¿No?

—¿Estás bien?— pregunta el hombre de cabello oscuro y ojos verdes que me protegió hace unos instantes. Su traje es de color negro de cuero y tiene varios anillos en sus manos. Yo cabeceo suavemente y le doy a entender que estoy bien. 

—Soy Layne Isaac, por cierto, primo de Brock y consejero de los Haggard. El rubio de atrás con cara de molesto es el hijo menor de Conde de Haggard, el líder de esta compañía— menciona a modo de una breve presentación. Yo asiento de nuevo, evitando presentarme. No sé qué quieren de mí, pero decir que soy una criada no parece una buena idea por el momento.

El de ojos verdes me sigue de cerca, a veces al lado intentando buscarme conversación y el temible Brock me sigue detrás en un portentoso caballo marrón con motas blancas, su bestia está al lado de él y por lo que entiendo es una loba.

Siento su mirada pegada en mi espalda. Yo me sujeto la capa que él me dio, cubriéndome de la cabeza a los pies, de forma inconsciente palmeo mi pequeño bolsito en mi bolsillo con mis pequeñas joyas, algunas mías, otras que pude salvar antes que llegaran los varios ladrones que intentaron tomar algo del castillo, aunque las más importantes siguen escondidas ahí hasta que el castillo Bousquet tenga nuevo dueño.

Los hombres que me retienen no son mejores. Uno es una bestia, por las historias que se escuchan de él, dice que acabó con enemigos de un solo golpe, y él otro se ve cordial, pero sus ojos son fríos, no me engaña ni por un momento. Sé cómo vieron el anillo con avidez, sin duda piensan robármelo y clamar los derechos por las tierras del Duque. Él ya no está, pero él me lo dio, fue su forma de decirme que yo era la guardiana. 

Ya es casi de noche, cuando aparece a nuestra vista un campamento, está en un lugar poco concurrido, supongo que para estar lejos de miradas. Está bien armado, pero sin duda, no se compara a una edificación de piedra o madera. Sin embargo, el calor de las antorchas apostadas me llama, un poco de calor y quizás una bebida caliente, mejorarían mis horribles experiencias y sería todo para mi helado cuerpo. 

Después de bajar del caballo a duras penas y de adentrarme en el campamento, todas mis expectativas de confort se ven disueltas como mi cálido aliento en el frío de la noche. No me importaría dormir en el suelo, tal cual como estoy, ni siquiera de no comer. Pero lo que veo no es agradable por otra razón, estoy rodeada de hombres, todos soldados.

Me llevan a la carpa principal. Es realmente grande y acogedora, con alfombras de intrincados diseños, un espacio particular con una tetera, vasos, entre otros utensilios, estantes improvisados con libros y una gran mesa con planos encima. Me enseñan una silla cerca de la mesa y me piden sentarme, mientras Layne llama a algunos criados para que traigan bebida y comida caliente; también piden no ser interrumpidos.

—Muy bien señorita… creo que nos debe una presentación— dice Brock inclinándose a mi nivel —¿Quién eres? ¿Qué hacías en el castillo de los Bousquet?— me pregunta de forma amenazante. Yo no respondo, francamente no sé qué decir. En otra circunstancia nunca habría mentido, pero ahora… ahora soy otra persona. 

—¿Quién arrasó con el castillo? ¿Por qué tú sobreviviste y el resto no? ¿Estás protegiendo a alguien? ¿A quién? ¿Dónde está el Duque?— vuelve a preguntar, esta vez apoyando sus manos en los apoyabrazos de la silla, quedando muy cerca de mí.

Yo me inclino desesperadamente para atrás. Sus ojos grises son intensos, su barba rubia tiene rastros dorados como rayos del sol. Su cara es intimidante, y a la vez fascinante. Cierro los ojos para no pensar nada más y no puedo evitar querer llorar. 

—¿Qué sabes de Marchelina Bousquet?— pregunta Layne y yo me asombro—Es obvio que la conoce— responde Layne.

—No sé quién es— digo de sopetón angustiada, mi respiración se acelera como un caballo.

—¿Ah no?  Pero tu cara me dijo otra cosa. ¿Acaso no lo sabes? Muy pocas personas conocen su nombre, incluso los propios trabajadores del castillo. El Duque fue super celoso con su hija, hay personas que inclusive ni sabían que tenía hija— dice con esos ojos verdes y fríos.

Es verdad, nadie lo sabía. Al parecer, desde que murió la Duquesa, la madre de Marchelina, de una enfermedad rápida cuando su hija era una bebé, el Duque se volvió cada vez más obsesionado con la protección de su hija y es cierto que pocos inclusive dentro del castillo no la habían visto. Tampoco a mí, salíamos muy poco, siempre alejadas de las miradas curiosas.

—Yo… no sé nada— titubeo.

—Yo creo que sí sabe, señorita. Yo creo que tú eres Marchelina Bousquet— siento que hiperventilo y mi corazón se va a salir. Niego con mi cabeza con desesperación. 

—Yo no soy Marchelina— digo angustiada, implorando que me crean —Yo no soy la Duquesa—

—¿Entonces por qué llevas el anillo de los Bousquet? ¿Lo robaste?—pregunta Brock de forma intimidatoria. Yo sigo negando y empiezo a llorar, me tapo la cara con mis manos - —¿Quién eres entonces? ¡Habla! Dónde está el Duque?— me grita.  

—El Duque… murió en la emboscada— admito intentando cambiar el tema de Marchelina. Ambos se quedan en silencio.

—¿Lo viste? ¿Puedes confirmarlo?— pregunta Layne preocupado mientras Brock se toma la cabeza desesperado y patea un par de cosas más. Yo asiento desesperada.

—No le creo Layne. ¡Dinos, quién demonios eres!— me levanta la voz.

—Yooo… soy una criada, solo una criada— respondo con un hilo de voz. 

—Solo una criada. Una criada que no aparece tal, que se ve que no ha trabajado un solo día de su vida y que además lleva el anillo que solo tiene la familia ¿Crees que somos tontos?— me dice acercándose Brock y puedo ver sus ojos brillando de furia. 

—No soy la Duquesa… ¡Ni siquiera luzco como ella!—

—¿Cómo sabes cómo luce la Duquesa? —me dice Layne, y debo decir que tiene razón.

—Yo no… ustedes tienen que creerme— digo desesperada. 

—No temas, somos tus aliados, bajo nuestro poder nada malo te va a pasar, Duquesa— dice Layne.

—Layne, llama a uno de los criados para que preparen los aposentos de la Duquesa. Quien se acerque a ella sin yo haberlo pedido expresamente que se considere muerto y enterrado, así le toque un solo cabello de su cabeza—  manifiesta Brock.

Yo me encuentro temblando en la silla, tanto que las patas de la silla retumban con un sonido rítmico el suelo donde hay una roca sin las alfombras. Esto es peor que mis pesadillas, que son realmente horrorosas. Brock se voltea a verme y da un paso hacia mí y yo me cubro nuevamente, finalmente se aleja.

Parece ser que me voy a quedar en esta tienda y siento que me desmayo solo de pensar que voy a estar aquí encerrada con él, porque sin duda esta es su carpa. Brock parece dudar, pero finalmente intenta volver a acercarse, yo me encojo lo más posible.

—Solo quería saber si tienen alguna otra herida— dice serio, como si yo fuera un objeto que revisar. Yo niego con la cabeza, como si me voy a  dejar revisar por él. Luego se acerca más, intenta ver el corte de mi boca y pareciera que me quiere ayudar, yo aparto mi cabeza rápidamente y él desiste.

—Aquí tienes algo de comida, té y agua y vendajes para que te limpies la herida. Dormirás siempre en esta tienda y bajo ninguna circunstancia saldrás, al menos que yo o Layne lo decidamos ¿Está claro?— Ahora soy su prisionera, mi mundo será esta carpa.

—Se lo pido… por favor, déjeme ir. No le diré a nadie lo que ha sucedido. No quiero ser una prisionera— él me ve de reojo entre su espesa cabellera rubia oscura.

—Te quedarás aquí. Yo mismo cuidaré la entrada. Estarás aquí sola y nadie te hará daño, es mejor destino que cualquier cosa que puedas hacer afuera, enfrentando el camino. Créeme, ¿Soy lo suficientemente claro o debo repetir lo que dije?— dice de forma austera.

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