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Portada de la novela Un Riñón, Una Traición

Un Riñón, Una Traición

Ximena entregó un riñón para salvar a la cuñada, pero todo fue un engaño de su prometido, Ricardo, quien además causó sus abortos. Tras simular fallecer en una explosión, huye a Italia y se transforma en Lía, una pintora de renombre. El reencuentro ocurre años después: él está lisiado y busca perdón, pero ella rechaza sus súplicas. Firme en su libertad, Lía lo abandona a su propia miseria y dedica su riqueza a proteger a otras víctimas de injusticias.
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Capítulo 2

Ximena abrió los ojos lentamente, el olor a antiséptico le llenaba la nariz y la luz blanca del hospital le lastimaba la vista, sentía un dolor agudo y punzante en el costado, un recordatorio del enorme sacrificio que acababa de hacer por amor.

Donó uno de sus riñones.

No a un extraño, ni a un familiar, se lo dio a Sofía, la hermana menor de su prometido, Ricardo, la misma a la que Ricardo adoraba y cuya vida, según él, pendía de un hilo.

Él le había rogado con lágrimas en los ojos, le había dicho que la familia de Ximena era la culpable indirecta de la enfermedad de Sofía, una vieja rencilla familiar que había sumido a la familia de Ricardo en la desgracia, y ella, cegada por el amor, le creyó.

"Eres mi ángel, Ximena", le susurró Ricardo antes de que entrara al quirófano, "estás salvando a mi familia, nos estás salvando a nosotros".

Esa promesa era lo único que la mantenía aferrada a la consciencia en medio del dolor, el sacrificio valdría la pena, todo por un futuro junto a él.

Intentó moverse, pero el dolor la paralizó, se quedó quieta, escuchando los sonidos del hospital, el pitido de una máquina lejana, los pasos apresurados de una enfermera en el pasillo.

Entonces, escuchó la voz de Ricardo, no era el tono suave y preocupado que usaba con ella, era un tono burlón, lleno de una alegría cruel.

"¿Viste su cara? Parecía una santa yendo al matadero", dijo Ricardo, y una risa grave, la de su amigo Carlos, le respondió.

Ximena contuvo la respiración, el corazón le empezó a latir con una fuerza descontrolada, un sudor frío le recorrió la espalda.

"No puedo creer que lo hiciera", continuó Carlos, "donarle un riñón a una muerta, ¡qué estúpida!".

"Sofía no está muerta, idiota", replicó Ricardo, su voz era un veneno que se filtraba por la puerta entreabierta, "está en Cancún, feliz de la vida con su nuevo galán, lejos del compromiso arreglado que tanto odiaba, esta fue su idea para librarse de todo".

El mundo de Ximena se detuvo, el aire se volvió denso, pesado, imposible de respirar, cada palabra era un golpe directo a su pecho, a su alma.

"¿Y el riñón?", preguntó otro amigo, era la voz de Miguel.

"Se lo vendimos a un ricachón en el mercado negro", respondió Ricardo con una carcajada, "la tonta de Ximena no solo perdió un riñón, nos hizo ganar una buena lana, con eso y con el control que ahora tengo de su taller de cerámica, la venganza contra su familia está casi completa".

Venganza.

Esa palabra resonó en su cabeza, vacía y terrible.

El dolor físico de la herida no era nada comparado con el dolor que le desgarraba el interior, la traición era absoluta, total, una aniquilación.

Sintió una náusea violenta, la habitación empezó a dar vueltas y la voz de Ricardo se convirtió en un zumbido lejano, antes de que la oscuridad la envolviera por completo, vio la puerta abrirse y la silueta de Ricardo recortarse contra la luz del pasillo, con una sonrisa triunfante en el rostro.

Su cuerpo, debilitado por la cirugía y destrozado por la verdad, simplemente se rindió, se sumió en un estado de semiinconsciencia, donde los fragmentos de la realidad se mezclaban con pesadillas.

Recordó el día que conoció a Ricardo, fue en una exposición de arte, él se acercó a admirar su trabajo, sus vasijas de cerámica, le dijo que sus manos creaban magia, que nunca había visto una sensibilidad igual.

Era guapo, carismático, con una mirada triste que la cautivó desde el primer momento, le contó la historia de su familia, la trágica "muerte" de su hermana Sofía, culpando veladamente a la competencia desleal del negocio de la familia de Ximena.

"Ellos nos lo quitaron todo", le dijo con la voz rota, "pero tú, tú eres mi luz, mi esperanza de empezar de nuevo".

Y ella le creyó cada palabra, se enamoró de su vulnerabilidad, de su supuesta lucha, quiso ser su salvadora.

Ahora, en la penumbra del hospital, otros recuerdos dolorosos emergieron, uno tras otro, como fantasmas que venían a atormentarla.

Recordó sus dos embarazos perdidos, el primero, por una "caída accidental" en su taller, Ricardo había "olvidado" avisarle de un piso resbaloso, el segundo, por un té "relajante" que él mismo le preparó, insistiendo en que era bueno para el bebé, el médico dijo que contenía hierbas abortivas.

En su momento, lo vio como una terrible mala suerte, una tragedia que los unía más, ahora, cada evento se teñía de una intención siniestra, cada "accidente" era una pieza de un rompecabezas macabro.

Había perdido a sus hijos, su salud, su confianza, todo por un hombre que jugaba a ser dios, moviendo los hilos de su vida para su propio entretenimiento sádico.

Una rabia fría y profunda comenzó a nacer en el fondo de su ser, una rabia que desplazó el dolor y la desesperación, no iba a morir, no iba a dejar que él ganara.

Si él quería una víctima, se la daría, pero sería la última actuación de su vida.

Cuando finalmente despertó por completo, Ricardo estaba a su lado, sosteniendo su mano, su rostro mostraba una preocupación perfectamente actuada.

"Mi amor, despertaste, me tenías tan preocupado", dijo, su voz era suave, un arrullo hipnócrita.

Ximena lo miró, sus ojos vacíos, su rostro pálido, no dijo nada, solo dejó que una lágrima silenciosa rodara por su mejilla.

"Tranquila, mi vida, todo está bien", continuó él, "Sofía está a salvo gracias a ti, eres una heroína".

Ella asintió débilmente, jugando su papel a la perfección, la mujer rota, la tonta enamorada que no sospechaba nada.

Por dentro, el hielo se extendía por sus venas, la decisión estaba tomada, Ximena, la ceramista ingenua, había muerto en esa mesa de operaciones, lo que quedaba era una mujer que solo tenía un objetivo: escapar.

Y lo haría, aunque fuera lo último que hiciera.

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