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Portada de la novela Un Riñón, Una Traición

Un Riñón, Una Traición

Ximena entregó un riñón para salvar a la cuñada, pero todo fue un engaño de su prometido, Ricardo, quien además causó sus abortos. Tras simular fallecer en una explosión, huye a Italia y se transforma en Lía, una pintora de renombre. El reencuentro ocurre años después: él está lisiado y busca perdón, pero ella rechaza sus súplicas. Firme en su libertad, Lía lo abandona a su propia miseria y dedica su riqueza a proteger a otras víctimas de injusticias.
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Capítulo 3

Los días en el hospital se hicieron eternos, Ximena mantenía su papel de mujer frágil y convaleciente, apenas hablaba, apenas comía, dejaba que Ricardo la cuidara, que le susurrara palabras de amor vacías al oído.

"Pronto saldremos de aquí, mi vida", le decía él mientras le acomodaba la almohada, "y empezaremos de nuevo, solo tú y yo".

Ella solo asentía, con la mirada perdida en un punto fijo de la pared, por fuera, era la imagen de la derrota, por dentro, su mente trabajaba sin descanso, planeando, observando, esperando.

Necesitaba pruebas, necesitaba saber hasta dónde llegaba la red de mentiras que Ricardo había tejido a su alrededor.

Una tarde, mientras Ricardo dormía en el sillón de la habitación, ella tomó su celular, que él había dejado descuidadamente sobre la mesita de noche, con manos temblorosas, lo desbloqueó, adivinando la contraseña, era la fecha del "fallecimiento" de Sofía, qué irónico.

Se metió directamente en sus mensajes, su corazón latía con fuerza contra sus costillas, encontró un chat grupal llamado "El Club de los Vengadores", estaban Ricardo, Carlos y Miguel.

Lo que leyó le heló la sangre, eran conversaciones llenas de burla y crueldad, detallaban cada paso de su plan, no solo habían fingido la muerte de Sofía, sino que se jactaban de haber saboteado el negocio de la familia de Ximena durante años, provocando su lenta caída.

Pero lo peor estaba en los mensajes sobre Sofía, descubrió que la hermana de Ricardo no era ninguna víctima inocente, era una mujer egoísta y manipuladora, la mente maestra detrás de su propia "muerte" para escapar de un matrimonio arreglado que su familia había pactado para salvar sus finanzas.

"Díganle a mi hermanito que actúe bien su papel de doliente", escribió Sofía en un mensaje, "y que se asegure de sacarle a la estúpida de la ceramista hasta el último centavo, me merezco unas largas vacaciones en Europa después de este teatrito".

Ximena sintió una risa amarga subir por su garganta, era una risa silenciosa, dolorosa, se estaba riendo de su propia estupidez, de su ceguera, había entregado una parte de su cuerpo por una mujer que se estaba burlando de ella desde una playa paradisíaca.

El dolor se mezcló con una profunda tristeza, no solo por la traición de Ricardo, sino por la aniquilación de la imagen que tenía de él, del amor que creía puro y verdadero.

Cerró los ojos, memorizando cada detalle, cada fecha, cada conversación, esta era la prueba que necesitaba, la gasolina para el fuego que ardía en su interior.

Cuando Ricardo despertó, ella ya había vuelto a su cama, con el celular de él en su lugar, su rostro impasible, sus ojos cerrados, fingiendo dormir.

A partir de ese día, su plan comenzó a tomar forma, ya no era solo escapar, era desaparecer, borrar a Ximena de la faz de la tierra para que pudiera nacer alguien nuevo, alguien que Ricardo nunca pudiera encontrar.

Ricardo, ajeno a la tormenta que se gestaba en la mente de su prometida, continuaba con su farsa.

Un día, llegó al hospital con un enorme ramo de rosas rojas y una caja de terciopelo.

"Mi amor, sé que han sido días difíciles", dijo, sentándose a su lado, "pero quiero que sepas que nuestro futuro sigue en pie, más fuerte que nunca".

Abrió la caja, dentro había un anillo de diamantes, mucho más grande y ostentoso que el de compromiso que ella llevaba.

"Para que nunca dudes de mi amor", susurró, intentando ponerle el anillo en el dedo.

Ximena lo miró, y por primera vez en días, habló, su voz era un susurro débil, casi inaudible.

"¿Y Sofía?", preguntó, su mirada fija en los ojos de él, buscando cualquier atisbo de verdad.

Ricardo no vaciló, su actuación era impecable.

"Ella... ella estaría tan feliz de vernos así", dijo, una lágrima falsa rodó por su mejilla, "luchó tanto, y tú, mi amor, le diste una oportunidad, aunque al final no fue suficiente".

"Quiero... quiero visitar su tumba cuando salga de aquí", insistió Ximena, probando los límites de su mentira.

La sonrisa de Ricardo se tensó por una fracción de segundo, un microgesto que ella no pasó por alto.

"Claro, mi vida, lo que tú quieras", respondió, recuperando la compostura, "iremos juntos, pero primero tienes que recuperarte, tienes que ser fuerte, por mí, por nuestro futuro".

Le tomó la mano y se la besó, su contacto le provocó una repulsión que tuvo que reprimir con todas sus fuerzas.

Esa noche, Ximena no pudo dormir, la certeza de su situación la golpeó con la fuerza de un huracán, no había escapatoria, Ricardo la tenía atrapada, la controlaba, la vigilaba, era su prisionera en una jaula de oro y mentiras.

Se sentía como un animal en una trampa, esperando el golpe final.

La desesperación la invadió, una ola negra que amenazaba con ahogarla, tal vez Ricardo tenía razón, tal vez estaba destinada a ser su juguete roto para siempre.

Fue entonces cuando lo escuchó de nuevo, la voz de Ricardo en el pasillo, hablando por teléfono, esta vez en voz baja, creyendo que ella dormía.

"Sí, ya casi está lista para salir del hospital", decía, "la herida de la cirugía es la excusa perfecta, nadie sospechará cuando tenga el 'accidente' en el horno de cerámica, un fallo eléctrico, una tragedia, pobre Ximena, tan desafortunada, y entonces, su taller y todo lo que le queda, será mío".

Un nuevo terror, más frío y afilado que cualquier otro, la atravesó, no se conformaba con haberle quitado la salud y el dinero, quería su vida.

El último vestigio de la vieja Ximena se hizo cenizas en ese instante.

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