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Portada de la novela UN ESPOSO PARA LA CEO PARALITICA

UN ESPOSO PARA LA CEO PARALITICA

Anabella Ríos, una influyente empresaria que perdió la movilidad hace cinco años, se ve obligada a pactar una unión por contrato con Máximo Salvatierra. Él es un heredero problemático que esconde un nexo secreto con el accidente de ella. Mientras enfrentan la ambición de una madrastra y estrictas normas de convivencia, surge entre ambos un amor inesperado. No obstante, la oscura verdad de su pasado compartido amenaza con salir a la luz y arruinarlo todo.
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Capítulo 2

CAPÍTULO 2

A Máximo Salvatierra el reloj se le había parado a los veintitrés años, una noche de noviembre, en una calle mojada del centro. Desde entonces marcaba las once y veinte de la noche, y todo lo que hacía con los relojes posteriores -los relojes del casino, los relojes de los hoteles, los relojes de las mujeres con las que se acostaba sin acordarse del nombre- era distracción.

Esa noche estaba en el Royal. Mesa cuatro. Blackjack. Había perdido cuarenta mil euros en hora y media, lo cual era poco para su nivel y bastante para el de la rubia que le pasaba la mano por el muslo cada vez que él perdía una mano. Como si el muslo de Máximo Salvatierra tuviera relación directa con los billetes de la mesa.

Pidió otro whisky. El cuarto.

-Señor.

-Otro.

-Señor, llevamos...

-¿Llevamos qué?

-Nada, señor.

El camarero se fue a por el whisky. Máximo encendió un cigarrillo en una sala donde estaba prohibido fumar y nadie iba a decirle nada porque su apellido pesaba más que el reglamento.

La rubia se inclinó.

-¿Te vas conmigo después? -le susurró al oído, con el tono de quien sabe que la respuesta es sí.

Máximo no la miró.

-No.

-Ay, ¿por qué no?

-Porque no me apetece. Y porque llevo dos meses contigo y todavía no te has aprendido la regla básica de este sitio.

-¿Qué regla?

-La de no preguntar.

Y entonces se abrió la puerta de la sala.

Dos hombres. Trajes negros. Caras que Máximo conocía desde los doce años porque eran las caras de los guardaespaldas de su abuelo desde que tenía memoria. Cruzaron la sala sin saludar al portero. Llegaron a la mesa.

-Señor Máximo. Su abuelo lo espera.

-Decidle que estoy ocupado.

-No es una petición, señor.

-Tampoco la respuesta, Ramón.

-Vamos a tener que insistir, señor.

Máximo levantó la mirada por primera vez. Ramón era el más viejo de los dos. Le había enseñado a montar en bici a los seis años. Tenía una cicatriz en la ceja que él se había hecho con una piedra a los ocho. Lo conocía como si fuera de la familia, porque en cierto modo lo era.

-Ramón. Una pregunta seria. ¿Cuánto te paga el viejo?

-Lo suficiente, señor.

-¿Te ha dicho qué pasa si no voy?

-No, señor.

-¿Te ha dicho que te despida si no me llevas?

-No con esas palabras, señor.

-¿Pero más o menos?

-Más o menos, señor.

Máximo apagó el cigarrillo en el cenicero. Apartó la mano de la rubia con una delicadeza que no le pegaba.

-Vamos, entonces. No vamos a hacer que Ramón pierda el trabajo por una mano de blackjack.

Se levantó. Tambaleó un instante. Recuperó el equilibrio sin que nadie tuviera que sostenerlo, porque Máximo Salvatierra llevaba cinco años perfeccionando el arte de andar borracho como si no lo estuviera.

Le tiraron una toalla en la limusina. Eso ya le mosqueó.

-¿Y esto?

-Su abuelo no le va a recibir oliendo así, señor.

-Si me hubiera querido oler bien, no me habría hecho venir a las dos de la madrugada.

-La toalla, señor.

Se limpió la cara. La nuca. Las manos. La toalla se quedó marrón. La dejó en el suelo de la limusina como una declaración política.

Llegaron a la mansión Salvatierra en veintidós minutos.

* * *

Alejandro lo esperaba en el recibidor.

Su hermano. Tres años mayor. La sonrisa que llevaba puesta era la sonrisa que Máximo le recordaba desde los cinco años: la que precedía siempre a un mal momento.

-Hola, hermanito.

-Alejandro.

-¿Sabes para qué te ha llamado el viejo?

-No.

-Lo sabes.

-No lo sé, Alejandro.

-Lo sabes y por eso has tardado dos horas en venir. Pasa. Está en el despacho. Te recomiendo agua antes de subir. Por la dignidad.

Máximo cruzó el recibidor sin pararse. Subió los doce escalones del primer tramo con la espalda recta. Llegó arriba con la respiración hecha un destrozo, pero Alejandro ya no estaba para verla.

Don Emilio Salvatierra esperaba detrás del escritorio. Setenta y ocho años. Barba blanca. Un puro a medio fumar en el cenicero. Y una mirada que Máximo, durante un segundo entero, no supo si era de decepción o de cálculo, porque su abuelo había perfeccionado el arte de poner las dos al mismo tiempo.

-Siéntate.

-Prefiero estar de pie.

-Te he dicho que te sientes.

Se sentó.

-¿Cómo me has encontrado?

-Tu hermana.

-Lucía no sabe que yo estoy en el Royal. Lucía no sabe nada de mí.

-Lucía sabe más de ti que tú mismo, Máximo. Y eso no es decir mucho.

Hubo un silencio. Máximo aprovechó para encender otro cigarrillo. Esta vez su abuelo no se lo permitió.

-Apaga eso. Lo que vamos a hablar no se habla con humo de por medio.

Máximo lo apagó. Despacio. En el cenicero del puro de su abuelo, lo cual era una falta de respeto pequeña que ninguno de los dos comentó.

-Tienes veintiocho años.

-Lo sé.

-Llevas cinco bebiendo.

-Lo sé.

-Hemos sacado a tres reporteros, dos hijas de banqueros y una redactora de revista de tu cama en este último año. He pagado a una embajada para que no te aparezca una foto en una página de sociedad. La fortuna que tu abuela te dejó la estás bebiendo a razón de mil euros al día. ¿Tengo razón?

-La tienes.

-Bien. Entonces vamos a poner una solución.

-Yo no he pedido ninguna solución, abuelo.

-Tampoco la pediste cuando tenías veintitrés años y te recogí en una calle bajo la lluvia.

Máximo se quedó muy quieto.

Don Emilio rara vez sacaba esa noche. La había mencionado dos veces en cinco años. La tercera vez era ahora, y la usaba como las viejas pistolas que se guardan al fondo del cajón: sabiendo que duelen aunque no se disparen.

-Te casas el sábado -dijo Don Emilio.

-¿Perdón?

-Te casas el sábado. Con Anabella Ríos. La nieta de Rafael. La conoces de las fotos. Es la CEO. La de la silla.

-Estás de coña.

-No suelo hacerlo, hijo. Lo sabes.

-¿La parapléjica de los Ríos? Pero abuelo. ¿Estás bien? ¿Te tomas tus pastillas? ¿Hay alguien revisándote la medicación?

-Mucho.

-¿Y eso significa...?

-Te casas con ella el sábado. La acompañas un año. La haces feliz, o por lo menos no la haces más infeliz, que eso lo sabe hacer cualquiera. Le das un hijo. Y a cambio te entrego el Grupo Salvatierra. El día que nazca el niño. No antes. No menos. Te entrego setecientos millones de euros de empresa y te quito a Alejandro de en medio. Eso, o sigues bebiendo y a los treinta y dos años yo estaré muerto, mi hijo no querrá saber nada de ti y Alejandro te dejará vivir en la calle. Tú eliges.

Máximo se rió. No fue una risa. Fue otra cosa.

-Abuelo. Yo no le puedo dar un hijo a una parapléjica. Tampoco creo que ella lo quiera de mí.

-No es tu problema saber lo que ella quiere. Es tu problema casarte el sábado. Lo de los hijos lo hablan los dos después. Tienen un año. Y un año, hijo, en una cama, con tu cara y la rabia de esa mujer, es tiempo de sobra.

-¿Y si me niego?

-Si te niegas, hoy mismo cancelo tu cuenta. Cancelo tu carnet. Cancelo el alquiler de tu apartamento. Cancelo la tarjeta de tu chófer. Cancelo, sobre todo, los cuatrocientos mil que pago cada año al hospital donde nadie te identifica para que tu nombre no aparezca en ningún registro de paciente. Y cancelo también la lista del taller donde se reparó el coche aquella noche. La lista que tengo guardada en mi caja fuerte. La saco. La mando a un periodista. Y tú al día siguiente entras en una cárcel suiza, hijo. Por homicidio frustrado bajo influencia. Catorce años. Mínimo.

Máximo no se movió.

Don Emilio levantó el puro. Le dio una calada larga, despacio, como un hombre que sabe perfectamente lo que acaba de hacer.

-Llevo cinco años cubriéndote la espalda sin pedirte nada. Hoy te lo pido. Una sola vez. Aceptas o no aceptas.

-Acepto.

-Lo sabía.

-No te dije sí porque estuviera de acuerdo. Te dije sí porque no me dejas otra cosa. Que conste.

-Lo dejo constar.

-¿Algo más?

-Una cosa. La conoces el sábado. En la catedral. Vas a llegar puntual, sobrio, afeitado y vestido. Si bebes una sola gota antes del sí, no necesito ni mandar a nadie a la prensa. Hago yo mismo la llamada.

-Entendido.

-Bien. Vete a dormir.

Máximo se levantó. Se quedó un segundo más de la cuenta mirando a su abuelo. Don Emilio tenía la cabeza ya en otra cosa. En una carpeta. En un papel. En cualquier cosa que no fuera el chico de veintiocho años a quien acababa de vender en una boda contra su voluntad.

-Abuelo.

-Dime.

-Aquella noche.

-¿Qué noche?

-La de la lluvia. ¿Por qué me sacaste? ¿Por qué pagaste todo eso? ¿Por qué no me dejaste asumirlo y ya?

Don Emilio levantó la mirada despacio. Una pregunta vieja. Esperada hacía cinco años. Mil veces ensayada en el espejo y nunca formulada. Hoy, por fin.

-Porque eres mi nieto, Máximo. Y porque a los nietos se les saca de las calles mojadas. Aunque después se les case con quien no quieran.

-Eso no es una respuesta.

-Es la única que tengo. Vete.

Máximo se fue.

Bajó las escaleras pensando en una mujer parapléjica a la que no había visto nunca pero cuyo apellido conocía como si fuera el suyo. Anabella Ríos. La CEO. La de la silla. La del accidente de hacía cinco años.

Cinco años.

Espera.

Le entró un escalofrío frío, muy concreto, que le bajó por la espalda desde la nuca hasta el coxis. Una sospecha pequeña. Estúpida. Imposible. Una de esas sospechas que un hombre tiene una vez en la vida y se ríe de sí mismo durante semanas por haberlas tenido.

Bajó al recibidor sin pensar en ella.

Alejandro ya no estaba.

Y en la sombra del pasillo lateral, donde el espejo grande de la entrada reflejaba la escalera, Alejandro Salvatierra se quitó el vaso de whisky de la boca y sonrió.

Su abuelo acababa de casar a su hermano con la mujer que iba a heredar el otro imperio del país. Acababa de darle a Máximo, en bandeja, el trono que él, Alejandro, llevaba veinte años calentándose con la mano.

-Maldito viejo -murmuró al espejo vacío.

Y después, despacio, sonrió otra vez.

Porque setenta y ocho años, hijo, son setenta y ocho años. Y porque las bodas, hermanito, se pueden interrumpir.

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