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Portada de la novela UN ESPOSO PARA LA CEO PARALITICA

UN ESPOSO PARA LA CEO PARALITICA

Anabella Ríos, una influyente empresaria que perdió la movilidad hace cinco años, se ve obligada a pactar una unión por contrato con Máximo Salvatierra. Él es un heredero problemático que esconde un nexo secreto con el accidente de ella. Mientras enfrentan la ambición de una madrastra y estrictas normas de convivencia, surge entre ambos un amor inesperado. No obstante, la oscura verdad de su pasado compartido amenaza con salir a la luz y arruinarlo todo.
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Capítulo 3

CAPÍTULO 3

La Boda

La boda fue a las seis de la tarde de un sábado en una catedral del centro, con catorce invitados, sin flores, sin coros, sin discursos previos y con un acuerdo firmado tres veces ante notario antes de que ninguno de los dos novios pusiera un pie en el atrio.

A las cinco y cuarenta y cinco, Anabella entró en silla de ruedas por el portón principal, vestida de blanco no porque le importara sino porque Marta le había dicho que en una boda sin invitados, sin flores y sin tarta lo mínimo era el vestido, y porque Anabella Ríos, aunque hubiera vendido su libertad por un consejo de administración, no era una mujer dispuesta a permitir que la prensa, si llegaba a olerla, pudiera escribir que se había casado en pijama.

A las cinco y cincuenta, el novio no había llegado.

A las cinco y cincuenta y cuatro, Anabella le hizo una seña a Rafael.

-Cinco minutos más. Después nos vamos.

-Va a venir.

-Cinco minutos.

-Anabella.

-Cinco. Minutos. Abuelo.

Rafael asintió. Sabía cuándo dejarla en paz. Era lo único, además del apellido, que había logrado heredarle de su abuela.

A las cinco y cincuenta y nueve, se abrió la puerta lateral de la catedral.

Y entró Máximo Salvatierra.

Pero no como debería haber entrado un novio.

Entró con el traje sucio. Con un ojo morado. Con el labio partido. Con sangre seca en el cuello y un corte limpio en la ceja izquierda que goteaba todavía un poco, como si alguien se lo hubiera abierto hacía menos de una hora con un objeto que él no había visto venir. La camisa blanca tenía manchas grises de tierra y manchas marrones de su propia sangre. Los zapatos estaban desabrochados.

Caminó por la nave central como si tal cosa.

El cura levantó la mirada del misal con la cara de un hombre que llevaba treinta años casando gente y que esa tarde, por fin, iba a tener una historia que contarle a sus colegas. Rafael cerró los ojos un segundo. Volvió a abrirlos. La catedral entera -los catorce invitados, los dos notarios, los tres miembros del servicio- se quedó muy quieta.

Anabella no movió un músculo.

Máximo llegó a su altura. Se inclinó. Lo justo para que su cara quedara a un palmo de la suya. Le ofreció una sonrisa torcida que no había practicado y que le dolió al ofrecerla porque el labio se le abrió un milímetro más.

-Perdón por el retraso -dijo, en voz baja, solo para ella-. Surgió un asunto familiar.

-¿Familiar?

-Mi hermano.

-¿Alejandro?

-Alejandro.

-Pasaba para felicitarte, supongo.

-Algo así.

-¿Vas a sobrevivir el sí?

-Si tú me dejas, sí.

-Apestas a sangre, Máximo.

-Apesto también a whisky, perdón.

-Eso ya me lo había olido.

-Lo siento.

-Vamos a casarnos, anda. Como si no llevaras un drama abierto por la frente.

Y se casaron.

* * *

El cura habló rápido porque era un hombre con criterio. No hubo lecturas. No hubo cánticos. No hubo intercambio de palabras propias. Cuando le tocó decir sí a Máximo, le costó un poco porque tenía la boca medio cerrada por el labio. Cuando le tocó decir sí a Anabella, lo dijo despacio, mirando al cura, no al novio, lo cual al cura le pareció raro pero no le sorprendió porque ya nada le sorprendía esa tarde.

Anillos no había. Se los había olvidado el novio. Se los había olvidado de verdad. Se le notó en la cara cuando el cura los pidió.

Anabella, sin mirarlo, se quitó el anillo de la mano derecha. El que había sido de su abuela. Lo colocó sobre la palma abierta del cura.

-Que sirva.

El cura lo cogió.

-Esta es la única vez en mi vida, hija, que veo a un novio salir mejor parado que la novia. Que conste.

-Que conste.

El cura los declaró marido y mujer.

Máximo se inclinó para el beso. Anabella levantó la mano izquierda, no en gesto de defensa exactamente, sino en gesto de pausa, y le dijo en voz muy baja:

-La sangre del labio.

-Perdona.

-No me beses la boca con la boca abierta así. Si quieres una foto bonita, hazme un beso en la frente y nos vamos.

Máximo le besó la frente.

Lo hizo con un cuidado que no le pegaba a un hombre con dos manchas de sangre en el cuello. Lo hizo despacio. Largo. Tres segundos enteros. La frente.

Tres segundos.

Anabella cerró los ojos durante el segundo dos porque no le quedó otra. No se permitió cerrarlos el tres.

* * *

Mientras esto pasaba, en una zona reservada del fondo de la nave, una mujer rubia, alta, vestida de invitada elegante a una boda a la que oficialmente no había sido invitada, miraba la escena desde detrás de un pilar con una sonrisa que solo se le ponía cuando ganaba algo que no se había esforzado en ganar.

Victoria Ríos había entrado por la sacristía.

Llevaba en la mano un teléfono. Sacó una foto. Después otra. Después un vídeo.

-Ay, prima -murmuró al pilar, no a nadie en concreto-. Te casas sin avisarme.

Sacó del bolso pequeño un sobre. Lo dejó apoyado en el banco del fondo. Lo había escrito esa misma tarde con la caligrafía cuidada de las cosas que se mandan para hacer daño.

Anabella. Felicidades por la boda. Espero que esta vez el novio sí llegue a la noche de bodas. Tu prima que te quiere. V.

Victoria sonrió.

Salió por la misma puerta de la sacristía sin que nadie la viera, porque Victoria Ríos llevaba veinte años entrando y saliendo de catedrales sin que nadie la viera y porque su prima, esa tarde, tenía la cabeza en otra cosa.

* * *

Salieron de la catedral a las seis y cuarenta.

Rafael fue el primero en hablar.

-Máximo. Necesitas un médico.

-Estoy bien.

-Tienes la frente abierta.

-La frente que mi mujer acaba de besarme.

-No es momento de bromas, hijo.

-Le aseguro que sí, abuelo Rafael. Es exactamente el momento de las bromas.

Anabella habló sin mirarlo.

-¿Quieres ir al hospital?

-No.

-¿Quieres ir a mi mansión?

-Si tu mansión tiene una ducha y una venda, sí.

-Tiene cuarenta y dos baños. Algo de eso encontraremos.

-Cuarenta y dos.

-Cuarenta y dos.

-¿Tu abuelo te quería tanto, Anabella?

-No. Mi abuelo es así. Le gustan los baños. Y le gusta saber que tiene más baños que cualquier otro empresario del país. Subamos.

Subieron a la limusina los dos.

Rafael se quedó en la acera mirando cómo se iban. Detrás, en silencio, dos abogados, un notario, una asistente y un guardia.

-Señor -dijo el guardia, en voz baja-, ¿quiere que mandemos a alguien a la sacristía?

-¿Para qué?

-La prima de la señora estuvo ahí.

Rafael cerró los ojos durante exactamente dos segundos.

-¿La cogisteis?

-No, señor. Salió por la puerta de atrás. Pero dejó algo. Un sobre.

-Ábrelo.

El guardia lo abrió. Le pasó la nota a Rafael. Rafael la leyó.

La rompió en cuatro. La tiró a la papelera del atrio.

-Que mi nieta no se entere nunca de que estuvo aquí. ¿Estamos?

-Estamos, señor.

Rafael miró la calle vacía por la que había desaparecido la limusina.

Llevaba ochenta y un años acostumbrándose a pagar.

Esa noche acababa de empezar otra factura.

Lo sabía.

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