
Un Engaño Indisculpable
Capítulo 2
El sol de La Rioja caía sobre los viñedos, pintando las hojas de un verde intenso. Mateo Vargas sentía el calor en su piel, una caricia familiar. Llevaba tres años casado con Sofía Montoya, y cada día se sentía como el primero.
Él era el alma de Bodegas Montoya, el enólogo que susurraba a las uvas y extraía de ellas vinos que contaban historias. Ella era el cerebro, la heredera pragmática que manejaba el negocio con una mano de hierro y una mente brillante. Se complementaban. Eran uno.
La hermana gemela de Sofía, Isabella, era diferente. Más soñadora, más frágil. Estaba casada con Javier, el gerente de la bodega, un hombre encantador pero carcomido por la inseguridad.
Ese día, la tragedia golpeó.
Isabella había ido a buscar un nuevo terreno para expandir los viñedos, una idea suya, un sueño. Conducía por una carretera de montaña, estrecha y peligrosa. Sofía iba en otro coche, siguiendo una ruta diferente por asuntos de la bodega.
Horas después, el coche de Sofía apareció en la entrada de la finca. Mateo corrió a recibirla, pero el rostro de su esposa era una máscara de dolor.
En su mano, Sofía sostenía el anillo de sello de la familia Montoya, una pieza que las gemelas a menudo intercambiaban. Estaba manchado de sangre.
"Mateo," dijo Sofía, con la voz rota, apenas un susurro. "Isabella... no ha sobrevivido."
El mundo de Mateo se detuvo. El anillo. El nombre de Isabella. Pero en su mente, solo había una explicación. Su Sofía, su vida, se había ido. El shock fue tan brutal que sus rodillas cedieron. Se desplomó en el suelo, y la oscuridad lo tragó por completo.
Los meses que siguieron fueron un borrón de dolor. Un infierno sin llamas.
La primera vez, fue un frasco de somníferos. Lo encontraron a tiempo, le hicieron un lavado de estómago que le arrancó las entrañas y el alma.
La segunda vez, se arrojó a las frías aguas del río Ebro, buscando el silencio bajo la corriente. Un pescador lo sacó, medio ahogado, tiritando de frío y de una pena que no se iba.
La tercera vez fue un volantazo en la misma carretera de montaña. Su coche quedó destrozado, pero él sobrevivió con apenas unos rasguños. Un milagro, decían algunos. Una maldición, pensaba él.
La gente en la región susurraba. Hablaban del amor inmenso del enólogo por la heredera muerta. Un amor tan grande que no podía vivir sin ella. Nadie lo corrigió. Y él se hundió más en su luto, un luto construido sobre una mentira que no sabía que existía.
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