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Portada de la novela Un CEO, cinco bebés y una mentira

Un CEO, cinco bebés y una mentira

Una mujer embarazada de quintillizos despierta sin recuerdos tras un trágico accidente. Ante ella aparece un poderoso CEO que asegura ser su esposo, aunque su declaración es una fachada para protegerla de un entorno hostil. Mientras ella lucha por reconstruir su pasado, el magnate intentará ganar su corazón de forma auténtica. En este relato de romance y suspense, la búsqueda de la verdad se mezcla con peligrosos secretos familiares y una pasión inesperada.
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Capítulo 2

La habitación del hospital estaba en penumbra, iluminada solo por la tenue luz de una lámpara junto a la cama. Isabella miraba al hombre que se presentaba como su esposo, tratando de encontrar en su rostro algún rastro de familiaridad, pero su mente seguía siendo un lienzo en blanco.

Era una sensación aterradora.

No recordar su propio nombre, su vida, ni siquiera el motivo por el que estaba en ese hospital la hacía sentirse atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

Su mirada bajó instintivamente a su vientre.

-¿Estoy... embarazada? -susurró, con la garganta seca.

Alexander asintió con una expresión suave, pero sus ojos parecían contener algo más profundo.

-Sí -dijo con voz firme, entrelazando sus dedos con los de ella-. De quintillizos.

Isabella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

¿Cinco bebés?

La noticia la golpeó como un torrente de emociones desconocidas. No recordaba haber quedado embarazada, no recordaba la felicidad de esperar a un hijo... y mucho menos cinco. Su respiración se aceleró, y el pánico se reflejó en sus ojos.

-No... no sé qué hacer -murmuró, con la voz quebrada.

Alexander se inclinó un poco más, sus manos cálidas envolviendo las de ella.

-No tienes que hacerlo sola -susurró con una convicción absoluta-. Estoy contigo.

A pesar de su miedo e incertidumbre, las palabras de aquel hombre lograron calmarla un poco. Su tono era firme, protector, como si realmente creyera en lo que decía. Pero en el fondo, algo en su mirada la inquietaba.

-¿Por qué no recuerdo nada? -preguntó, con un nudo en la garganta.

Alexander inspiró hondo antes de responder.

-Los médicos dijeron que el golpe en la cabeza causó amnesia temporal. No sabemos cuánto tiempo tardarás en recordar... pero no importa. Tómate tu tiempo.

Isabella bajó la mirada, sintiéndose impotente. ¿Cómo podía confiar en alguien cuando ni siquiera confiaba en su propia memoria?

-Debería llamar a mi familia... ¿ellos ya saben?

La pregunta pareció congelar a Alexander por un instante.

-No tienes familia -respondió con un deje de tristeza en su voz-. Al menos, no que sepamos.

Isabella sintió que le faltaba el aire. ¿Estaba completamente sola en el mundo?

-Pero me tienes a mí -añadió él con firmeza-. Y a nuestros hijos.

La calidez en su voz le hizo sentir un extraño alivio.

Alexander salió de la habitación con una expresión indescifrable. Apenas cerró la puerta, apoyó la espalda contra la pared y exhaló un suspiro largo.

Mentirle no había sido fácil.

Cada palabra que salía de su boca lo hacía sentirse peor, pero no podía permitir que supiera la verdad. No aún.

Sabía que si Isabella descubría que él había sido el responsable del accidente, lo odiaría. Y después de ver su vulnerabilidad, después de sentir el peso de la culpa aplastándolo, supo que haría lo que fuera para protegerla de ese dolor.

Incluso si eso significaba construir una mentira sobre la que sostendría su nueva realidad.

Los días pasaron con una lentitud tortuosa.

Isabella intentaba recuperar fuerzas, pero su mente seguía siendo un laberinto sin salida. Por las mañanas, enfermeras entraban para revisarla, asegurándose de que tanto ella como los bebés estuvieran bien. Por las tardes, Alexander permanecía a su lado, respondiendo con paciencia cualquier pregunta que ella tuviera sobre su supuesta vida juntos.

-Vivimos en una casa fuera de la ciudad -le había dicho un día mientras le acomodaba las almohadas-. Queríamos un lugar tranquilo para criar a los niños.

-¿A qué te dedicas? -preguntó ella, con curiosidad.

Alexander sonrió con calma.

-Soy CEO de una compañía de inversión.

Isabella arqueó una ceja.

-Eso suena importante.

-Lo es, pero tú y los bebés son más importantes.

La sinceridad en su tono la desconcertó.

Si de verdad era su esposo, ¿por qué no podía recordar ni un solo momento con él?

Cada día que pasaba, la sensación de que algo no encajaba se volvía más fuerte.

Una noche, cuando Isabella creyó que estaba sola, escuchó a las enfermeras susurrando fuera de su habitación.

-Pobre chica... ¿no crees que es extraño? -decía una de ellas.

-¿Qué cosa?

-Su esposo. Dicen que no había registros de ella en el hospital antes del accidente... y nadie la ha venido a buscar.

-Tal vez se mudaron recientemente.

-O tal vez hay algo que no sabemos...

Isabella sintió un escalofrío recorrerle la piel.

Por más que quisiera confiar en Alexander, algo en su interior le decía que había un secreto oculto bajo su aparente devoción.

Y tarde o temprano, descubriría la verdad.

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