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Portada de la novela Un bebé para el Señor Black

Un bebé para el Señor Black

La joven huérfana Adeline Foster se encuentra en una situación límite: su abuela está muriendo y ella carece de fondos para ayudarla. Ante la urgencia, acepta convertirse en madre sustituta para Amanda Black, una poderosa mujer que no logra concebir. Sin embargo, el acuerdo se transforma al mudarse con la familia. La inesperada cercanía con el señor Black genera una pasión peligrosa que pondrá a prueba su lealtad y sus principios morales más profundos.
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Capítulo 2

La habitación estaba envuelta en una penumbra suave, iluminada solo por la tenue luz de la luna que se filtraba a través de las cortinas. Amanda se acurrucó más cerca de Jeremy, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo. El silencio era reconfortante, pero a la vez, el peso de sus pensamientos presionaba sobre su pecho como una losa. Hacer el amor con Jeremy era de las mejores experiencias que había tenido en su vida, amaba la forma en la que la tocaba, en la que se dedicaba a hacerla feliz, pero no podía evitar la angustia que sentía al pensar en que aquellas largas noches de pasión no daban frutos, no había hijos, no había esa enorme muestra física de amor, eso son los hijos ¿No?. Cuando amas a un hombre deseas hacerlo padre, darle el mayor regalo que como hombre pueda recibir, o al menos eso era lo que pensaba Amanda, y aunque Jeremy siempre le restaba importancia Amanda solía recordar constantemente que cuando se casaron Jeremy no hacia más que hablar de los hijos que tendrían, esas conversaciones fueron desapareciendo cuando los exámenes comenzaron a mostrar que sería poco probable que Amanda tuviese descendencia.

No había nada que deseara más en el mundo que ser madre y cada vez que visitaba un nuevo medico, su corazón se rompía un poco más al escuchar lo mismo; "Las posibilidades son nulas".

-Jeremy -susurró, su voz temblando, se aferró con fuerza al pecho de su esposo-, ¿alguna vez has pensado en lo que podría haber sido?- Él la miró, notando la tristeza en sus ojos.

-¿A qué te refieres? -preguntó suavemente, acariciando su rubio y hermoso cabello, sabiendo perfectamente que Amanda estaba nostalgica y que volvería al tema de los niños.

-A los hijos que nunca hemos tenido. A la ausencia de risas en la casa, a las noches de desvelo por nuestros hijos... -Amanda se detuvo, sus ojos brillando con lágrimas que amenazaban con caer-. A la familia que siempre soñé tener contigo, mi amor.

Jeremy se incorporó un poco, apoyando su espalda en la cabecera de la cama.

-Amanda, lo sé. Lo sé, y duele. Pero no podemos perder la esperanza -dijo, su voz firme pero llena de ternura, sabía que quizás no debía animarla a tener esperanzas, pero se le rompía el corazón de solo decirle que debía renunciar a lo que mas deseaba-. Los hijos llegan cuando tienen que llegar, no te angusties demasiado, mi amor.

-¿Y si nunca llegan? -su voz se quebró-. Los médicos dicen que es casi imposible... Que mi cuerpo no puede darme lo que más deseo.

-No hables así -interrumpió él, acercándose más a ella-. Tú no eres solo tu capacidad de ser madre. Eres mucho más que eso. Eres mi compañera, mi amor, y yo te amo con cada parte de mi ser, sin importar nada.- Amanda cerró los ojos, dejando que las lágrimas fluyeran libremente.

-¿Cómo puedes amarme así, incluso cuando no puedo darte lo que anhelas?, porque sé que lo anhelas Jeremy, se que quieres la paternidad tanto como yo- Jeremy tomó su rostro entre sus manos, obligándola a mirarlo a los ojos.

-Porque el amor que siento por ti no depende de eso. No me importa si tenemos hijos o no. Lo que quiero es estar a tu lado, construir una vida juntos. Tú eres mi familia, y siempre lo serás.

-Pero... -su voz apenas era un susurro-. Siempre he querido ser madre, es lo que más deseo Jeremy, más que nada en el mundo, quiero dar vida, quiero ver niños corriendo por la casa, escucharlos reír, cuidarlos, protegerlos, quiero eso y quiero que sean tuyos... tuyos y mios.

-Y eso es completamente válido -dijo él, su mirada llena de comprensión-. Pero también debemos aceptar lo que no podemos cambiar. No quiero que esto te consuma. Si llegamos a tenerlos, los amaremos como a nada, si no... si no llegan, seremos felices tu y yo, nos seguiremos amando cada día.

-¿Y si no puedo dejar de pensar en ello? -el dolor en su voz era palpable. Jeremy se acercó más, envolviendo sus brazos alrededor de ella, atrayéndola hacia su pecho.

-Entonces haremos esto juntos. Cada paso del camino. Hablaremos, lloraremos, reiremos. Pero lo haremos juntos. No estás sola en esto, Amanda. Nunca lo estarás.

Ella se aferró a él, sintiendo el latido calmado de su corazón.

-Te prometo que intentaré ser más fuerte. -dijo, su voz temblorosa pero decidida.

-Eso es todo lo que pido -respondió él, besando su frente-. Prometamos no perder la fe, prometamos ser fuertes amor mío, tu y yo somos un increible equipo, nos amamos y nos tenemos el uno al otro.

La noche se deslizó lentamente, mientras las palabras de Jeremy se entrelazaban en el aire, formando un lazo invisible que los unía aún más en medio de la angustia. Amanda sintió que, aunque el camino por delante era incierto, no tenía que recorrerlo sola. Su amor, su apoyo, era la luz que guiaba su camino, incluso en los momentos más oscuros Jeremy estaba alli para ella.

Amanda llegó antes de la hora, se sentó en la sala de espera de la clínica, el silencio era ensordecedor. Cada tic-tac del reloj resonaba en su cabeza como un recordatorio cruel de lo que estaba a punto de enfrentar, le ocultó a Jeremy que iría a una nueva consulta, nuevos exámenes, lo más correcto hubiese sido que él la acompañara, pero no quería que Jeremy la viera derrumbarse de nuevo .

Su corazón latía con fuerza, entre la esperanza y el miedo. Cuando el Dr. Smith la llamó, ella se levantó, su cuerpo temblando casi imperceptiblemente.

-Hola, Amanda -dijo el doctor, con una expresión que ya conocía-. Lamento hacerte esperar.

-No hay problema -respondió ella, tratando de mantener la calma. Entraron al consultorio y se sentaron, Amanda comenzó a sentir un nudo en el estómago. El doctor se inclinó hacia adelante, con una mirada seria.

-He revisado tus resultados. Lamentablemente, debo informarte que, una vez más, los análisis indican que no podrás llevar un embarazo, tienes una reserva ovarica disminuida, además de eso tu útero es muy pequeño, parece un útero infantil.

Las palabras cayeron sobre Amanda como un peso insoportable. Su respiración se entrecortó.

-¿No hay... ninguna posibilidad? -preguntó, su voz temblando-. ¿Nada en absoluto?- El Dr. Smith sacudió la cabeza, su expresión era la de un hombre que lamentaba tener que dar malas noticias.

-La única opción viable sería a través de una madre gestante. Podrías usar tus óvulos y el esperma de Jeremy. Un madre gestante a la que se le pueda implantar el embrión, de manera que ella llevaría a cabo la gestación y el parto de la criatura. Pero no debemos demorarnos, tendríamos que extraer los escasos óvulos que te quedan y conservarlos hasta que decidas hacerlo-

Amanda sintió que un rayo de luz penetraba su oscura realidad, pero rápidamente se apagó ante la duda que la invadía.

-¿Pero... quién podría hacerlo? -su voz era un susurro, como si hablar sobre ello en voz alta hiciera que se desvaneciera-. Necesito pensarlo, hablarlo con Jeremy. Su opinión es indispensable, él me ayudará a pensar en si existe alguien a quien podríamos proponerlo o si contratamos a alguien.

-Por supuesto -respondió el médico, dándole una tarjeta con su número-. Tómate el tiempo que necesites. Estoy aquí si necesitas más información.

Amanda salió del consultorio permitiendo que sus lagrimas fluyeran libremente, al menos había una posibilidad, aunque le dolía grandemente no ser ella quien llevara a su bebé, al menos había una posibilidad de que Jeremy y ella pudiesen ser padre.

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