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Portada de la novela Un bebé para el Señor Black

Un bebé para el Señor Black

La joven huérfana Adeline Foster se encuentra en una situación límite: su abuela está muriendo y ella carece de fondos para ayudarla. Ante la urgencia, acepta convertirse en madre sustituta para Amanda Black, una poderosa mujer que no logra concebir. Sin embargo, el acuerdo se transforma al mudarse con la familia. La inesperada cercanía con el señor Black genera una pasión peligrosa que pondrá a prueba su lealtad y sus principios morales más profundos.
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Capítulo 3

Adeline salió del consultorio sintiendo que el mundo le caía encima. Las lágrimas nublaban su visión y su corazón latía desbocado. Caminó con paso apresurado, buscando escapar de la realidad que la asfixiaba, la frustración la consumía, ¿Cómo podría salvar a su abuela?, caminó apresuradamente cuando de repente, tropezó con algo. Un grito ahogado escapó de sus labios, y se dio cuenta de que había chocado con una mujer.

-¡Oh, lo siento! -exclamó Adeline, avergonzada, arrodillándose rápidamente para recoger los documentos que se habían esparcido por el suelo. Sus manos temblaban mientras recogía las hojas, su rostro encendido por la vergüenza.

-No hay problema, tranquila -respondió la mujer, con una voz suave que calmaba el caos que reinaba en la mente de Adeline. Se arrodilló a su lado, ayudando a recoger los papeles. Era rubia, con unos ojos azules que parecían reflejar el cielo despejado, aunque había una evidente turbación en ellos

.

Mientras ambas juntaban los documentos, Amanda no pudo evitar fijarse en la joven que tenía a su lado. Adeline era hermosa, con una cabellera castaña larga y rizada que caía en cascada sobre sus hombros, y unos ojos grises que, a pesar de su belleza, revelaban un profundo sufrimiento. Era como si el peso del mundo descansara sobre sus delgados hombros.

-¿Estás bien? -preguntó Amanda, mirando a Adeline con preocupación. Adeline levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas.

-La verdad... es que últimamente nada está bien en mi vida -respondió, su voz apenas un susurro.Amanda sintió un impulso inmediato de ayudarla.

-Lo entiendo. A veces, la vida puede ser abrumadora. -Hizo una pausa, sopesando sus palabras. -¿Te gustaría ir a tomar un café? Sería un favor para mí. Estoy pasando por muchas cosas últimamente y no tengo amigas cercanas. Necesito a alguien que me escuche.

Adeline se sorprendió por la invitación.

-¿Café? -repitió, como si necesitara tiempo para procesar la oferta. -La verdad es que también necesito a alguien con quien hablar.

Amanda sonrió, como si una chispa de esperanza hubiera encendido algo en su interior.

-Entonces, ¿Qué te parece? Solo un café, sin compromisos. Solo dos mujeres que se encuentran en un momento difícil.

Adeline dudó un momento, miró a su alrededor, sintiendo la soledad que la había acompañado durante tanto tiempo. Luego, asintió lentamente.

-Está bien. Me encantaría tomar un café contigo.

Ambas se levantaron del suelo, y mientras recogían los últimos documentos, Amanda no pudo evitar sentirse aliviada. Había algo en Adeline que la atraía, una conexión inexplicable que la impulsaba a querer conocerla más.

-Soy Amanda, por cierto -dijo, mientras se ajustaba la bolsa que llevaba al hombro.

-Adeline -respondió, forzando una sonrisa que aún no alcanzaba sus ojos.

Mientras caminaban hacia la cafetería, Amanda pensó en cómo podría ofrecerle a Adeline lo que más deseaba: un vientre en alquiler.

Sabía que era un tema delicado, pero sentía que podría ser la solución, aunque no conocía a aquella joven se sentía en paz mirando aquellos ojos, ella le proporcionaba tranquilidad.

La idea revoloteaba en su mente, ¿cómo se tomaria Adeline su propuesta?

El café estaba a solo unos pasos, pero para Adeline, ese encuentro significaba un cambio. Quizás, solo quizás, podría encontrar la luz al final de su oscuro túnel.

Adeline y Amanda se sentaron en una esquina tranquila de la cafetería de la clínica, el aroma del café recién hecho llenando el aire y suavizando un poco la tensión que se respiraba. Amanda, con su mirada amable y sincera, tomó un sorbo de su café antes de romper el silencio.

—Adeline, eres muy joven y bonita, pero no puedo evitar notar que pareces bastante perturbada. Quiero que sepas que puedes confiar en m, aunque no me conozcas. Ojalá pudiera hacer algo para ayudarte, eres tan joven como para cargar con todos los problemas que pareces tener.

Adeline, sintiendo una mezcla de angustia y alivio al escuchar esas palabras, pensó que tal vez compartir su carga con una extraña no sería tan malo. Con un nudo en la garganta, empezó a hablar, su voz temblando un poco.

—Mi vida ha sido una tragedia tras otra. Perdí a mis padres cuando tenía diez años... y a mis abuelos paternos a los quince. A los dieciocho, perdí a mi abuelo materno. No tengo hermanos, ni más familia que mi abuela materna. Pero desde hace año y medio, ella ha estado enferma. Necesita una operación a corazón abierto, su corazón está fallando y deben corregirlo. Pero la operación es riesgosa y costosa, y yo no sé de dónde sacar el dinero.- Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos mientras contaba su historia. Amanda, con una expresión de compasión, le tomó la mano con cariño, instándola a continuar.

-Lo siento mucho cariño, nadie merece pasar por tanto

—Carlos, mi novio, me dejó. Se negó a seguir apoyándome en esta vida que se ha convertido en un caos. El seguro médico de mi abuela ya no cubre nada y los médicos se niegan a ayudarla. Mi abuela puede morir en cualquier momento y yo no sé qué hacer. Tengo un fideicomiso que me dejaron mis padres, pero no puedo cobrarlo hasta cumplir veinticinco años, y me faltan dos años para eso. No puedo esperar. Mi abuela necesita esa operación urgente.

Adeline se cubrió el rostro con las manos, dejando que las lágrimas fluyeran libremente. Amanda, conmovida por la historia de Adeline, la miró con ternura.

—Lo siento mucho, Adeline. Es devastador lo que estás pasando. Pero quiero que sepas que no estás sola. Sé que soy una extraña, pero puedes confiar en mi. -Después de un momento, Amanda tomó una respiración profunda y, con una voz suave, decidió abrirse también.

—Yo también tengo una historia. Quizás te interese escucharla. He pasado por momentos difíciles en mi vida, y entiendo lo que es sentirse atrapada y sin salida. Quizás compartir nuestras historias nos ayude a encontrar una luz en medio de la oscuridad.

Adeline, con curiosidad y un destello de esperanza en sus ojos, asintió.

—Sí, claro que sí. Quiero escucharla.

Así, en medio de la cafetería, dos almas perdidas comenzaron a compartir sus cargas, buscando consuelo y fortaleza en la conexión que estaban formando.

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