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Portada de la novela Un baile para Franco

Un baile para Franco

La vida de Mariana, una joven bailarina cubana en Miami, cambia drásticamente al cruzarse con Franco Rizzo. El poderoso magnate italiano la traslada a Nueva York mediante un contrato exclusivo para que actúe únicamente en su beneficio. Mientras ella se adapta a una realidad de lujos y deseo en el entorno del club Vitale, una peligrosa obsesión externa surge como amenaza. Franco enfrentará el dilema de arriesgar su imperio mafioso para salvar a Mariana.
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Capítulo 3

Mariana:

Odio las despedidas.

Definitivamente nunca estaré preparada para decirles adiós a mis pequeñas florecitas.

Las abrazo a ambas y poso un beso en la frente de Karla para luego hacer lo mismo con Kamila. Abuela Martha nos observa aguantando las lágrimas y pronuncio inaudiblemente que todo estará bien.

—¿Y para nuestro cumpleaños estarás? —me pregunta Kamila—. Prometiste que nos comprarías unos vestidos de princesa.

—Faltan muchos días aún, y claro que les compraré los vestidos —respondo con una sonrisa y ambas dan brinquitos emocionadas.

—Dice mamá que nuestra fiesta será dentro de veinte domingos. Esos son muchos domingos tata —musita triste Karla y le pellizco una mejilla.

—¡Claro que no! Veinte es un número pequeño, mira. —Me levanto del sofá y agarro un bolígrafo junto con una hoja de la agenda telefónica de mi abuela. La llevo hasta las gemelas y dibujo un número veinte del tamaño de un guizante—. ¡Lo ven! Es muy pequeñito. En poquitos domingos ambas tendrán ¿cuántos?

—¡Cinco añitos! —exclaman alzando sus menudos bracitos y finalizan la celebración con un apapacho que me deja sin aire.

—¡Ay mi madre, pero qué es ese olor tan feo! ¡Vallan a preparar el baño, en un ratico estaré esperando por las dos! —interrumpe abuela y agradezco que las distraiga para poder marcharme.

—¡El pato rosa es mío! —grita Karla y se lanza a correr en dirección a la habitación de la abuela, Kamila la sigue y las escuchamos pelear por los juguetes de goma que suelen usar en la ducha.

—¿Tienes miedo verdad? —me pregunta mi adorada abuela y toma asiento en un sillón frente a mi—. Habla conmigo mi niña, no soy tu madre, no se parece en nada a mi esa mujercita —jaranea y correspondo con una triste sonrisa.

—Ella dice que el viaje es seguro, van niños pequeños y son solo cincuenta minutos de viaje si todo sale bien.

—Yo no estoy de acuerdo con eso, si tuviese poder sobre ti no te permitiría exponerte a tal disparate —dice negando con la cabeza.

—Ricardo le ha dicho que tiene planes para mí, afirma que cuando llegue me recibirá con todo lo necesario.

—Ese primo nunca me ha simpatizado Mari, ten mucho cuidado y cualquier cosa no dudes en llamarme para acá.

—Abu, yo voy a trabajar duro, haré lo que haga falta. Pero mis hermanas aquí no se quedarán por mucho tiempo, pienso llevármelas luego. Si tengo que buscar tres trabajos lo haré, pero nunca seguiré los consejos de mamá —alego y mis ojos se cristalizan.

—¿Qué te ha metido Luisa en la cabeza?

—¿Recuerdas lo estricta que siempre ha sido respecto a mis parejas?

—¿Todavía sigue con eso? ¡Ah no! ¿Pero qué tiene tu madre en la cabeza? Tienes veintitrés años, eres libre de estar con quien quieras.

—Es lo que todo mundo le dice, igual no le he hecho mucho caso —digo y ella me sonríe con picardía—. Lo que me molesta de todo son sus intenciones. Desde la adolescencia me ha repetido día tras día lo infelices que somos aquí en Cuba, no ha perdido la oportunidad de demostrarme mediante terceras personas la ventaja de casarme con un hombre extranjero y eso me atormenta porque no me veo buscando novios por interés.

—¡¿Cómo?! Ay no lo puedo creer... ¿Luisa diciéndole eso a su hija? Pero... Yo jamás la eduqué para que pensara de esa forma. ¡Mari que no se te ocurra seguir sus consejos! Tú eres una muchacha sencilla, humilde, y no puedes faltarte al respeto de ese modo —me aconseja en voz baja para que las niñas no puedan escucharnos y prosigue—. Voy a hablar seriamente con Luisa, se ha comportado como una descarada ambiciosa y eso no lo concibo.

Escucho en silencio y me limito a asentir. Alguien debe hacer que mi madre entre en razón y no hay nadie mejor para eso que la abuela Martha.

—Te agradezco que intercedas por mi, pero esta noche me iré, y sé que no puedes viajar a Holguín porque estás cuidando a las pequeñas.

—Hay más días que chorizo mi niña, en cuanto venga a recogerlas le diré unas cuantas cositas —promete—. Mari cuídate mucho, yo estaré rezando por tí, hablaré con mi pastor y haremos una cadena de oración durante toda la noche, si las cosas se han dado de este modo, tan rápido y aparentemente seguro, es porque quizá este viaje es tu destino. Aún así recuerda que eres una mujer, puedes decidir si irte o quedarte.

Toma mis manos y las acaricia entre las suyas. Sus ojos desprenden gruesas lágrimas y se apresura en limpiarlas. Me levanto del sofá y la abrazo muy fuerte mientras nos unimos en una despedida dolorosa.

—Voy a irme Abu, mi madre no puede sola con nosotras, perdí muchas oportunidades por seguir mis estúpidos deseos de convertirme en una bailarina, ahora me toca a mi remendar los errores que cargaron a mi madre de tantas responsabilidades. Ella ha sido madre y padre, merece un futuro mejor, y las niñas también.

—Tienes un corazón muy grande, Dios te bendiga mija —susurra y besa mi frente con cariño.

Me despido por última vez de mis hermanas y mi abuela y luego de una hora de viaje entre Freyre y mi pueblo, llego a casa con los ánimos aún más destrozados.

Discuto nuevamente con mi madre y le dejo claro que no seré una jinetera aunque me paguen un millón de dólares. Mi vida sexual no es negociable y mi virginidad mucho menos. Si hoy por hoy sigo tan pura como el agua, ha sido porque he querido conservarme con la estúpida idea de que regresaría con Kevin —a quien consideré "amor de mi vida"—, no por seguir sus horribles ideales de conseguir un marido extranjero que al poseerme por primera vez quedara hechizado con mi pureza.

Tomo el tren hasta La Habana junto a Lora y es allí donde nos llevan al callo desde el cual embarcaremos a las dos de la madrugada.

* * *

—¡Con cuidado! —me exhorta Lora y me agarra del brazo para evitar que caiga al agua.

—Gracias —agradezco y me incorporo en un lugar que me guardó a su lado.

Como dijo mamá, somos quince personas. Una muchacha carga a un niño de más menos un año y un joven que parece ser su esposo le besa la mejilla y luego de susurrarle algo al oído carga sobre sus piernas a una pequeña de tal vez cuatro años.

Me entristece ver cómo unos padres tan jóvenes exponen a sus hijos a los peligros del mar; y por si fuera poco, cruzo miradas con una pareja de ancianos que se abrazan temiendo perderse el uno al otro.

—Niña tú tranquila, que esto será unos minuticos —me tranquiliza Lora y suspiro profundamente.

Me pongo el abrigo que traía amarrado en la cintura y me abrazo a mi misma para calmar el frío que desprende la humedad del mar. Mi cabello se desliza por mi rostro y junto mis piernas mientras me hago una bolita en la esquina donde estoy sentada.

—Debemos hacer silencio, ya escucharon las órdenes del señor —dice Carlos, quién nos guía, refiriéndose al hombre que lleva el marinaje—. En cuanto crucemos la línea les informaremos y a celebrar porque estaríamos en aguas internacionales —informa y quienes me acompañan elevan el ánimo. Yo por mi parte siento una pizca de esperanza revolotear en mi pecho y respiro más confiada.

Los motores resuenan dando inicio a tan temido viaje y cierro mis ojos. Los oprimo con fuerza y comienzo a desplegar a las alturas repetidas oraciones. Pienso en mi familia de aquí y se me estremece el corazón.

«¡Queremos unos vestidos de princesa para nuestro cumpleaños!». El deseo de mis hermanitas hace eco en mi mente y reúno las fuerzas que necesitaba para armarme de valor y abrir los ojos motivada a pensar positivo.

«Vamos a llegar, cruzaremos la línea fronteriza y pisaré tierras americanas. Compraré esos vestidos para ustedes mis florecitas, lo juro».

Escucho lamentos, quejidos y llantos de los niños ante el contoneo de la lanchita. La desesperación de no ver nada que no sea agua en las malditas cuatro direcciones comienza a causarme ansiedad pero desaparece con las palabras de aliento de la pareja de ancianos.

Sujeto mi mochila para evitar perderla y minutos después el conductor nos comunica que la línea se acerca. Los nervios aumentan y finalmente...

—¡Lo logramos! —exclama Carlos, el dirigente del viaje.

Siento un peso enorme bajar de mis hombros y se me salen lágrimas de felicidad. Los demás comparten el mismo sentimiento mientras se abrazan aliviados.

El resto del viaje no se hace menos riesgoso, pero la ventaja de no ser atrapados por la guardia fronteriza cubana nos permitió avanzar con rapidez y decisión.

—¡Eso que ven allí es tierra Estadounidense! —nos comunica Carlos y todos dirigimos la vista al punto señalado. Lora me brinda sus brazos y nos acurrucamos la una a la otra felices por la vista.

«Norteamérica, voy a por ti».

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