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Portada de la novela Un Amor Verdadero Florece

Un Amor Verdadero Florece

Después de tres años de un matrimonio gélido, descubrí que mi unión con Mateo Rojas era solo una fachada para encubrir su idilio secreto con Diego, su hermano adoptivo. Al solicitar el divorcio, sufrí la violencia física de su amante ante la indiferencia de Mateo, quien justificó la agresión. Ese desprecio extinguió mi afecto, convirtiéndolo en un hambre de justicia. Ya no seré su esposa sumisa; ahora, mi única meta es destruir la vida de Mateo.
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Capítulo 2

El matrimonio de Sofía Vargas y Mateo Rojas llevaba tres años, y en tres años, seguían sin haber consumado su unión.

Cada noche, era la misma historia. Sofía se duchaba, se ponía el pijama de seda más bonito que tenía, y se metía en la cama, esperando. Mateo siempre se quedaba trabajando en el estudio hasta muy tarde, y cuando finalmente entraba en la habitación, ya estaba oscuro y Sofía fingía estar dormida.

Él nunca la tocaba. Se acostaba en su lado de la cama, tan lejos como era posible, dejando un espacio frío entre ellos.

Esa noche, Sofía no pudo más. Se sentó en la cama, con el corazón hecho un nudo, y esperó. Cuando Mateo entró, ella encendió la lámpara de la mesita de noche.

"Mateo, tenemos que hablar", dijo con la voz temblorosa.

Él ni siquiera la miró. Se quitó la corbata con movimientos lentos y precisos. "¿De qué?"

"De nosotros. De esto. Llevamos tres años casados y nunca… nunca hemos estado juntos. ¿No me quieres? ¿Hay algo malo en mí?"

Mateo finalmente levantó la vista. Sus ojos eran fríos, como siempre. "Estoy cansado, Sofía. No empecemos."

"¡No! ¡Estoy harta de esto!", gritó Sofía, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los ojos. "¡Quiero el divorcio!"

La palabra quedó flotando en el aire, pesada y definitiva. Mateo no pareció sorprendido. Simplemente asintió. "Si eso es lo que quieres."

Sofía se quedó sin palabras. Esperaba que luchara, que negara, que le diera una razón. Pero no hubo nada. Solo indiferencia.

Al día siguiente, con los ojos hinchados de tanto llorar, Sofía fue a ver a Isabella, la hermana de Mateo. Isabella siempre había sido su única amiga en esa familia fría y distante.

"Me voy a divorciar de Mateo", soltó Sofía en cuanto Isabella le abrió la puerta de su apartamento.

Isabella no pareció sorprendida. La hizo pasar y le sirvió una taza de té. "Ya era hora."

"¿Tú lo sabías?", preguntó Sofía, confundida.

"Sofía, todo el mundo lo sabía, menos tú", dijo Isabella con suavidad. "Mi hermano te ve como a una estatua de la Virgen en un altar. Te admira, te respeta, pero no te desea. Eres la esposa perfecta, la empresaria exitosa, la fachada impecable que él necesita."

"¿Fachada para qué?", susurró Sofía, temiendo la respuesta.

Isabella suspiró. "Mateo es un hombre complicado. Siempre ha tenido… una debilidad. Alguien a quien ha querido proteger y tener, a costa de todo. Incluso de tu felicidad."

Las palabras de Isabella eran como dagas, pero también abrían una puerta a una verdad que Sofía se había negado a ver. Decidió que no podía seguir viviendo en esa mentira.

"Gracias, Isabella", dijo Sofía, secándose las lágrimas con una determinación nueva. Se levantó y sonrió, aunque sus ojos seguían rojos. "Me voy a España. Empezaré de nuevo."

Esa noche, volvió a la casa que había compartido con Mateo para hacer las maletas. La casa estaba en silencio. Pensó que Mateo no estaba, pero al pasar por el pasillo que llevaba a la habitación de invitados, escuchó un sonido.

Un gemido ahogado.

Sofía se detuvo, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. ¿Qué era eso? Se acercó a la puerta, que estaba entreabierta, y miró por la rendija.

Y entonces, su mundo se vino abajo.

Diego, el hermano adoptivo de Mateo, estaba tumbado en la cama. Llevaba puesta una de las camisas blancas de Mateo, semidesabrochada, revelando su pecho. Y Mateo… Mateo estaba arrodillado a su lado.

En su mano, Mateo sostenía un vibrador rosa que zumbaba suavemente mientras lo movía sobre el cuerpo de Diego. Diego gemía, con los ojos cerrados, completamente entregado al momento.

Sofía sintió que el aire le faltaba. Se tapó la boca para no gritar. No era una mujer. No era un desliz. Era su hermano. Su hermano adoptivo.

Un torbellino de recuerdos la golpeó. El día que conoció a Mateo. Él estaba en una conferencia de negocios, tan guapo, tan serio, tan inalcanzable. Todas las mujeres suspiraban por él, pero él no parecía interesado en nadie.

Isabella se lo había advertido. "Cualquier mujer podría tener a Mateo, menos tú, Sofía. Para él, eres demasiado perfecta, demasiado intocable."

Pero Sofía no se rindió. Lo persiguió con todo lo que tenía. Le enviaba regalos, lo invitaba a cenar, usaba todas sus conexiones para crear oportunidades de verse. Él siempre la rechazaba con amabilidad, pero con firmeza.

Y entonces, un día, de la nada, él le propuso matrimonio. Sin anillo, sin una declaración de amor. Solo un "Cásate conmigo, Sofía. Sería bueno para ambos."

Ella, ciega de amor, aceptó sin dudar. Pensó que con el tiempo, lograría derretir su corazón de hielo.

Qué ingenua había sido.

Ahora, mirando esa escena grotesca, lo entendió todo. El matrimonio era una tapadera. Su papel era ser la esposa trofeo, la coartada perfecta para que Mateo pudiera ocultar su amor prohibido por Diego. Cada rechazo, cada noche de soledad, cada gesto de frialdad… todo tenía sentido.

El amor que ella anhelaba, la pasión que nunca recibió, todo se lo estaba dando a su propio hermano.

Sofía retrocedió en silencio, con el corazón hecho pedazos. Ya no había nada que decir. Nada por lo que luchar.

Se fue de esa casa sin mirar atrás, dejando atrás tres años de mentiras y un futuro que ya no le pertenecía.

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