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Portada de la novela Un Amor Verdadero Florece

Un Amor Verdadero Florece

Después de tres años de un matrimonio gélido, descubrí que mi unión con Mateo Rojas era solo una fachada para encubrir su idilio secreto con Diego, su hermano adoptivo. Al solicitar el divorcio, sufrí la violencia física de su amante ante la indiferencia de Mateo, quien justificó la agresión. Ese desprecio extinguió mi afecto, convirtiéndolo en un hambre de justicia. Ya no seré su esposa sumisa; ahora, mi única meta es destruir la vida de Mateo.
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Capítulo 3

Sofía no perdió el tiempo. A la mañana siguiente, sin haber dormido nada, se dirigió directamente a la embajada de España. Tenía doble nacionalidad gracias a sus abuelos, así que el proceso fue rápido. Compró un billete de avión solo de ida para esa misma tarde.

Mientras esperaba en el aeropuerto, repasó mentalmente los últimos tres años. Había sacrificado tanto por Mateo. Había dejado de lado a sus amigos, había cambiado su forma de vestir para ser más "adecuada" para él, había suavizado su carácter fuerte y extrovertido para no intimidarlo. Se había convertido en una versión diluida de sí misma, todo para encajar en el molde de la esposa perfecta que él parecía querer.

Y todo había sido para nada.

Una rabia fría la invadió. Decidió que, antes de irse, se iba a despedir de su antigua vida a su manera.

Esa noche, en lugar de ir al aeropuerto, Sofía se desvió hacia la zona de antros más exclusiva de la ciudad. Se quitó el traje sastre que llevaba y se puso una camiseta negra sin mangas que guardaba en el coche para emergencias. Se soltó el pelo, se retocó el maquillaje, y entró en el lugar como si fuera la dueña.

La música le golpeaba el pecho. Las luces de neón se reflejaban en su piel. Hacía años que no hacía algo así. Pidió un trago fuerte y se fue a la pista de baile.

Se movió con una libertad que había olvidado que poseía. Su cuerpo se balanceaba al ritmo de la música, sus movimientos eran fluidos y provocadores. Se sentía viva, poderosa, libre.

Estaba tan inmersa en su propio mundo que no se dio cuenta de que alguien la observaba desde un reservado VIP.

De repente, sintió una mirada pesada sobre ella. Sus dedos se tensaron alrededor de su vaso y levantó la vista lentamente.

Era Mateo.

Estaba sentado en un sofá de cuero, con su traje impecable, mirándola con esa expresión indescifrable de siempre. A su lado, un amigo le decía algo al oído, pero Mateo no apartaba la vista de ella.

Sofía sintió una oleada de desafío. En lugar de intimidarse, le sostuvo la mirada y sonrió, una sonrisa lenta y provocadora. Luego, se dio la vuelta y siguió bailando, moviendo las caderas con más exageración que antes.

En el reservado, el amigo de Mateo, Carlos, le dio un codazo. "Oye, esa es Sofía, ¿no? Vaya, no sabía que tenía ese lado. ¿No vas a hacer nada? Te está provocando."

Mateo tomó un sorbo de su whisky, sin cambiar de expresión. "Que se divierta. No es asunto mío."

Sus palabras, frías y distantes, llegaron a oídos de Sofía a través de un hueco en la música. Cada palabra fue como un golpe. Ni siquiera así, ni siquiera viéndola actuar de esa manera, podía provocar una reacción en él. La indiferencia de Mateo era su arma más cruel.

El dolor la habría hecho derrumbarse en otro momento, pero esa noche, solo alimentó su rabia. Estaba a punto de irse cuando la puerta del antro se abrió de nuevo.

Y entró Diego.

Joven, carismático, con una sonrisa que desarmaba. Caminó directamente hacia el reservado de Mateo.

En el instante en que Mateo vio a Diego, todo cambió. Su cuerpo se tensó. La indiferencia se desvaneció y fue reemplazada por una posesividad oscura. Se levantó de golpe, con los ojos fijos en su hermano.

"¿Qué haces aquí?", preguntó Mateo, con la voz dura.

Diego sonrió, desafiante. "Vine a divertirme. ¿No puedo?"

"No sin mí", replicó Mateo, y su tono no dejaba lugar a discusión.

Diego se rio, pero había un matiz de nerviosismo en su risa. "Mateo, no eres mi dueño."

"Sí, lo soy", dijo Mateo, y la intensidad en su voz hizo que todos en el reservado se callaran.

Sofía observaba la escena desde la distancia, con el corazón helado. Así que este era el verdadero Mateo. El hombre apasionado y posesivo que ella nunca había conocido. Toda esa pasión estaba reservada para Diego.

La discusión entre los hermanos subió de tono. Diego, frustrado, se dio la vuelta para irse. Sus ojos se encontraron con los de Sofía. Vio el desprecio en la mirada de ella y algo en él se rompió.

En un arrebato de ira y celos, Diego agarró una botella de cerveza vacía de una mesa cercana.

"¡Todo es tu culpa!", le gritó a Sofía.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, Diego se abalanzó sobre ella y le estrelló la botella en la cabeza.

El mundo de Sofía se tiñó de negro. Lo último que sintió fue el dolor agudo y el sonido de los cristales rotos.

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