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Portada de la novela Un amor letal

Un amor letal

La privilegiada existencia de Abigaíl da un giro trágico cuando su padre intenta secuestrarla. Sola ante el peligro, su camino se entrelaza con el de John, un obstinado agente de la DEA que busca capturar al culpable. A pesar de la mutua antipatía inicial, la colaboración resulta vital para resolver el caso. Rodeados de explosiones, traiciones y fugas constantes, ambos vivirán un romance inesperado que desafiará su supervivencia en un entorno letal.
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Capítulo 2

Desde hace dos años, me preparo para entrar a la organización de Atilio Contreras; el narcotraficante más buscando hasta el momento y al que nadie ha podido acercarse sin ser asesinado. Pero la oportunidad perfecta de ingresar llego sin buscarla, de la mano de la novia de mi mejor amigo. Armando es uno de los agentes con más trayectoria en la agencia y en su última misión logró estar en la organización de Atilio. Permaneció a su lado dos años en las que conoció a Abigaíl. Perdí contacto con él desde entonces, hasta hace diez meses que se comunicó conmigo.

—Estoy en problemas— me dice—. Atilio sospecha de mí y está siguiéndome.

—Hablaré con la agencia, podemos…

—No, ¡escúchame! Moveré mis últimas cartas y te haré entrar. No confío en nadie más para protegerla.

—¿Hablas de la chica?

—Atilio la quiere de vuelta, y Maximiliano hará lo que sea para tenerla. Si logra escapar de su padre, estará desprotegida en un territorio peligroso. Quiero que la cuides y la lleves a la embajada, sácala de Colombia. Yo ya no puedo hacer nada. Cuando ella escape, te quiero ahí para sacarla.

—No sé qué es lo que pretendes, pero ella no sobrevivirá. Ambos sabemos qué clase de chica es…

—La nueva a Abigaíl va a sorprenderte. Sin embargo, te necesita. Prométeme que la cuidarás.

—¿Tanto te importa?

—La amo, amigo. Y este amor será su perdición, cruce todos los límites, por eso te necesito. Pase lo que pase, mantenla con vida.

—Lo prometo.

Días después de esa llamada, me infiltré en el equipo de Atilio, luego de un sangriento torneo a muerte con los mejores combatientes locales e internacionales.

—Me has impresionado John— dice Atilio, en la breve reunión que tuvimos después de mi gran victoria—. Debo confesar que no había apostado por ti, tienes pelotas, muchas pelotas para correrte de la muerte. Eres el hombre que busco para cumplir una misión, casi suicida.

—¿Qué tengo que hacer? — interrogo de inmediato.

—Encontrar a mi hija perdida.

Desde hace años intentamos conectar a Maximiliano y a Atilio, ambas organizaciones reinan en Colombia por partes iguales, sin embargo, Atilio es el que goza de más poder y cada día conquista más territorio enemigo. Quizás por eso Maximiliano quiere a su hija.

Fui llevado a Cartagena, donde Abigaíl fue vista por última vez. Ocupé en una hermosa casa de campo, donde dos de sus guardaespaldas me entrenarían para la misión. No puedo decir que me he aburrido, mis grandes nuevos amigos se han encargado de desvelarme todos los días, para torturarme con los rudos entrenamientos, obviamente que mi preparación me ha ayudado a deslumbrarlos con mi rápido aprendizaje. Puedo presumir que soy un maldito genio.

En fin, he recorrido Cartagena y sus alrededores en mi propio automóvil desde hace casi cuatro meses, digamos que me han dado libertad para trasladarme y no por confianza, sino porque saben que no puedo escapar, creen que me tienen en sus manos y es mejor que lo sigan creyendo.

La gente de Atilio ha peinado el área, centímetro a centímetro, hasta que las cámaras de vigilancia la reconocieron hace unas horas aquí, en el exclusivo Centro Comercial, Plaza Bocagrande. Me pregunto si la chica astuta tiene un plan entre manos, nunca aposté que llegaría tan lejos, sin embargo, me ha sorprendido, tal como lo dijo Armando. Me niego a considerar que una chica como ella, haya sido capaz de burlar la guardia de su padre u Maximiliano por tantos meses. ¡Como sea! Debo encontrarla primero.

“Listo para entrar” la voz ronca de Octavio me saca de mis pensamientos.

—Listo— contesto, por el intercomunicador.

Al igual que ayer, mis fornidos amigos, vigilan desde afuera y yo recorro el establecimiento desde adentro con mi carrito de compras, intentando pasar desapercibido, pasillo por pasillo hasta llegar a caja. Entonces, me percato de la presencia de varios sujetos de traje recorriendo el lugar de manera sospechosa. Esos son la gente de Maximiliano.

Pago y me alejo mirándolos de manera disimulada. Estoy por informar lo sucedido, cuando escucho el mensaje de confirmación de mis colegas.

“Abigaíl está en el centro comercial, ¿Me copias?, acabamos de ver a los hombres de Villarreal amotinarse en la entrada, ¡Dime que ya la encontraste!”

—No está aquí, nuestros amigos han revisado hasta el baño y se están retirando. Si no ha salido aun, debe estar en el estacionamiento.

“Entonces, no pierdas tiempo y ve por ella de una maldita vez. Más te vale encontrarla primero a menos que quieras que tu madre…”

—Sé lo que tengo que hacer —. Corto sus amenazas.

¡Maldito imbécil! Como si fuese a desaprovechar la única oportunidad que tengo para llevarme a esa mocosa.

Bajo rápido al estacionamiento con la idea de recorrerlo por completo, más ya algunos de aquellos hombres se han adelantado, así que no hay mucho que hacer. Solo caminar con mis bolsas de compras hasta mi auto.

¿En dónde podrá estar? ¡Sí que es una niña escurridiza!, como se nota que ha sido alumna de Armando.

Sigo caminando tranquilo hasta el auto, invisible para aquellos hombres, que se desesperan por no encontrarla. Abro la cajuela y de pronto me congelo al descubrir a una bella polizonte dentro, que de inmediato me apunta con un arma.

¡Joder! Mi corazón se detuvo, pero no por ese acto, sino por su mirada deslumbrante me atravesaba cuál daga filosa.

—Si quieres seguir viviendo será mejor que cierres la cajuela— murmulla sin titubear, manteniendo esa mirada de fuego.

—¡Qué rayos! —Es lo único que puedo expulsar de mi garganta antes de volver a paralizarme, sintiendo que un extraño escalofrío me recorre por completo.

—¿Estás sordo? ¡Cierra esa maldita cajuela!

No creí que la nueva Abigaíl fuese tan linda, son como dos personas completamente distintas. Esa cabellera negra resalta sus ojos color miel que parecen sonreírme, ahora entiendo por qué no han podido encontrarla. Hasta su manera de vestir es…

—¡He! —Mueve el arma, sacándome de mi letargo. —No hay tiempo para explicaciones chico lindo. ¿Sigues aquí? —susurra en tono de burla. —cierra la cajuela y pon en marcha el vehículo.

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