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Portada de la novela Un amor letal

Un amor letal

La privilegiada existencia de Abigaíl da un giro trágico cuando su padre intenta secuestrarla. Sola ante el peligro, su camino se entrelaza con el de John, un obstinado agente de la DEA que busca capturar al culpable. A pesar de la mutua antipatía inicial, la colaboración resulta vital para resolver el caso. Rodeados de explosiones, traiciones y fugas constantes, ambos vivirán un romance inesperado que desafiará su supervivencia en un entorno letal.
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Capítulo 1

Mi vida cambió por completo cuando Armando apareció en ella. Jamás pensé que podría perder la cabeza así por alguien como él. Ya saben, un maestro de universidad con sueldo mínimo para vivir, sin amigos, sin familia, sin pasado, un hombre altamente atractivo, misterioso y bueno en la cama. Los que me conocen sabe de mis gustos, pero Armando tenía ese, no sé qué, que a ciegas me hizo perder los sentidos. Me lancé sin paracaídas a un profundo abismo; por amor, sujeta de su mano y creyendo que mi destino era permanecer junto a él. Por lo menos los primeros seis meses fueron así. Una vida de ensueños, lejos de mi país natal, viviendo mil aventuras de su lado, en la hermosa Colombia, ignorando el real peligro al que estaba expuesta. Como quien lo diría, fui llevada directa a la boca del lobo. “Es que no podría estar más segura, que en el mismo lugar del hombre que ahora me persigue” lo digo con gran ironía y lo recalco para dejarlo bien claro.

En un abrir y cerrar de ojos, deje de ser Abigaíl Johnson, la chica refinada y glamurosa de Lima, para ser solo Abi; como empezó a llamarme mi dulce profesor. Una joven enamorada, que disfrutaba de la naturaleza y los deportes extremos. Debo confesar que aprendí a amar, el poner en peligro mi vida, conforme pasaban los días, empecé a sentirme invencible y Armando era más feliz al ver que su creación se fortalecía.

Cambié los tacones por zapatillas deportivas, las blusas de seda con escote, por polos anchos y sudorosos y las faldas elegantes por buzos anchos. Una nueva moda que iba muy bien con el nuevo color de cabello, en un inicio creí que era parte de mi nuevo estilo de vida. Ahora entiendo que Armando únicamente pretendía ganar más tiempo, haciendo que mis perseguidores perdieron mi rastro, pues, sin duda que una rubia elegante como yo, era fácil de reconocer.

Hay muchas cosas que ahora entiendo, mi entrenamiento de defensa personal, el manejo de arma blanca, la practicas de tiros que veía como un pasatiempo. Todas estas semanas a su lado las he visto así; divertidas y curiosas. ¡Ay! Es que he sido tan ingenua. El amor verdadero no existe, el hombre perfecto no existe. Las mentiras blancas son solamente mentiras que lastiman y destruyen, el que diga lo contrario es un idiota.

Es que nunca debí dejar Perú, ni confiar en alguien como él, sin embargo, me enamoré perdidamente y no me arrepiento de nada de lo que hice. Puede que suene contradictorio, pero todas las locuras vividas, los viajes juntos por paisajes mágicos que únicamente podrían existir en mi imaginación, los amaneceres en el campo, los atardeceres en la playa, cada maldito día a su lado ha sido inolvidable. Hasta ese fatídico día en la tarde, que aún me persigue, cada noche llega a mí esa escena, como si mi subconsciente intentara encontrar alguna pista.

—Llegó el momento de hablar de algo muy importante— me dijo Armando, muy nervioso—. Ya viene por ti. —Su mirada lanza un grito de preocupación—Y no pudo hacer nada para evitarlo.

— ¿De qué hablas? No entiendo. ¿Es otra de tus pruebas de entrenamiento? — interrogo asustada, pero con un toque de ironía, mientras muestro una mueca en mis labios.

— ¡Escúchame, Abigaíl! —Me toma por los hombros sacudiéndome, elevando el tono de voz— te traje aquí para prepararte. No hay tiempo para contar detalles. Van a secuestrarte y todo lo que has aprendido hasta el momento te servirá para mantenerte con vida, mientras te saco de ahí…

— ¡De qué diablos hablas! —lo interrumpo.

— ¡Presta atención! —Grita— Te amo y juro que iré a buscarte, no preguntes como, pero cuando llegue el momento lo sabrás. No te dejaré sola, no estás sola y sé que decirte que confíes en mí es tonto, pero debes hacerlo. Nuestro amor es real.

—No entendiendo, ¿de qué secuestro hablas?

Inesperadamente, me besa con ese fuego único en sus labios, quitándome todo el miedo.

—Te amo, todo lo que vivimos aquí, es real, lo que siento por ti es real, lejos de lo que escuches o veas más adelante. Quiero que te quede claro que no existe nadie más importante en el mundo que tú en mi vida.

—Me estás asustando.

—El miedo es bueno— me dice.

Es entonces escuchamos a las personas gritar, me asomo por el callejón al que me había llevado y observo a muchos hombres armados correr, retrocedo y siento que me apuntan a la cabeza. Estamos rodeados por muchos sujetos peligrosos y con máscaras pasamontañas. Retrocedo apegándome al pecho de Armando, que permanece inmóvil. De entre los hombres a nuestro alrededor aparece un sujeto con cicatriz en el rostro, un bigote ridículo, con traje elegante, lentes oscuros y fumando un puro.

—Me estaba preguntado las razones por las que te encuentras aquí, Armando. —Se acerca más a nosotros— ¿Pensabas, quedártela? —se quita los lentes mientras sonríe.

—Todo es parte del plan y has terminado jodiéndolo. —responde mi amado con voz gruesa y tomándome por los hombros me acerca al sujeto de mirada perversa.

— ¿Qué sucede? —pregunto nerviosa, intentando poner resistencia ante lo evidente, el idiota de Armando estaba entregarme a unos extraños o ¿Es parte de su plan para salvarme?

—La orden era llevarla directo con el jefe, no perderte a medio camino, señor profesor—. Agrega de manera irónica el hombre, y haciendo un movimiento con su mano hace que uno de sus soldados me aparte de Armando —. Pero debo agradecerte esta jugada, pude investigarte a fondo y ¿Qué crees? —saca un arma de su saco y le apunta. —Ya sé quién eres en realidad.

— ¡Noooo! ¡Esperen! —Forcejeo gritando con todas mis fuerzas, en tanto veo como tres tiros certeros, terminan con su vida.

En cuestión de segundos aparecen unas camionetas, donde rápidamente los hombres ingresan, ante la vista de algunos civiles que solo atinan a ignorar el suceso. Sin ganas de volver a gritar dejo que mis lágrimas rueden por mis mejillas y sin mayor esfuerzo dejo que me lleven al interior de uno de los vehículos.

—¿A dónde me llevan? —pregunto, segundos después.

—A casa —, menciona el sujeto desagradable limpiando el arma con la que asesinó a Armando— tu padre espera con ansias tu regreso.

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