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Portada de la novela Un Amor Inesperado

Un Amor Inesperado

Creí que el amor bastaría para sostener mi matrimonio con un poderoso magnate, pero me encontré con un muro de frialdad. Tras soportar su desdén, descubrí la amarga verdad: solo fui un peón legal para que él consolidara su herencia. Entre mentiras y la descarada sombra de su amante, comprendí que nuestro vínculo fue una farsa. Ahora que él solicita el divorcio, debo afrontar su traición y encontrar la fuerza para renacer lejos de su red de intereses.
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Capítulo 2

-¡¿Qué dices, papá?! -exclamó Nicolás, molesto-. Esto debe ser una broma de mal gusto. Vine para hablar sobre el futuro de la empresa, no de matrimonio.

Roger soltó un suspiro pesado. Convencer a su hijo de casarse era algo realmente complicado. Nicolás, con 29 años, joven, elegante y muy apuesto, tenía muchas mujeres a su merced esperando por su atención.

Pero su hijo ni siquiera se dignaba a mirarlas, y eso le preocupaba. No le conocía ni una sola novia. Necesitaba nietos. No quería morir sin conocer a los próximos herederos de la fortuna Lancaster. Su hijo realmente necesitaba una familia.

-Lo lamento, pero estoy envejeciendo. Quiero verte casado, con una familia. ¿Acaso mis deseos no te importan? Moriré pronto y no tendré la dicha de conocer a mis nietos.

Nicolás no sabía qué decir. Era la quinta vez que su padre insistía en que se casara, pero no estaba interesado en formar una familia.

Miró a su asistente de reojo. Notó que el joven tecleaba algo en la computadora, aparentemente distraído. Quizás no había escuchado nada.

-Tengo que rechazar tu oferta. No me siento capacitado para formar una familia en este momento.

La puerta de la oficina se abrió y Belén, su madre, ingresó al lugar. Había escuchado la negativa de su hijo en casarse, y eso no era bueno.

Debía apoyar a su esposo. Nicolás era hijo único, ya que Michel, su otro hijo, no era de sangre; lo habían adoptado cuando era muy pequeño.

-Tienes 29 años. Yo me casé cuando tenía 20. Tenemos una hermosa familia: a ti y a tu hermano.

Nicolás negó con la cabeza. Sus padres estaban armando un complot en su contra.

Julio, su asistente, levantó la mirada disimuladamente. Era mejor marcharse de ese lugar. Solo era el asistente, no parte de la familia.

Se levantó con delicadeza y abandonó la mansión de los Lancaster. Subió al coche, encendió un cigarrillo y empezó a fumar. Necesitaba tomar las cosas con calma.

-Me niego. No lo haré.

Roger no estaba dispuesto a ceder. La familia necesitaba herederos.

-Te elegí una excelente esposa, una mujer hermosa de buena familia. Creo que te hará muy feliz.

-No lo haré. No me casaré con una desconocida. No amo a esa mujer. ¿Acaso no se dan cuenta de que esto es una locura?

Nicolás no podía creer que su padre actuara a sus espaldas de esa manera. No podían obligarlo a casarse con esa joven. Ni siquiera estaba interesado en saber su nombre.

-Entonces tendré que desheredarte -murmuró Roger con una mirada seria-. Tu hermano tomará tu lugar. No me importa que no lleve mi sangre, pero en realidad quiero conocer a mis nietos antes de morir. Es todo. Puedes marcharte.

Nicolás se quedó helado ante las palabras de su padre. Perder la empresa no era lo que él quería. Había trabajado durante años para continuar con el legado familiar.

-¡No hablas en serio!

-Es la primera vez que te pido algo, pero no te preocupes. Te libero de tu responsabilidad.

Nicolás apretó los dientes, molesto. ¿Cómo era posible que su padre le hiciera algo así? Lo estaba colocando entre la espada y la pared.

-He trabajado prácticamente diez años en esa empresa. He puesto mi vida en ello. ¿Cómo puedes decirme algo así?

-Estoy viejo y cansado, Nicolás. Solo quiero lo que cualquier padre: ver a mi hijo feliz, con una familia. Sueño con ver a mis nietos correr por los jardines.

El hombre se mordió la lengua. Era mejor mantener la boca cerrada y guardar algunos secretos en el fondo de su corazón.

-¿Acaso pedimos demasiado? -habló su madre, mirándolo a los ojos.

Negó con la cabeza. Quizás estaba siendo egoísta. No estaba interesado en conocer a la mujer que había aceptado casarse con un desconocido.

-¿Qué mujer se casaría con un desconocido? Solo una tonta -murmuró entre dientes-. O una interesada. Uno nunca sabe.

Había cierta ironía en su voz, pero su padre lo pasó por alto.

-Es una mujer muy hermosa. Con el tiempo puedes llegar a amarla.

Una idea maliciosa llegó a la mente de Nicolás. Le haría la vida imposible a esa mujer. Ella no sabía con quién estaba jugando.

-No quiero una boda. Con gusto firmaré un papel. Si ella acepta, será mi esposa. Pero solo eso. Nos unirá un maldito papel.

Una sonrisa se dibujó en los labios del anciano. Había conseguido que su hijo aceptara su propuesta.

-Quiero un nieto. No lo olvides -murmuró con entusiasmo.

Nicolás se apresuró a abandonar la mansión. Estaba a punto de arrepentirse de su decisión.

Subió al auto. El olor a tabaco inundaba el lugar. Julio solo fumaba cuando estaba muy estresado.

-¿Aceptaste su propuesta? -preguntó el joven, mirando por la ventana.

-Sí. No tenía más opciones.

-No es necesario que digas nada. A fin de cuentas, solo soy tu asistente.

Nicolás iba a decir algo más, pero prefirió guardar silencio. Era mejor no revelar el verdadero motivo por el cual había aceptado.

Además, un nieto... Sus padres le estaban pidiendo demasiado. No quería tener hijos con una mujer que no amaba.

-¿Piensas guardar este secreto para toda la vida?

Las palabras de Julio lo sacaron de sus pensamientos. Quizás algunos secretos eran mejor llevárselos a la tumba.

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